Espectáculos

Brigitte Bardot: el mito sexual que devino una militante de la incitación al odio

La actriz de "Y Dios creó a la mujer" y "El desprecio", dos de sus títulos más icónicos, hizo temblar el orden moral de la Francia encorsetada de los 60 con sus personajes desenfadados y de explosivo tono seductor. Dejó el cine muy temprano y su vida posterior se convirtió en un emblema del racismo, la xenofobia, la homofobia y el antifeminismo, posturas retrógradas que manchan ese mito y no la absuelven tras su reciente muerte

Una de las escenas más icónicas de El Desprecio (1963), el film de Jean Luc Godard, es una en la que el realizador Fritz Lang recita delante del guionista –interpretado por Michel Piccoli–, y de su esposa Camille –que encarna Brigitte Bardot–, los versos de una de las Elegías de Hollywood (Hollywood-Elegien, 1942), escritas por Bertolt Brecht durante su exilio en Estados Unidos, época en que colaboró con Lang en el guion de Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die, 1943).

Acto seguido Camille le pregunta a Lang qué es lo que acaba de recitar. El realizador germano la mira y responde: “Hollywood, los versos de una balada del pobre B.B.”, lo que podría leerse como un guiño doble a los nombres de Brecht y Bardot, coincidentes en sus siglas. Es decir, Godard no se privaba de poner en un mismo lugar al enorme escritor y a la actriz que debutaba en una de sus películas. Gestos que Bardot fue cosechando a lo largo de su irregular carrera, que de algún modo reconocían su cautivante belleza –llena de mohines y pestañas arrebatadoras sobre sus ojos gatunos– y cierta ubicuidad para calzar personajes motivados por el deseo y capaz de cualquier cosa por alcanzarlo.

Ninguna duda de que la Bardot –como se la conocía– fue una bomba sexual sobre cualquier otra cosa durante su carrera cinematográfica –que duró solo 20 años–, pero sus dotes –el lector puede aplicar las que mejor considere– fueron rescatadas y puestas en escena por algunos realizadores constituyendo un imaginario que traspasó varias generaciones.

Su lanzamiento internacional fue a través de Y Dios creó a la mujer (1956), que dirigió su marido de entonces, el realizador francés Roger Vadim, un film que varios estados de EE.UU. prohibieron por inmoral y por tener una protagonista “depravada”. Mientras se rodaba, Bardot mantuvo un romance clandestino con Jean-Louis Trintignant (que también estaba casado), que al ser descubierto la puso en las tapas de todas las revistas francesas de chimentos y provocó la ruptura sentimental con Vadim.

La Francia conservadora de la época la convirtió en objeto de sus venenosos dardos, pero al mismo tiempo, Bardot se instalaba como irresistible para los jóvenes y no tanto de esos años. A principios de los 60, la actriz quedó embarazada de quien sería su segundo marido –en el ínterin había dejado a Alain Delon tras un fogoso romance, de lo que luego se jactaría afirmando ser la única mujer en abandonarlo–, el actor y productor Nicolas-Jacques Charrier, situación que la propia Bardot describió en sus memorias, Initiales B.B. –publicadas en 1996–, como la sensación de un “tumor creciendo dentro de mí”.

Fue una etapa en que Bardot cayó en profundas depresiones –el aborto estaba prohibido en Francia– y hasta tuvo un intento de suicidio, por lo que el niño, llamado Nicolas como su padre, fue dejado por la actriz en la casa de sus abuelos paternos para que se hicieran cargo de él. Cuando su hijo tenía doce años le pidió a su madre volver con ella, pero Bardot lo rechazó explicándole que no podía atenderlo como merecía. Esa ofensa, jamás sería perdonada por Nicolas, aunque ella admitiese varias veces que lo “amaba más que nada en el mundo”, lo que por sí hacía patente cierta esquizofrenia en sus sentimientos.

Esta experiencia temprana de embarazo no querido y una sociedad que cuestionaba las decisiones de las mujeres de no ser madres cuando no lo desearan, podrían haber acercado a Bardot a una postura solidaria con el feminismo, sin embargo, no pasaría mucho tiempo hasta que la actriz tildara al movimiento de liberación femenino como “una impostura, una ideología de mujeres amargadas”, negando lo que había experimentado personalmente y resistiendo la posibilidad de transformar su trauma en compromiso colectivo.

Un cuerpo subversivo

Lo que había ocurrido con Bardot es que su aparición en pantalla grande hizo temblar el orden moral de una Francia todavía muy encorsetada, puesto que su figura concentraba una forma determinada de libertad femenina donde el cuerpo, objeto de deseo y control, se convirtió en un elemento subversivo. Algunos de los títulos más interesantes en los que trabajó Bardot –entre los casi 50 que la tuvieron como protagonista–, luego de Y Dios Creó a la mujer, fueron La verdad (Henri Georges Clouzot, 1960), donde asume el rol de una mujer acusada del asesinato de un talentoso músico recién egresado del conservatorio. Su defensa intenta encontrar un móvil que explique su conducta, que podría oscilar entre la pasión, la venganza o el mero accidente. Los testigos serán los conocidos de la víctima, los antiguos amantes de la asesina y hasta su propia hermana, estudiante de violín y novia de del músico. Así, los testimonios irán sacando a relucir atisbos de verdad sobre las motivaciones que la impulsaron al crimen. Bardot se luce en un personaje complejo que siempre está a punto de pisar en falso.

En 1963 actuaría en la mencionada El desprecio, primera de las películas que hizo con Godard. Allí encarna a la mujer de un guionista con el que cada vez se distancia más mientras trabaja en la adaptación del clásico La Odisea en la paradisíaca isla de Capri a las órdenes de un productor norteamericano. El film, como buena parte de los de Godard, habla del cine dentro del cine, pero a la vez reflexiona sobre el mito de Bardot (con momentos como los mencionados al inicio de esta nota), el desamor, la belleza y el misterio. Godard se vale de la imagen pública de Bardot como símbolo sexual, acentuando cierto desprecio e incomunicación que fluctúa entre la pareja, lo que le permite ciertos apuntes sobre la ¿posible? relación entre el amor y el cine. La Camille de Bardot conjuga sofisticación y seducción con eficacia.

En 1965 trabajaría bajo la dirección del francés Louis Malle en ¡Viva María!, una peculiar y desprejuiciada visión de la efervescente Revolución Mexicana de principios del siglo XX a través de la visión de dos coristas firmemente unidas al movimiento rebelde, aunque se ignore si se trata de convicción o por flirtear con los líderes revolucionarios de turno. Narrada en clave de comedia de aventuras, a las coristas les ponen la piel Bardot y Jeanne Moreau, dos divas galas de la época. Aunque se propone como un film liviano, la destreza de Malle permite que las dos actrices se luzcan en sus roles.

Un año después vendría Masculino-femenino (1966), donde vuelve a actuar para Godard en un film donde se pone de relieve una interacción entre textos, imágenes y sonidos que pretenden modificar los lineamientos de una narrativa convencional para buscar uno acorde al clima de época. Los actores nunca llegan a ser personajes, sino que son como ellos mismos, con nombres prestados, en una propuesta que se acerca a  una comedia de enredos amorosos donde, sentada a una mesa, puede encontrarse a una rubia que se parece mucho a Brigitte Bardot… que finalmente es la misma Bardot.

El «desprecio»

En el último par de décadas, Bardot atacó fuertemente la “islamización de Francia”, tildando a los inmigrantes africanos y asiáticos como “invasores” y “provocadores de sangrientos ritos”. También escritora, en su libro A Cry in the Silence, publicado en 2003, describió a los gays como “fenómenos” que atentan contra las relaciones heterosexuales; fue partidaria de la agrupación de derecha Frente Nacional, incluso su cuarto marido fue asesor de Jean-Marie Le Pen, líder de ese sector político.

En 2018 denostó al movimiento internacional #MeToo llamándolo “hipócrita y ridículo” y sosteniendo que las actrices acosadas y violadas por productores “eran víctimas de su propio coqueteo para conseguir papeles protagónicos” en los proyectos fílmicos. Tal vez la única acción rescatable desde que dejó el cine fue su compromiso con la protección animal –de cualquier especie–, en la que desnudó e hizo visibles prácticas abominables como la caza de ballenas, el sacrificio de focas, el maltrato animal en todas sus dimensiones, convirtiendo la cruzada en un asunto político que fastidió a más de un gobierno.

Pero su incitación al odio de las minorías terminaría siendo condenada por un tribunal, lo que, claro, no la hizo abdicar de su postura, que pareció haberse recrudecido en sus últimos años y parece haberla afirmado en sus posturas retrógradas e inhumanas. Así, solo quedaron algunas de esas imágenes donde su explosiva belleza la convirtió en un mito fulgurante –que no se apaga con su reciente muerte, claro–, pero se trata de un mito ciertamente manchado por su “desprecio” hacia las diversidades en todas sus formas, prueba de ese singular desequilibrio que sufre cierta gente, que pareciera conmoverse solamente con el sufrimiento animal desdeñando el de sus pares humanos. Tal vez un preanuncio de esa decadencia posterior a su paso por el cine estuvo reflejado en el título del film de Godard que, a no dudarlo, fue su actuación más contundente.

 

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