Espectáculos

“Caballito de batalla”: la metamorfosis del deseo y el triunfo de la ternura en una historia de amores y despedidas

El dramaturgo y director entrerriano Gastón Díaz dirige a Felipe Haidar, Juan Nemirovsky y Emiliano Dasso, en una propuesta tan bella como desafiante y conmovedora, que se presenta los domingos en el Teatro de La Manzana  

Miguel Passarini

El amor es amor aunque nadie lo diga. El amor y el deseo suelen latir a la par, pero no siempre pasa. En cambio, el deseo en sí mismo es algo irrefrenable, inexplicable, algo de la carne que late y duele; algo que pone en jaque, altera, inquieta, desordena, sobre todo, cuando los finales se aproximan y todo se vuelve más sensible y vulnerable.

En Caballito de batalla, obra teatral con dramaturgia y dirección del creador entrerriano Gastón Díaz, en su primer estreno en Rosario, que cuenta con las conmovedoras actuaciones de Felipe Haidar, Juan Nemirovsky y Emiliano Dasso, aparece el amor diseccionado, desplegado y sin velos. Y no se trata sólo del amor romántico sino, y sobre todo, del verdadero amor, de ese que se agita en un latido que se vuelve un arrebato, una cabalgata; ese amor que va al hueso, a instancias de una pareja gay que ve cómo su historia cambia de sintonía, se corre de lugar, se desfasa ante la aparición de otro hombre que se vuelve objeto de deseo, cada vez que deja a la vista ese tour por el camino del dolor que los hizo más fuerte.

En un mundo convulsionado y distópico donde la inmediatez suele ganarle la pulseada a la profundidad, la llegada de Caballito de batalla a la cartelera local trae aire fresco, una poética propia, unas formas narrativas que le pertenecen a la poesía pero que toman cuerpo y densidad en la atenta y elocuente mirada de Gastón Díaz, donde también encuentran su lugar la sensibilidad y el erotismo.

De hecho, el material adquiere su dimensión más inquietante cuando el texto desembarca en la poesía como un verdadero refugio, una forma de narrar la historia, un vuelo propio donde el tiempo deja de ser presente para ir y venir, como sucede con la memoria y los recuerdos, hasta llegar a la patria de la infancia.

Se trata de un texto bellamente escrito por Díaz, donde se ponen en tensión cuestiones como la permanencia de una pareja, lo que genera el paso del tiempo y cierta nostalgia que no se quiere o puede ver, al mismo tiempo que reafirma una poética que se vuelve un espacio inexpugnable para la belleza y el amor que, más allá de su lógica disidente, encuentra los lugares para volverse universal y patear el tablero de lo que intenta imponer lo heteronormado.

Pero además, el texto de Díaz despliega una geometría afectiva que se vuelve encantadora. La cotidianeidad de Ivi (Felipe Haidar), bailarín, y Sebastián (Juan Nemirovsky), fotógrafo, sostiene una armonía construida en base a los recuerdos y las inseguridades compartidas, hasta que la irrupción de Alcides (Emiliano Dasso), un maestro mayor de obra que trabaja en una construcción junto a su casa, fractura esa (frágil) estabilidad.

Lejos de apelar al melodrama trillado del tercero en discordia, del “intruso”, del que viene a romper lo que quizás ya esté roto, la dirección es otra, y conduce este singular “triángulo” hacia una forma nueva, donde los vértices tradicionales se diluyen, se redondean, dando paso a una exploración profundamente humana sobre la pérdida de toda certeza, la búsqueda en un horizonte doloroso de ese “caballito de batalla” que, con nuevos bríos, tomó otros caminos o se aquietó.

Al mismo tiempo, se confrontan una visión intelectual y otra más furtiva y relajada, pero más humana y visceral, de los vínculos y del deseo, y cómo esos mundos que a primera vista son incompatibles finalmente encajan, cuando el deseo, incluso por fuera de las cuestiones de género, se naturaliza y se disfruta.

En ese punto, el trío actoral de gran entrega afronta un alto riesgo (siempre tan necesario en el teatro) en el que la química corporal y la precisión interpretativa resultan, por momentos, abrumadoras.

Si Felipe Haidar compone a un Ivi movedizo y cerebral, cuya vulnerabilidad y sensibilidad de bailarín atraviesan la escena con una gracia dolida y conmovedora, Juan Nemirovsky, uno de los mejores actores argentinos de su generación, aporta la densidad perfecta para encarnar el cansancio, el agotamiento (quizás la extinción) y esa mirada desgastada que duele en Sebastián, manejando los matices de la complicidad con absoluto ingenio, y desplegando una galería de detalles que ponen a la obra en otro lugar.

Sin embargo, frente a esos dos grandes trabajos, es Emiliano Dasso quien irrumpe como la fuerza telúrica, lo incontrolable que exige el rol de Alcides, alguien que expone con simpleza sus no condicionamientos, su deseo de tono brutal, sus heridas y cicatrices que están a la vista. Al mismo tiempo, deja ver a un hombre frágil y sensible, instancias que lo vuelven irresistible y un deseo que también es juego, dotando a la pieza de una vitalidad física y un erotismo que hacen de éste el mejor trabajo de Dasso a la fecha.

Calificada como una comedia dramática, la propuesta trasciende el género. La risa aflora de manera genuina, producto de la complicidad e incomodidad que despiertan algunas escenas en esa mirada que el espectador pone a jugar de cara al deseo ajeno.

Sin embargo, el mayor acierto del dramaturgo y director, que en el montaje también se apoya acertadamente en las luces y en la música, reside en su valentía: apostar por la ternura como un gesto político ineludible puede, incluso, volverse desconcertante. La obra en sí misma es un viaje en el tiempo con destino a lo amoroso y a lo trágico; la metamorfosis del deseo y el triunfo de la ternura en una historia de amores y despedidas.

En tiempos signados por el cinismo y la desesperanza, en tiempos donde la muerte no aflige, Caballito de batalla captura momentos exactos de una despedida irremediable, el pasaje donde lo sólido se hace humo para recordar (nos) que, aun ante la pérdida de toda certeza, el amor siempre encuentra la manera de transformarlo todo y devolver (nos) el aliento.

Caballito de batalla es un espectáculo sensible y luminoso, una gran jugada desde el principio hasta el final, hasta que la música suene una vez más y se pueda volver a bailar para ahuyentar a los fantasmas.

Para agendar

Caballito de batalla, con dramaturgia y dirección de Gastón Díaz, se presenta los domingos, a las 20, en el Teatro de la Manzana (San Juan 1950). Cuenta además con fotografía de Lucía Benetti y prensa de Gisela Sogne (Pulpo), con la asistencia de producción de Gastón Miranda y asistencia de dirección de Dana Maiorano, en una coproducción de Teatro de la Manzana (Rosario) y Liebre de Marzo (Gualeguay). Recomendada para mayores de 16 años, las entradas anticipadas se encuentran a la venta ACÁ.

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