"El accionar de las patotas es, tal vez, el ejemplo más brutal, de la ausencia de la conversación y por ende de la posibilidad de disentir"
Por Francisco Orpella / Especial para El Ciudadano
Por imposición circunstancial o por decisión propia, muchas personas ciudadanas de nuestra nación han decidido dejar de hablar. Todo empezó cuando el aporte de su palabra quedó desautorizado por su calidad de desempleada, es decir, carente de ingresos como producto del trabajo.
Continuó luego con la aceptación de metalenguajes que reemplazan a la palabra propia como estructurante de un diálogo.
El accionar de las patotas es, tal vez, el ejemplo más brutal, de la ausencia de la conversación y por ende de la posibilidad de disentir.
Pero es en los aspectos más legítimos del existente donde la ausencia de palabra aporta a la ignorancia, por descarte, por cancelación, de saberes y habilidades comunitarias ancestrales que bien podrían ser útiles a la recomposición de cierto poder popular necesario para, si no cambiar el mundo, al menos hacerlo más llevadero.
Es por el mutismo instalado como recurso de salvataje individual que llegamos al extremo de que un joven enérgico que puede blandir una masa de dos kilos y golpear la columna que lo va a sepultar, no pueda, no se permita, cuestionar o desacatar la orden del capanga.
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