“Un muro de silencio”, “Garage Olimpo”, “Los rubios”, “M” y “El predio” indagan sobre las posibilidades de representar la tragedia causada sobre el cuerpo social por el terrorismo de Estado a partir de 1976. Se trata de films de distintas épocas que se valen de estéticas y lenguajes diversos, pero coinciden en la búsqueda de otros sentidos convocando a nuevas reflexiones y miradas
Mucho se ha filmado sobre los años del terrorismo de Estado instaurado en el país como dictadura cívico-militar, e incluso sobre los años previos, donde existían los grupos parapoliciales con la “tutoría” de un gobierno nacional democrático. Los géneros preeminentes desde donde se abordó fueron el documental y la ficción, pero tampoco faltaron experiencias audiovisuales desde lo experimental, el found footage y el ensayo. Los resultados fueron disímiles en relación a lo estético y a su eficacia; hay materiales fílmicos muy logrados y otros en los que solo cuenta la intención; de todos modos, hay títulos que sin mostrarse contundentes en lo que mostraban o revisaban, cuentan con pasajes reveladores del horror vivido o de los niveles inimaginables de represión, que aportan otra posibilidad de análisis o reflexión sobre los trágicos sucesos ocurridos y sus derivas, muchas de las cuales alcanzan el presente, debido a que todavía no fue saldada –o hace imposible su cicatrización– esa herida cruenta infligida a gran parte del cuerpo social argentino.
Quedan todavía genocidas sin castigo –más que nada en la pata civil, en el empresariado cómplice, muchos de cuyos miembros son ancianos que mueren sin recibir su castigo, al igual que otros asesinos y torturadores no suficientemente identificados o fugados–; los que fueron condenados gozan de prisiones VIP y, algo fundamental, siguen sin confesar dónde están los desaparecidos, ya que de un número de 30000, solo fueron identificados 1500 por la encomiable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense. También falta encontrar niños nacidos en cautiverio o secuestrados, puesto que a solo 140 les fue restituida su identidad original.
De todo esto ha dado cuenta el cine en sus diferentes modalidades y algunos títulos son francamente expresivos en sus narrativas sobre ese tiempo oscuro e infame donde una generación que se oponía a la dominación del país por los grupos de poder hegemónico fue diezmada. A 50 años del golpe militar sostenido por amplios sectores civiles y eclesiásticos, y cuando en la actual gestión de gobierno se insiste en instaurar el olvido sobre los crímenes de lesa humanidad y revivir la teoría de los dos demonios, se señalan algunos de los films más interesantes en tratamiento y contenido sobre ese infierno en tierra argentina.
Podría decirse que La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) y Argentina 1985 (Santiago Mitre, 2022) son los títulos más institucionales sobre el asunto, cada uno con sus valores, aciertos u omisiones, y los que más han dado que hablar fuera del país, siendo acreedores de diversos reconocimientos y premios, pero hay otros, que con menor repercusión, destacan por sus cualidades artísticas y por revelar las latencias tangenciales de los hechos, de modo que consiguen profundizar esos mismos hechos hasta encontrarles nuevos sentidos, convocando a otras reflexiones o miradas. Van algunos de ellos entonces, discrecionalmente claro, entre ficciones y documentales, los cuales no desdeñan sus objetivos históricos y políticos a partir de elaboraciones más artísticas pero a la vez esclarecedoras.
Un muro de silencio
En 1993, la productora Lita Stantic dirige su primero y único film, Un muro de silencio, que aborda el drama de carácter autobiográfico de perder a alguien querido por la represión terrorista del Estado. Pero el enfoque no es solo sobre la pena de esa pérdida, sino sobre las trabas emotivas que los sobrevivientes afrontan para procesar esos dolorosos hechos, porque el dolor infligido sobre las vidas que continúan es tan fatídico y determinante que contarlo parece imposible.
En el relato, una directora de cine inglesa viaja a Argentina con el objetivo de filmar la historia de una mujer cuyo marido es un desaparecido. La mirada de Stantic está puesta en cómo esa realizadora intentará romper ese “muro de silencio” que las víctimas del horror edificaron para poder seguir viviendo. De algún modo, Stantic atraviesa su propio vía crucis, puesto que la construcción de este relato mucho debe a la figura de su marido, Pablo Szir, un director de cine detenido y desaparecido durante la dictadura.
La historia tiene distintos niveles de representación, el de la directora británica; el de la propia mujer cuyo relato se persigue y que se hace visible en lo que se está filmando, en una ficción dentro de la de esta película, y finalmente la de la propia mujer que sufrió la desaparición de su marido y se entera de que se está filmando algo sin su consentimiento, y a quien se le instala el fantasma del padre de su hija, cuya muerte –como la de tantos desaparecidos– nunca pudo confirmar.
En este sentido, Un muro de silencio propone una trama que establece una tensión entre la memoria y el olvido y el sentimiento de culpa de los sobrevivientes, así como también de que la sociedad civil no involucrada directamente en los hechos, sí sabía o sospechaba lo que estaba ocurriendo sin denunciarlo. Stantic había declarado luego del estreno de que “quería hacer un relato más destinado a la reflexión que a la emoción (…) lo que quería, fundamentalmente, era hablar de la memoria, de lo imposible, malo y perverso que es el olvido, que el olvido solo puede conducir a la locura”.
Garage Olimpo
En 1999, Marco Bechis, sobreviviente de un centro clandestino de detención, filmó Garage Olimpo como forma de testimoniar su experiencia y soportar, según sus propias palabras “la culpa de estar vivo”. Después de su secuestro y tortura, el realizador se exilió en Italia. Garage Olimpo es un perfecto ejemplo de que sugerir es mucho más eficaz que mostrar y sobre todo si se trata de evitar los golpes bajos de la tortura y la violencia explícita en un relato sobre el horror de los campos de concentración de la dictadura.
El guion surgió de una serie de entrevistas hechas por Bechis a sobrevivientes, quienes contaron sus experiencias como “chupados”. Austero, con una puesta desprovista de ornamentos y con precisos fuera de campo que generan momentos sobrecogedores sobre la crueldad utilizada por los represores, Garage Olimpo cuenta el secuestro de una joven cuyo trabajo militante es alfabetizar gente en barrios carenciados.
La patota a cargo del operativo es la misma que la somete a torturas para arrancarle información; uno de sus integrantes conoce a la joven, puesto que vive en la misma pensión, y es con quien ella tendrá un vínculo complejo y siniestro. Bechis había dicho que ficciones como La historia oficial y La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986), actuaban como “un filtro frente al horror y no reconstruían fehacientemente los hechos acaecidos”, en parte por provenir de directores ajenos a la experiencia que relatan. Lo que subyace en Garage Olimpo es la búsqueda de una ética de la imagen para representar la violencia sufrida por el terrorismo de Estado y de alguna manera Bechis se acerca con recursos genuinos a ese postulado.
Los rubios
Filmada en 2003 por Albertina Carri, Los rubios, se propone revelar hechos emotivos de la vida de sus padres, militantes desaparecidos y asesinados por la represión estatal en la última dictadura. El método utilizado es versátil y la realizadora se vale de testimonios de compañeros de sus padres, de imágenes fotográficas, de muñequitos de playmobil; también de una suerte de alter ego en el personaje de una directora de cine, que a partir del imaginario que se ha ido conformando sobre el terrorismo de Estado, busca junto a su equipo desentrañar lo acontecido con aquellos militantes, al tiempo que se develan datos y sucesos sobre los padres de Carri, desde los más idealizados hasta los más comunes y cotidianos, donde la propia realizadora ocupa su lugar como hija.
Surfeando un híbrido que no encaja ni en la ficción ni el documental, este artefacto fílmico de Carri procesa muy atinadamente los densos interrogantes en torno a sus padres: ¿quiénes fueron, cómo desaparecieron?, ¿eran rubios o morochos, altos o bajos?, ¿fueron al mismo tiempo padres y revolucionarios, héroes o víctimas? Todo eso junto va desarrollándose impregnado por el posible retrato que se busca hacer de esta familia, atravesada también por las imágenes del pasado, por las fotos descoloridas, por la reconstrucción de sensaciones, juegos y memoria del cruento pasado.
Así, Los rubios trata de construir una identidad con lo que no está, con lo que falta, con el deseo y la paciencia para armar un rompecabezas sin que estén las piezas al alcance. Carri no logrará develar exactamente el destino de sus padres, pero sí se acerca a una idea probable a partir de su propio itinerario, de las pistas emotivas y conflictivas que van surgiendo en ese trágico tramo de la historia argentina.
M
El hijo de una desaparecida, Nicolás Prividera, filma en 2007 un documental de ensayo al que tituló M, donde se propone reconstruir la militancia de su madre durante la dictadura, confrontando los límites sociales y políticos que conlleva el proyecto y que habría que sortear desde las contradicciones subjetivas acerca de la construcción de una identidad, en este caso, individual.
En primer lugar, el relato apunta a conocer el paradero de Marta Sierra, madre del realizador, una bióloga que trabajaba en el INTA y fue secuestrada en marzo de 1976. Pero a poco de avanzar, M ya se aleja de lo que podría tomarse como un drama familiar y aborda lo que sigue a partir de un contexto social y político específico para intentar acercarse a alguna verdad que trascienda la propia historia.
Prividera apuesta al cine para hacer evidentes los silencios, los balbuceos, todo aquello que resulta inasible en esa cruenta oscuridad del terrorismo de Estado. M va por esas huellas de la represión que solo es posible detectar en lo invisible, no ya en lo ya narrado o institucionalizado, sino en lo que no se deja ver. De este modo M intenta abrir otros sentidos a la experiencia de la represión, las víctimas, los victimarios y el bagaje productivo que esto trajo en consecuencia para poder representar la masacre, y para ello Prividera cree que debe hacer visible la forma de su propia experiencia, es decir, la construcción y los materiales que necesitó, porque también son la fuerza intrínseca, la tensión, que impulsó su relato.
El método del realizador es verlo desde el contexto socio-político que atravesó la generación de militantes aplastada por la dictadura, para poder establecer lazos con ese pasado y encontrar allí las pistas políticas, aun en las propias contradicciones que puede traer el presente. “M propone un camino intermedio, donde la escucha no implica aceptación ni la diferencia imposibilidad de diálogo: aun asumiendo que no haya ya relato totalizador ni teleología histórica, la película propone la necesidad de no abandonar la búsqueda por dotar de sentido político a la experiencia”, dijo una vez Prividera sobre M, su primera película.
El predio
El predio es un documental grabado en 2010 por Jonathan Perel, en el que se propone un recorrido al espacio de la ahora ex ESMA (la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada), uno de los principales centros clandestinos de detención, tortura y exterminio de la dictadura cívico-militar. Como si fuera un testigo, la cámara va registrando una serie de detalles y objetos del lugar en ese momento, recuperado en 2004 como Espacio para la Memoria, donde se producen hechos artísticos y actividades culturales relacionadas con el genocidio programado u ocurrido en su interior.
Con un formato de documental de observación, con planos casi suspendidos en el tiempo, El predio no cuenta con testimonios ni relato en off, sino con un inquietante y revelador sonido ambiental, donde el silencio campea y sugiere mucho más que cualquier comentario. En todo caso, se trata de otra forma de mirar ese templo del terror, de la tortura, de eso que puede estar latiendo, pero que ahora ha sido transfigurado por los organismos de derechos humanos con apoyo de la gestión del gobierno nacional de ese entonces; el objetivo es describir ese proceso de conversión restándole todo tono informativo o explicativo acerca de ese cambio, navegando los rincones de ese espacio y convocando a reflexionar sobre sus posibles sentidos al cabo del paso del tiempo y de los contextos socio-políticos.
Así, El predio es un film que inquiere sobre la posibilidad de narrar el horror que tuvo lugar en ese espacio, algo que, a priori, parecería difícil de representar. Perel apuesta y decide valerse del poder del silencio y de un vacío sugerente que –por momentos– parecer “hablar”, parece decir que en aun en la cueva de los tormentos, puede abrirse una brecha de transformación, de que puede construirse desde las ruinas, como se ve en la última parte de El predio, cuando se muestran intervenciones de artistas sobre las paredes o se destacan los frutos de una huerta.
Perel señaló que la idea del documental surgió cuando un día fue a coordinar unas jornadas de políticas de memoria en la misma ex ESMA y exhibían films emblemáticos como Garage Olimpo, Los rubios y M, es decir algunos de los que se mencionan en esta nota.
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