En Japón hay más casas vacías que personas dispuestas a vivir en ellas. Se calcula que ya superan los nueve millones. Son las llamadas akiya, viviendas abandonadas que se reparten por todo el país, desde pequeñas aldeas rurales hasta barrios de las afueras de Tokio
En Japón hay más casas vacías que personas dispuestas a vivir en ellas. Se calcula que ya superan los nueve millones. Son las llamadas akiya, viviendas abandonadas que se reparten por todo el país, desde pequeñas aldeas rurales hasta barrios de las afueras de Tokio.
El fenómeno lleva años creciendo, pero en los últimos tiempos ha alcanzado cifras difíciles de ignorar. El motivo: una población que envejece rápido, baja natalidad y una generación joven que prefiere la vida urbana.
El resultado son pueblos donde las luces se apagan una a una, y casas enteras que, con el paso del tiempo, acaban cayéndose solas.
Según datos del Ministerio de Asuntos Internos japonés, una de cada siete viviendas en Japón está vacía.
En prefecturas como Wakayama, Tokushima o Kagoshima, la proporción es aún mayor.
Muchas de esas casas pertenecían a familias mayores que fallecieron sin herederos o cuyos hijos se mudaron a la ciudad y nunca regresaron. El mantenimiento es caro, los impuestos se acumulan y, con el tiempo, la vivienda se queda atrapada en un limbo legal: nadie la reclama, nadie la usa, nadie la cuida.
En otras palabras, Japón tiene casas de sobra, pero le faltan personas dispuestas a habitarlas.
Para intentar revertirlo, varios gobiernos locales han creado lo que llaman “akiya banks”, portales oficiales donde se listan casas abandonadas en venta —algunas por precios simbólicos, otras incluso gratis.
La idea no es nueva, pero ha cobrado fuerza. Cada vez más municipios actualizan sus plataformas y ofrecen incentivos: descuentos en impuestos, ayudas para reformas, préstamos a bajo interés o apoyo a quienes decidan mudarse con sus familias.
Algunas viviendas cuestan menos de 500 dólares.
En otras, el ayuntamiento se hace cargo de parte de la rehabilitación si el comprador se compromete a vivir allí.
El objetivo es claro: revivir comunidades rurales que se están quedando sin gente.
En lugares como Nagoro, Yubari o Okutama, los ayuntamientos intentan reinventarse.
Hay proyectos de repoblación, talleres de artesanía, residencias para artistas y hasta programas de teletrabajo para atraer a gente joven.
Lo sorprendente es que algunas aldeas ofrecen más que una casa:
escuelas abandonadas, tiendas, huertos, templos… pueblos casi completos que esperan nuevos habitantes capaces de devolverles movimiento.
Lo que para Japón es un problema demográfico, para otros puede ser una oportunidad de vida.
No todo es tan fácil como parece.
Muchas akiya están en zonas rurales, lejos de los grandes centros, y requieren reformas costosas. El proceso legal puede ser lento y las normas varían según el municipio.
Aun así, hay cada vez más extranjeros interesados. Algunos lo ven como una alternativa para vivir barato en Japón; otros, como una forma de contribuir al renacimiento de estas comunidades.
Y lo cierto es que, con el auge del teletrabajo, la idea de mudarse a una casa vieja en el campo japonés suena cada vez menos descabellada.
El fenómeno de las akiya no es solo una curiosidad japonesa.
Es un espejo de lo que podría pasar en muchos países con poblaciones envejecidas y zonas rurales vacías.
Mientras tanto, las imágenes de esas casas —a veces cubiertas de musgo, otras llenas de recuerdos intactos— se han convertido en símbolo de un país que intenta reencontrar el equilibrio entre tradición y futuro.
Japón no solo regala casas. Está intentando salvar la vida rural antes de que desaparezca por completo. Y en ese intento, está ofreciendo algo que muchos países olvidaron: una segunda oportunidad.
Una para sus pueblos, y otra para quienes aún sueñan con empezar de nuevo.
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