En la historia del rock hay álbumes iniciales que produjeron un cimbronazo en el universo del género, con canciones que pronto se volvieron hits, que posicionaron a las bandas de forma inmediata y les dieron una proyección inusitada. Va un repaso a algunos de esos grandes registros inoxidables
Si bien no es fácil pegarla con un primer disco, sobre todo si se tiene en cuenta que a veces las bandas o solistas no están del todo aceitadas para que ese bagaje de canciones que ensayan tenga un envase adecuado y las tomas en estudio terminen de resaltar y hasta destacar algunos pequeños detalles que enriquecen el conjunto, hay discos que son imbatibles y dejan sentado un debut mucho más que promisorio. El rock tiene grandes primeros discos, así que repasar algunos, elegidos –más por lo que puede recordarse sobre el impacto de su salida– entre una tupida lista, es una buena oportunidad para volver sobre ellos e indagar en la materia con la que fueron concebidos, su contexto y las intenciones que se perseguían al momento de su grabación. Algunos de ellos, claro, fueron una gran carta de presentación en el universo del rock y auguraron un futuro promisorio para sus autores e intérpretes.
1-The Velvet Underground / The Velvet Underground & Nico (1967)
Casi al mismo tiempo que salía Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el octavo disco de The Beatles, The Velvet Underground lanzaba al ruedo The Velvet Underground & Nico (1967), donde Lou Reed y compañía debutaban con un larga duración que plasmaba buena parte de los temas solo tocados en vivo. Era 1967 y nada sonaba en ese momento como esta banda y el disco debut era la comprobación de una experiencia musical realmente sorprendente.
La guitarra de Reed era una máquina de producir acordes inusuales confrontando con el ritmo sostenido de la guitarra de John Cale y la batería de Maureen Tucker, generando un clima sonoro visceral, algo distorsionado sin perder la rítmica, sobrevolado por la voz del mismo Reed mientras narra una épica donde abundan la adicción a las drogas duras, el travestismo, la sumisión sexual, los cultos orgiásticos y la afrenta a lo establecido por las leyes burguesas.
Cada miembro de la banda, antes habían sido estudiantes de arte y música, de vida social disipada, que encontraron en la factoría de Andy Warhol un solaz donde ser ellos sin ataduras visibles y experimentar artísticamente. Fue el cineasta Paul Morrisey quien vio en el grupo –que era un cuarteto con Sterling Morrison en bajo– una identidad que prefiguraba proyección y pronto sonaron en los happenings organizado por Warhol hasta que creyeron que eran una banda. El gurú y artista visual les presentó a una cantante alemana llamada Nico –también modelo, como las tantas que se acercaban a la factoría–, de voz algo mecanizada, a la que sumaron a las actuaciones en vivo y, aunque la banda no estaba muy dispuesta a que participara del disco, Warhol, que fue productor y autor del arte de tapa, la impuso, para que el disco terminara llamándose The Velvet Underground & Nico.
Algunas de las canciones grafican cuestiones cotidianas que seguramente los miembros de la banda atravesaban. El track “I’m Waiting For The Man” dura cinco minutos y describe la búsqueda de un dealer de heroína en el Bronx, de la que mucho más tarde Reed afirmaría que lo único que no era real en el tema, era el precio del “caballo”; “Femme Fatale” es una oda a la hermosa actriz y modelo Edie Sedgwick, chica Warhol, que también inspiraría a Bob Dylan para “Just Like a Woman”; “Run Run Run” es un retrato de la Nueva York llena de traficantes y yonkis, cuyo glamour en todo caso estaba puertas adentro, con personajes desquiciados por el abuso de drogas y prostitutas que trabajaban solo para conseguir una dosis de heroína; la nihilista y desmadrada “Heroin”, sumida en capas melódicas intensas con la voz de Reed sufeando entre el frenesí instrumental de sus compañeros de navegación; hay sí una dulce balada que la voz de Nico vuelve tan seductora como soñadora, “I’ll Be Your Mirror”, que atempera la escalada del conjunto.
Así el icónico disco de la banana en la tapa, que preanunciaba a dos músicos que se destacarían creativamente en las décadas siguientes, fue el inicio de que la expansión sonora del rock no tenía límites y que su impronta marcaría la cultura pop definitivamente. The Velvet Underground & Nico, un disco que de alguna manera soñó el futuro.
2- The Doors / The Doors (1967)
En 1967 The Doors grabó su primer disco de título homónimo, The Doors, que, tras su imaginativa construcción psicodélica, fue el disco más vendido de la banda. Dos de sus tracks se convirtieron rápidamente en los más escuchados en todos los rankings en las dos orillas del Atlántico Norte, “Break on Through (To the Other Side)” y “Light My Fire”, justamente por ese innovadora integración de rítmicas del blues, el jazz y el rock. El estilo y la calidad del álbum –su eclecticismo con canciones que disparan sensaciones diferentes–, demostraron la consistencia de la banda, integrada por músicos talentosos y vanguardistas en el uso de los instrumentos.
A partir de este disco, Jim Morrison introdujo la especie de los front-man algo oscuros y seductores que más tarde sería venerada –y copiada– por infinidad de líderes de distintas bandas, y The Doors no era solo Jim Morrison, pero Jim Morrison era The Doors, la prueba fehaciente son las remeras con su cara y una leyenda con el nombre del grupo que miles de adolescentes continúan usando. “Light My Fire” atravesaría las décadas y hoy puede escucharse frecuentemente en radios de rock clásico. Otro temazo de este álbum, “The End”, sería utilizado por Francis F. Coppola para Apocalypse Now, y sería parte indivisible de algunas de las portentosas imágenes del film.
La canción tiene dos versiones, una de 11 minutos (la utilizada en la película) y una de 5, que condensa admirablemente su sesgo salvaje o épico, según se mire (o se escuche). En The Doors, el disco, no hay trucos sofisticados, apenas algún grito de Morrison o un “relleno” de órgano de Ray Manzarek, que no buscan nada elegíaco en las canciones, sino más bien lo directo y simple a partir del dispositivo sonoro pergeñado.
Para algunos, los temas tienen un aura desquiciada y entusiasta que les otorga el sello distintivo a la banda; las canciones “Alabama Song” (que adapta un poema de Bertold Brecht en su letra) y la tenebrosa “Black Door Man” son una muestra palpable del estilo. Todas las canciones de The Doors despiden una atmósfera atrapante, a través de blues guturales, climas pop, sólidos pasajes rockeros y la etérea –y por momentos desconcertante– voz de Morrison. Con Morrison en voz y Manzarek en teclados; Robby Krieger en guitarra, y a veces teclados, y John Densmore en batería, la potencia de The Doors continúa intacta a casi 60 años de su salida.
3- Almendra / Almendra (1970)
El debut en disco de Luis Alberto Spinetta sería con el inoxidable Almendra (1970), título también homónimo al de la banda integrada por Emilio del Guercio en bajo; Edelmiro Molinari, en guitarra; Rodolfo García en batería, y el mismo Flaco en voz y guitarra. Acá están “Muchacha (ojos de papel)”, “Ana no duerme” y “Plegaria para un niño dormido”, temas de presentación del universo poético spinettiano y fundacionales para las baladas de tono rockero. “Muchacha…”, claro, impregnaría el imaginario popular atravesando generaciones, delineando en cada una, según sus apreciaciones, a la “mujer de voz de gorrión y corazón de tiza”.
Los intensos riffs de Molinari, el melódico bajo de Del Guercio y la percusión inquieta y aceitada de García fueron esenciales para que casi todos los tracks de este disco sonaran como algo diferente, a todas luces novedosos para el rock nacional, desde el melancólico “Fermín” al vanguardista y experimental “Color humano”, pasando por el barroco “Laura va”, el clima logrado es de una exuberancia sonora decididamente magistral. En Almendra, musicalmente, hay jazz y blues junto a la magia de unas letras inspiradas no exentas de ternura, algo que también será una marca en el orillo de la lírica de Spinetta.
Podría decirse que en este álbum estaba cifrada ya gran parte de lo que vendría en la música del Flaco, pero al mismo tiempo se trata de una pieza única –cabe decir que varios de los discos de Spinetta también lo son– con un sello que tal vez resida en que representó de alguna manera un relato acertado de los tiempos que corrían, sobre todo para los jóvenes, oscilantes entre la radicalidad y el amor y la paz. El Flaco encontró una manera de decirlo con imágenes que bebían en el surrealismo de los poetas franceses Breton, Eluard, Rimbaud y Aragon, entre otros, a las cuales les dio un pertinente color local.
Todo era tan iniciático que las primeras tomas para el disco fueron hechas en el comedor de la casa de Spinetta, donde dieron rienda suelta a aquella idea de armar “una banda ideal”, quizás sin saber exactamente qué querían decir cuando expresaban ese deseo. Ellos mismos admitieron después que escuchaban a The Beatles, Yardbirds, los Rolling y The Animals y que de allí bebieron influencias, pero no es menos cierto que también el tango y la balada urbana de cadencias folk, terminaron de perfilar este disco indestructible.
4- Patti Smith / Horses (1975)
Un disco verdaderamente glorioso fue Horse (1975), con el que debutó la compositora, cantante y poeta Patti Smith, una de las figuras principales en la evolución de la escena underground neoyorkina, quien, con este registro, logra plasmar cierta rebeldía al statu quo burgués y a las imposiciones sociales de la época. De alguna manera, el disco aúna las voces de una generación que encontraron en esa mujer, delgada y andrógina –y que su compañero de entonces, el fotógrafo Robert Maplethorpe, inmortalizaría en la portada–, la expresión de la inadaptación a la que eran afectos.
“Cuando grabamos Horses yo esperaba comunicarme con mentes semejantes, con los inadaptados, privados de derechos, aquellos que se alejaban de la pista habitual”, supo decir Smith en un posteo de redes en el reciente 50 aniversario. Las canciones habían sido concebidas en habitaciones del Hotel Chelsea, donde Patti y Robert vivían y donde se cruzaban con escritores como Allen Ginsberg y William Burroughs y hasta con el mismo Bob Dylan, que solía parar en el “mejor hotel del mundo”, según le gustaba repetir al autor de “Like a Rolling Stone”.
Algo del simbolismo de (Arthur) Rimbaud y modos de cantar inspirados en algunos fraseos de Jim Morrison, definieron las ocho canciones que integran el álbum –grabado en Electric Lady Studio de Nueva York–, casi todas producto de un mix entre cierta intensidad poética y subversiva y una voz magnética y espiritual. Los integrantes de la banda fueron el guitarrista Lenny Kaye, el bajista Ivan Kral, el tecladista Richard Sohl y el baterista Jay Dee Daugherty, quienes constituyeron el basamento para que la front-woman se luciera.
La actitud de Smith fue clave para la gestación de la movida punk, incluso desde la letra de sus temas. “Gloria: In Excelsis Deo”, el track que abre el disco dispara la siguiente línea: “Jesucristo murió por nuestros pecados, pero no por los míos”, casi una declaración de guerra y una afirmación irreverente que inspiraría otras de semejante tenor con las que las bandas punk intentaron despreciar y ofender al mundo. Horses vio la luz en noviembre de 1975, se promocionó con una gira y apariciones televisivas en programas como Saturday Night Live y fue consolidándose como un disco icónico que sigue teniendo reediciones masterizadas, y agregados, y al que la crítica de la época señaló como un “rock de tres acordes fusionado con el poder de la palabra”.
5- Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota / Gulp! (1985)
El primer disco de los Redondos (Patricio Rey y los Redonditos de Ricota en ese entonces), titulado Gulp (1985) es un perfecto espejo del tiempo y espacio en que fue concebido. Se trató de un disco poderoso, donde sonido, narrativa y hasta estética son fieles contenedores de las preocupaciones de un contexto que a dos años de parecer auspicioso –la vuelta de la democracia– parecía ir poniéndose complicado con un embate de los poderes económicos que comenzaban a asolar la administración alfonsinista.
Las canciones son casi vociferadas, buscan transmitir lo veloz, lo urgente, de modo enfático, pulsional, una actitud que se iría a volver sesgo distintivo de la banda. En oposición a los sonidos más envasados en manifestaciones electrónicas propias de la década, en Gulp! pueden escucharse una batería sólida y contundente en su acústica, un saxo de soplos bien concretos y pasajes de guitarra que van generando coloridos timbres prescindiendo de cualquier efecto. “La bestia pop”, “Superlógico”, “Barbazul versus el amor letal” y “Criminal Mambo” tal vez sean los temas más recordados o tocados por la banda en vivo, pero el disco suena adelantado a la época pero a la vez con rasgos bien propios.
Gulp! fue grabado en un estudio austero que pertenecía a los hermanos Vitale, que habían bautizado MIA, y tuvo a Lito haciendo de ingeniero de sonido y tocando teclados en algunos temas. La banda conocida por sus curiosas presentaciones, su tono teatral y exultante y su actitud contestataria tenía por fin su primer álbum luego de algunos singles registrados a partir de 1982. Algo del post punk también se colaba en su estética barrial, refrendada en las letras provocadoras del Indio Solari. Todo en ese disco fue hecho de modo artesanal, desde la producción, edición y distribución hasta el diseño gráfico, esta última a cargo de Rocambole, un artista gráfico surgido a la par de los Redondos que firmaría la tapa de todos los álbumes de la banda y contribuiría a su identidad visual.
El packaging de la tapa de Gulp! fue hecho por Rocambole con rodillo y serigrafía, dando el toque final a lo autogestivo, que era como los Redondos concebían su lugar en la escena del rock argento. Se cuenta que Charlie García ofreció producirlos luego de verlos en vivo en La esquina del sol, un boliche de la época donde ellos solían tocar, pero ni el Indio ni Skay Belinson aceptaron para no verse condicionados de ningún modo. Gulp! tiene once temas donde la química de la guitarra de Skay y la innovadora lírica del Indio conforman una textura potente que dan un color único al sonido de la banda, en la que contribuyen de modo decisivo Tito Fargo en guitarra rítmica, y a veces primera; Semilla Bucciarelli en bajo; Willy Crook en saxo, y Piojo Ábalos en batería. Más allá de su carácter inciático, en Gulp! ya se cifraba una intención musical que daba cuenta de un grupo maduro y consciente de sus objetivos.
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