Cultura

«Claro palafito», instancias de una escritura reparadora

En su primer libro de poemas, la narradora Lila Gianelloni despliega textos de extraordinaria potencia donde la percepción, la contemplación, la escucha a través de la memoria, del recuerdo, tienen un rol protagónico para recuperar un orden del mundo que habría que iluminar, hacerlo reaparecer porque se ha vuelto invisible

Algunas cuestiones van surgiendo a medida que se avanza en la lectura de Claro palafito (Editorial Biblioteca Vigil), el primer libro de poemas de la narradora, ensayista y productora cultural rosarina Lila Gianelloni. En primer lugar, es que se trata de un poemario desplegado como una forma de percepción, de contemplación, de escucha, en su expresión más acabada, como una constelación donde tallan la propia escritura, la memoria (el recuerdo), el tiempo –“veo el tiempo” se lee en un pasaje de un poema– sustanciados en rituales, en la presencia de la naturaleza principalmente, en las relaciones, en los desequilibrios, en un ideal de belleza, no en su mera exhibición, sino como algo que inquieta por su potencialidad a veces truncada.

Después surge una certidumbre que la autora transmite: la de que en el todo que es la vida, lo que cuenta, lo que le da movimiento, lo que hace que el mundo fluya, son los momentos, los detalles, la caligrafía de acciones y reacciones con que son o fueron construidos y por los que Gianelloni se mueve, descubre, se asombra (y asombra), manifiesta su pena o se solaza cuando el daño es menor. En este sentido es una escritura que busca su arquitectura en el recuerdo, porque encuentra allí su forma, y entonces aparecen los pensamientos para condensar ese movimiento, esos destellos que requieren de un armado, supeditado a la imaginación para adquirir, justamente, su forma.

Y más luego, aunque fundamental, hay en Claro palafito una firme inclinación por instancias reparadoras, resarcitorias, algo así como un aliento para continuar una tarea de restitución que compete a todos –lector incluido–, como si hubiera un orden original de las cosas, del mundo, que habría que iluminar, hacerlo reaparecer porque se ha vuelto invisible o ha dejado de funcionar; volver a delimitar una zona, bordearla, para describirla en profundidad y ver si tiene o no vida. “…Pero ya nadie lo sabe de primera mano / hemos perdido el rastro, / hablamos a tientas en el bosque oscuro…”, y “…no ha perdido valor la palabra, / lo ha perdido el lobo / a causa de su silencio…”, escribe la autora en el magnífico La boca del lobo.

Y allí toma cuerpo, emerge, el valor de la palabra, lo que puede obrar entre las causas y los efectos que se condicionan en relaciones siempre cambiantes, y con esa palabra la autora hace apelaciones; de la naturaleza hacia la subjetividad, o de la subjetividad hacia el paisaje natural que explora con fidelidad cuando expresa en el poema Seminare: “…Son el estallido de cien árboles / su sexo / su baile nupcial / su himeneo. Esto que vez / merece respeto, / no estornudes, / no te frotes la nariz, / es el baile de la vida buena / que hace nieve sobre las islas”. En este poema puede verse el funcionamiento imprescindible de la naturaleza, sus consecuencias, y es entonces donde la conciencia (de la poeta) advierte sobre sus efectos, ya que la naturaleza parece plantear preguntas que producen estados de ánimo, suerte de sinestesias como el asombro, la alegría, el espanto, la admiración: “…¿Y las hormigas que anidan entre las hojas duras? / ¿Y el caracol de tierra? / ¿Y el muchacho? / –escucho decir a la planta–…”, escribe Gianelloni en La poda del jazmín estrella.

 

Por eso, más que buscar procedimientos por motivos estéticos, la poeta busca los medios –a menudo de manera desgarradora, como en el impresionante poema Flor de lis, que presagia un hecho traumático– para formular adecuadamente su relación con el mundo; su relación con las convicciones más profundas que son, a la vez, su forma de vida y, se evidencia, su modo posible de expresión.

Hay en estos poemas una notable sencillez, en el sentido de que tender a la sencillez supone un camino a la profundidad de lo que se quiere transmitir, de los instantes que se reproducen, o que una enérgica memoria dispara; pero encontrar esa senda entre lo que se quiere decir y expresarlo es, se sabe, una de las tareas más costosas en el proceso de escritura. Porque además, hacer poesía con poco implica, efectivamente, una nueva posibilidad para el lector, despierta nuevas impresiones o resonancias sobre la materia tratada, sobre todo cuando el autor nunca reclama tener razón y va a la poesía, como decía (Juan José) Saer, solo “a buscar algo que ya ha pasado en nosotros”.

El trabajo de cuidar, de proteger, de dar cobijo entonces tiene lugar con el desamparo de las mujeres –los poemas Amor, Una mujer–; de los niños –Una protección, El nido–; de sí misma –Ventana–, hasta de las madres cuando los niños demandan y la cotidianidad se abate sobre ellas –La diosa Kali–, y en todos ellos la relación con el recuerdo es consustancial, porque para Gianelloni escribir es una forma de recordar y darles una identidad a los poemas, introduciendo una subjetividad de tipo reflexivo, performativo, empleando recursos formales para establecer relaciones que develan un fuerte lazo entre una poética de la intimidad y una de la resistencia.

Se evidencia también en Claro palafito una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas, que bien puede verse en el potente La borradura, donde la súbita aparición de una persona inspira remembranzas sobre un paisaje y la breve comunicación dada desde una singular sintonía entre distintas sensibilidades, contiene revelaciones para la poeta, no importa que sean o no efectivas, como la de “…una última trinchera de la memoria que se resiste a ser / vencida…”, que no es otra que la del palafito, el lugar donde se nació.

Así, en este deslumbrante registro del mundo y de la naturaleza que la rodean –o rodearon–, la autora parece haberse sentado a imaginar recuerdos para volverlos movimiento –se trata de  una poesía bien narrativa–, como si se tratara de textos de doble entrada, donde los hechos centrales se complementan con su propio asombro ante lo que cada una de esas descripciones, observaciones, miradas descubre, lo que revela que si existe algún tipo de preceptiva en Gianelloni, no es más que la que surge de la honestidad consigo misma.

Lila Gianelloni publicó Mapamundi (Paisanita, 2028); Lobo (Libros silvestres, 2019); Volver a casa (Obloshka, 2022) y Llueve sobre el Tambopata (omachi, 2025) y es creadora y productora del ciclo de lecturas Un lugar limpio y bien iluminado.

 

 

 

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