El escultor rosarino Fabián Rucco trabaja desde hace muchos años tanto la madera como el mármol y el granito, y en ocasiones los combina con metal o resina poliéster. La singularidad de su trabajo lo llevó a obtener reconocimientos nacionales e internacionales. De hecho, hasta hoy está exponiendo en el Centro Cultural Jorge Luis Borges de la Galería Pacífico, en Buenos Aires. Pero Rucco no para, porque mientras finaliza esta muestra ya se está aprestando a la inauguración de una nueva, esta vez en Rosario, que realizará junto a sus alumnos (ver aparte).
En diálogo con El Ciudadano, el artista habló del proceso creativo y de sus obras.
—¿Cuál fue el comienzo de tu carrera artística?
—Arranqué a estudiar diseño gráfico por el temor general de pensar que seguir Bellas Artes es sinónimo de morirse de hambre. Hice un par de años y decidí que me gustaba más Bellas Artes. Allí me especialicé en escultura y cuando me recibí me puse un tallercito y empecé a trabajar. Ahí vas encontrando tu imagen y qué te interesa contar.
—Recorriendo tus obras existe una constante con respecto a la realización de figuras en principio humanas…
—Para mí el arte es comunicar y la forma más simple de llegar a la gente es manejando la figuración. En mis comienzos era realista lo que hacía, pero me fui volcando a un expresionismo. Cuando la gente ve una obra mía la logra identificar. Quiero llegar al espectador chocando y generando sensaciones. El espectador puede tomarlo como puede o quiere. Si me valgo de la figuración es un camino más directo, más seguro para llegar al público. El artista completa la obra en la exposición.
—¿Cuál es el material que más te gusta trabajar?
—Tengo preferencia por la madera. Sin embargo, la obra uno la piensa y el material está en función de la idea. Lo que te permite Rosario es trabajar mucha madera. Por ejemplo, cuando voy a Europa –Lituania y Galicia– trabajo meses con granitos de los más duros del mundo y me encanta porque ese material tiene un acabado divino. En Rosario es difícil porque tenés que traer la piedra desde San Luis o el sur y sale carísimo.
—¿Cómo funciona el proceso de creación?
—Vengo con una idea que ya está terminada en mi cabeza y empiezo por dibujarla de todos los ángulos posibles. El problema es que las esculturas funcionan en tres dimensiones y el dibujo sólo puede mostrarte ciertos aspectos. Cuando uno agarra el material –madera, piedra, resina, cemento– ya sabe cómo va a quedar. Después está el diálogo con el material, en el que surgen nudos, grietas y superficies que expresan y uno puede ayudar a enfatizar lo que se quiere hacer. Las maderas y las piedras son las más propensas a estos diálogos, en cambio, el cemento o metales están más calculados. Las obras empiezan con una idea fija y después pueden surgir cambios. También hay que tener en cuenta el lugar donde se emplazará. No es lo mismo elaborar una pieza para un espacio público –se calcula dimensiones y condiciones de seguridad– que uno privado, donde hay mayor libertad.
—¿Cómo funcionan las influencias artísticas y la búsqueda de la identidad?
—Me gustan muchos artistas pero en mí está el tratar de no mostrar la influencia sino sentirme con una imagen propia. Uno trata de evitar parecerse a alguien. Un artista encuentra una madurez cuando encuentra esa identidad. Eso lleva mucho trabajo, muchas obras y muchos años. Yo empecé buscando un realismo y después fui geometrizando ciertas figuras, exagerando manos y pies, por ejemplo. También debe hacerse un buen recorrido por las distintas técnicas y materiales para encontrarse a uno.
—La mirada del escultor significa para muchos una capacidad de imaginar los elementos del mundo de otra forma, no en esencia sino en potencia. ¿Funciona así en tu caso?
—Son las 24 horas de mi día así. Ver y experimentar sensaciones me generan ideas. La misma gente con sus movimientos. Si tuviera un lápiz y un papel encima todo el tiempo seguro estaría dibujando. Luego viene la hora de producir el material, porque la idea está en la cabeza, y es el momento más feliz.
—Más allá de los reconocimientos institucionales –premios, distinciones–, ¿cómo valorás la respuesta del público cuando miran tus esculturas?
—Es sumamente gratificante. Nunca me voy a olvidar que una vez se realizó un concurso internacional en Chile, donde hice una escultura de tres metros de una figura humana arrodillada que cargaba con el triple de su peso sobre la espalda; se me acercó un hombre y me dijo: “Éste soy yo. ¡No sabés el quilombo que tengo con mis hijos, la casa, mi mujer!”. Yo no lo hice a él con sus problemas a cuesta sino que partí de mis propias cargas que se reactualizan en cada uno.