Por Pablo Yurman.- En 1954 Juan Domingo Perón protagonizó un hecho que pocos recuerdan: le devolvió al pueblo paraguayo los trofeos obtenidos por las fuerzas nacionales en la Guerra de la Triple Alianza. Fue un intento para cerrar heridas del pasado.
El 16 de agosto de 1954 el presidente Juan Domingo Perón devolvía personalmente, en Asunción, capital del Paraguay, los trofeos obtenidos por las fuerzas nacionales en la Guerra de la Triple Alianza. El mandatario había llegado unos días antes, sumándose a los llamados “festejos agostinos” y luego del feriado del 15 de agosto en el que se recordaba la fundación de la ciudad en 1537, así llamada precisamente por la fiesta de la Asunción de la Virgen María, entregó a las autoridades anfitrionas los trofeos, consistentes en banderas de guerra, uniformes, y armas capturadas a distintas unidades del ejército del Paraguay.
Era un gesto cargado de simbolismo, sin el cual las heridas del pasado jamás podrían cerrar. Según el general del ejército del Paraguay, Fulgencio Yegros Girola, “conocía como nadie la idiosincrasia de los paraguayos e interpretaba, como sólo Perón podía hacerlo, el sentido de la dignidad nacional. De ahí que el mandatario argentino se ganó el respeto y la consideración de los paraguayos.”
Ante una multitud reunida ese 16 de agosto de 1954 dijo el primer mandatario: “Vengo como un hombre que viene a rendir homenaje al Paraguay en el nombre de su sagrado mariscal Francisco Solano López y hago llegar el abrazo del pueblo argentino a esta patria tan respetable y tan querida. En nombre de esa amistad y de esa devolución del pueblo argentino, pongo en manos del mandatario de este pueblo, como las reliquias, el testimonio de nuestra hermandad inquebrantable”.
El pueblo paraguayo le dedicó una canción de homenaje, titulada “Caballero Juan Perón”, una de cuyas estrofas dice así:
“Los recuerdos del pasado se han borrado con el gesto del ilustre paladín.
Los trofeos que devuelve son sagrados, le agradece el gran pueblo guaraní.
Caballero de la América latina es sin duda el coloso Juan Perón.
Saludamos al hermano generoso, todo el Pueblo alborozado grita ya “¡Viva Perón!”.
Paraguayos y argentinos siempre unidos vivirán en el futuro en un solo corazón.
Primer gesto fraterno
No obstante, la reparación de la oprobiosa complicidad argentina en la Guerra del Paraguay, que se cobró la vida de 600.000 paraguayos, vendría por inspiración de ese otro gran caudillo popular que fue don Hipólito Yrigoyen. En efecto, ese radical de principios, convicciones patrióticas y visión americanista, envió en 1922 un proyecto de ley que fue aprobado por el Congreso Nacional por el cual se condonaba la deuda que el Paraguay tenía con nuestro país en concepto de reparaciones de guerra. En efecto, no sólo se había aniquilado a un pueblo reduciéndolo a escombros, sino que además se le hizo pagar los gastos de una guerra que no había comenzado.
Brasil, aún en deuda
No puede menos que destacarse que las expresiones de las autoridades argentinas, iniciadas por Yrigoyen y profundizadas luego por Perón, contrastan notablemente con la parca indiferencia que sobre este asunto han tenido los distintos gobiernos brasileños, desde 1870 hasta el presente, sin parecer importar mucho que hayan sido tales gobiernos monárquicos o republicanos, de facto o democráticos, de izquierda o de derecha. Recién con Lula Da Silva en el Ejecutivo de esa nación, Brasil se puso a “estudiar” el reclamo paraguayo para materializar la devolución de uno, de los muchos trofeos de guerra que permanecen aún en su poder. Se trata del famoso cañón llamado “Cristiano” que con un peso que supera las diez toneladas, fue fabricado en plena guerra en una de las plantas siderúrgicas con las que contaba la economía paraguaya antes del estallido del conflicto. Se lo fabricó fundiendo el bronce de todas las campanas de las iglesias del Paraguay, y de ahí el nombre del cañón, exhibido en el Museo Histórico de Río de Janeiro.
Lamentablemente la negativa brasileña en reconocer, por un lado, la responsabilidad moral de los países que formaron la Triple Alianza, pero en segundo lugar que la conflagración significó además un error estratégico para todo el continente, demora el avance hacia una auténtica integración cultural y social que trascienda los acuerdos sectoriales entre mercados de valores y firmas multinacionales, que sólo beneficia a algunos sectores de San Pablo y Buenos Aires. Nótese, en ese sentido, que incluso los delegados brasileños a la Cumbre de Ministros de Cultura de los países del Mercosur en 2010, es decir mientras Lula ejercía el poder, rechazaron la propuesta de Uruguay de reconocer la responsabilidad argentina, uruguaya y brasileña en la guerra, como gesto colectivo en una senda de perdón y de reconciliación, requisitos indispensables a la hora de emprender una auténtica integración continental, anhelo profundo de los pueblos.
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