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Cuando tantos debieron tanto a tan pocos

Por: Rubén Alejandro Fraga

Pese a las bombas nazis, los ingleses no dejaron de frecuentar sus bibliotecas.

“Yo diría al Parlamento, como dije a todos los que se incorporaron a este gobierno: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos, largos meses de combate y sufrimiento. Me preguntan: ¿Cuál es nuestra política? Se los diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos. Me preguntan; ¿Cuál es nuestra aspiración? Puedo responder con una palabra: Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia”. Las palabras pronunciadas por el primer ministro británico Winston Churchill en su primer discurso ante el Parlamento, el 13 de mayo de 1940, fueron el prólogo de un hito de cuyo comienzo se cumplen hoy 70 años: la Batalla de Inglaterra.

En efecto, el 10 de julio de 1940, con el ataque de la aviación alemana sobre objetivos en Inglaterra, comenzó una de las batallas clave de la Segunda Guerra Mundial, que frenaría el arrollador avance de la maquinaria bélica del Tercer Reich de Adolf Hitler.

Por entonces, con Francia ocupada, Gran Bretaña constituía el último bastión de la lucha contra la agresión nazi.

La armada británica y la barrera natural del canal de la Mancha protegieron a Gran Bretaña de la Blitzkrieg, la guerra relámpago con la que la Alemania nazi arrasaba, incontenible, buena parte de Europa.

Por eso, Hitler sabía que debía destruir a la Fuerza Aérea Real británica (la RAF, por sus siglas en inglés) antes de iniciar la Operación León Marino, una invasión anfibia planeada para el 15 de septiembre de 1940.

Con ese objetivo, el Führer ordenó que los bombardeos de la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana) comenzaran el miércoles 10 de julio de 1940.

El obeso mariscal Hermann Wilhelm Göring, comandante supremo de la Luftwaffe y segundo hombre del Tercer Reich, estaba exultante. Su aviación sólo había cosechado hasta ese momento aplastantes victorias sin sufrir prácticamente bajas de consideración, y prometió a Hitler acabar con la aviación inglesa en pocos días. La estrategia desarrollada se basaba en una completa aniquilación de la RAF que permitiera a la Wehrmacht (Fuerzas Armadas nazis) un desembarco sin contratiempos en las costas británicas. Para ello Göring contaba con tres flotas: la Luftflotte 5, con base en Noruega, la Luftflotte 2 en los Países Bajos y norte de Francia, y la Luftflotte 3, establecida al oeste del Sena. Estas tres fuerzas contaban con unos 3.600 aviones, frente a los apenas 871 aparatos de la RAF.

Los objetivos de las bombas alemanas en aquella primera etapa no eran las poblaciones civiles, sino las defensas costeras de Gran Bretaña sobre el canal de la Mancha, las instalaciones industriales cercanas a Londres, los aeródromos militares, y la red de estaciones de radar –instrumento inventado unos años antes por el físico británico Robert Watson–.

Tras semanas de ataques esporádicos y difíciles a puertos y campos de aviación, la Luftwaffe intensificó su campaña a principios de agosto con incursiones diarias de cientos de aviones contra las bases aéreas y las fábricas aeronáuticas de Gran Bretaña.

Los atacantes desplegaron 1.300 bombarderos y sus 1.200 cazas doblaban en número a los británicos.

Sin embargo, los aviones alemanes estaban poco armados y sólo podían llevar una carga ligera de bombas.

Los cazas alemanes operaban al límite de su alcance y las modernas estaciones de radar británicas impedían que el enemigo atacara por sorpresa.

Aunque los británicos ya habían perdido muchos pilotos y aviones, el 28 de agosto lanzaron un contraataque que sorprendió a los alemanes: bombardearon Berlín.

Si bien los aviones aliados habían alcanzado objetivos alemanes, éste fue su primer ataque a la capital del Tercer Reich. Furioso, Hitler contraatacó de forma temeraria al bombardear ciudades en Gran Bretaña. Londres, Liverpool, Coventry y otras localidades más pequeñas fueron atacadas por las bombas nazis.

El Palacio de Buckingham fue alcanzado y la catedral de Coventry, destruida, pero las incursiones no tuvieron efectos estratégicos. La población estaba preparada y se mantuvo la moral. Muchos londinenses durmieron en los túneles del metro.

Mientras, los jóvenes y audaces pilotos de la RAF, con un promedio de 23 años, surcaban el cielo con rápidos Spitfires y Hurricanes y superaron a los alemanes.

El 7 de septiembre Hitler bombardeó Londres. El ataque destruyó un millón de hogares y provocó la muerte de unos 40 mil civiles. Pero la ciudad y la RAF resistieron.

Para fines de septiembre, Alemania había perdido casi el doble de aviones (1.700) que su enemigo (900), y Hitler aplazó la Operación León Marino indefinidamente.

Con todo, los bombardeos sobre Inglaterra no habían terminado. El Führer los multiplicó con la esperanza de que Gran Bretaña se rindiera. Continuaron hasta junio de 1941, año en que la Luftwaffe fue necesaria en Rusia.

Una guerra, una victoria, una frase

Hacia julio de 1940, el destino de la guerra contra los nazis parecía depender de la capacidad de Inglaterra para hacer frente a la Luftwaffe sobre los cielos de la isla británica. Los británicos tenían una central de control en el que se marcaban todas las unidades nazis que habían sido detectadas volando y los escuadrones de la RAF que iban a su encuentro. Es decir, iban mostrando en la sala el estado de las batallas en la gran Batalla de Inglaterra.

El 15 de agosto de 1940 la Luftwaffe lanzó una nueva operación, denominada por Göring “Día del Águila”.

La Luftwaffe contaba con más de 1.000 bombarderos y unos 700 cazas para la operación y se calcula que realizaron 2.119 acciones aquella jornada. Tras ese primer día de operaciones, 40 aviones alemanes fueron derribados, pero las consecuencias del bombardeo fueron devastadoras para la RAF: decenas de aviones quedaron destruidos en tierra, sin contar con los derribados por los cazas alemanes.

Al día siguiente, “el bulldog” Churchill estaba en esa sala de control. Sobre la enorme mesa que representaba el campo de batalla se colocaron varias piezas indicando que aviones alemanes sobrevolaban el canal de la Mancha, dispuestos a una gran batalla. Eran alrededor de las seis de la tarde. En la sala también había un panel de visualización que tenía lamparitas eléctricas. Cada lamparita correspondía a un escuadrón británico, y cuando se encendía indicaba que el escuadrón estaba en aire. Una lamparita apagada indicaba que estaba en tierra y por lo tanto listo para actuar. Y en ese momento, con una legión de aviones nazis atacando, todas las lamparitas terminaron por encenderse. Toda la carne estaba sobre el asador, todos los escuadrones estaban en vuelo.

Después de un tenso período, comenzaron a apagarse lamparitas y también la mesa comenzó a mostrar que los alemanes volvían al continente. Churchill se levantó y se metió en su auto junto con el general sir Hastings Ismay, secretario del Gabinete de Guerra.

En el viaje en coche, el primer ministro le dijo a su acompañante: “No me diga nada. Nunca estuve tan emocionado”. Después de un rato de silencio, Churchill finalmente volvió a hablar para decir una de sus frases más famosas y que pasó a la historia: “Nunca en el ámbito del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos”.

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