Rosario, sábado 12 de septiembre de 2026
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Rosario, sábado 12 de septiembre de 2026

Cuatro esquinas de la infancia

Por: Ricardo Caronni, desde Ginegra

Yo no trabajo de esto, no es esto lo que me da de comer. Y entonces, muchas veces, dejo correr y escapar las ideas que se me ocurren para escribir. Es verdad que para hacerlo le tengo que robar tiempo al tiempo. Pero la alegría de imaginarlo y de contarlo por escrito, algunas veces –por suerte– puede más. Y la paso bien contándoles historias que me parecen razonablemente gratas.

La que ahora me anda dando vueltas por la cabeza es la de las cuatro esquinas de mi antiguo barrio de Italia y Mendoza.

En una, la noroeste, estaba la casa y farmacia del Dr. Salvatore, un farmacéutico italiano con el pelo cortado en cepillito, a la Humberto di Savoia, y a quienes los chicos, con esa crueldad que da la honestidad cabal de la infancia, llamábamos, “Engañabaldosas”, porque una secuela de polio le producía una renguera que le hacía apoyar el pie en un lugar diferente al que parecía que apuntaba.

Era un hombre muy simpático que terminó alquilando su farmacia a un colega argentino y viviendo de esa renta en la casa contigua. Muy elegante, muy señor, muy buena persona. Un italiano de buena cultura.

En la esquina en diagonal estaba el almacén y bar “Los Vasquitos”, de Isidoro y Juan Izaguirre, con sus inquietas balanzas que jamás estabilizaban sus agujas antes de ser retirado el contenido sobre el papel de estraza que luego se revoleaba para envolver con ese repulgue que hacía pensar en una inmensa empanada, y uno se iba con tres o cuatro de esos paquetes encimados, cruzando con cuidado, mirando bien si no venía el tranvía 23 por Italia, el 20, el 21 o el 12 o el 14 por Mendoza.

En el bar de Los Vasquitos pude conocer las últimas chinchibiras con tapón de vidrio y mandarme mis primeros Amargo Obrero de contrabando.

Cruzando Italia había un café con billares con su máquina de expreso humeante sobre el mostrador y allí los que ya eran grandes, –que no era nuestro caso en la época que rememoro– podían reunirse a mirar desde las vidrieras a las chicas del barrio que salían a hacer sus mandados o a pasear simplemente.

Lo atendía su dueño, en mangas de camisa y con un largo delantal blanco –no siempre– que le llegaba casi hasta el suelo.

Un día cerró y supimos que el hombre había fallecido y que no se sabía qué iba a pasar con el bar. Juro que por más esfuerzos que hago no logro recordar el nombre ni del hombre ni del bar.

Y por último, nuestra esquina favorita para los pibes que éramos y para reunirnos en las noches de verano con los amigos de la cuadra: la panadería y confitería “La Rosarina” de don Virgilio Burich.

Todo era de excelente calidad allí y las madres no tenían que insistir para que fuéramos a hacer los mandados si el recorrido incluía “ir a comprar el pan”. Porque Don Virgilio había instaurado la yapa como institución y no era para nada mezquino y siempre salíamos con una tortita negra, un mantecado, una jesuíta, una palmerita o un bizcocho… de ayer, claro. Pero a esa edad, lo único que no comíamos eran baldosas de ayer.

De noche, cerradas las cortinas metálicas sobre las vidrieras, quedaba un espacio para sentarse y conversar, hacer chistes, fumarse un cigarrillo entre varios y sentarse encima del buzón rojo de hierro fundido en Inglaterra.

Creo que solamente sobreviven dos de aquellas cuatro esquinas tradicionales. Las otras dos se transformaron en edificios de propiedad horizontal.

En el actual pavimento que recubre las vías y los adoquines importados de Francia, no hay más tranvías –grave error de un buen intendente– y no creo que los jóvenes del barrio puedan reunirse inocentemente en algunas de esas esquinas.

No hay más buzón rojo.

No era una esquina de barro y pampa, ni era Pompeya, ni más allá había –afortunadamente– ninguna inundación y la luna no era suburbana, era bien urbana.

Pero que Homero Manzi lo haya sabido o no, a mí me consta que hubo amores en las ventanas, besos robados y aun besos no dados, que se siguen esperando…

Claro que hay tantas otras esquinas que uno ha conocido –y tantas otras que quedan por conocer–. Pero seguro que, como bien lo supo Manzi, hace ya tanto tiempo, quien te quita la nostalgia por las cosas que han pasado y la pesadumbre por un tiempo que se fue.