Rosario, miercoles 09 de septiembre de 2026
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Rosario, miercoles 09 de septiembre de 2026

De orden moral, pobreza y confort

Por: Carlos Duclos

En algún punto de la existencia, el ser humano descubre el sentido de la vida, el rol que debe desempeñar y para el que fue llamado. Si alguna aberración o patología no impide su crecimiento o desarrollo, seguramente la persona descubrirá que su existencia se transforma en verdadera vida cuando es capaz de amar, cuando adopta para sí y para sus semejantes el compromiso de la satisfacción de los derechos. En ese marco, es importante comprender que no se es uno sino se comprende al otro y se acciona en favor del otro, porque como ha sido dicho: “Yo en él y él en mí”.

Es cierto que buena parte de la humanidad no ha comprendido aún este principio que un ex presidente argentino, y en el marco político, acuñó en una frase: nadie puede realizarse en una sociedad que no está realizada.

Es decir, el espíritu ansioso de elevarse descubre (corre el velo de aquello que tapa a la verdad) y comprende que la existencia cobra sentido cuando se trabaja en favor de uno primero, para hacerlo inmediatamente en interés del otro. De ese otro, fundamentalmente, que es inocente, débil, desprotegido.

Al espíritu sensible, que ansía la elevación, le indigna y subleva la acción perversa, maligna, contra el pobre, contra el trabajador, contra aquellos que tienen capacidades diferentes o, en fin, contra todos esos seres que tienen derechos por ser humanos (o simplemente por “ser”) pero que la insensatez, cuando no la corrupción o la estupidez, los agobia arrojándolos al pozo de la exclusión o el maltrato.

Si uno debiera recurrir a las metáforas de las sabias y sagradas escrituras, diría que espanta que se maltrate mediante la inescrupulosa acción a la viuda y al huérfano, figura que en el Pentateuco se utiliza para representar a todos los más débiles y necesitados (el Evangelio reflejará la figura del inocente y débil en el niño, con esa célebre frase de Jesús: “Dejen que los niños vengan a mí”).

Y desde luego, la acción inescrupulosa a la que se hace referencia no sólo es la ejecución activa de un acto ignominioso para la naturaleza humana, sino también la omisión, la indiferencia del resto de la comunidad ante la concreción de tal acción. Es también un fatal acto la indiferencia que se produce en cualquier persona ante el dolor del otro, especialmente cuando ese dolor se fecunda en un acto de injusticia.

Ayer, en carta de lectores de este diario, el ex presidente del Colegio de Abogados de Rosario, doctor Arturo Araujo, tuvo un acto de valentía, de coraje que reveló su hombría de bien. Es del caso reproducir fielmente sus palabras: “Clama al cielo la injusticia flagrante que me ubica a mí escribiendo esto con aire acondicionado, luego de haber hecho cuatro comidas, haber tomado toda la medicación prescripta, estando relativamente seguro con seguridad privada, mientras a esta misma hora otros argentinos y sus familias viven en una casa de cartón con el agua adentro, faltos de salud, alimentos, seguridad y educación”. Semejante confesión, brillante y plausible, no sólo que pinta una realidad dramática que algunos pretenden negar y otros no tienen ganas de ver, sino que conmueve, porque las palabras del profesional no hacen más que reflejar eso que muchos sentimos, pero que a menudo callamos, siendo partícipes de esa indiferencia de la que se hablaba antes y que tanto daño hace al prójimo sometido (que no encuentra auxilio) como a uno mismo.

Y a poco que se reflexione sobre las palabras de Araujo, se verá que si hay mucha pobreza material de algunos, en un país donde abundan los ricos recursos naturales y bienes de todo tipo, es porque hay mucha pobreza en el corazón de otros. Podría decirse, sin fallar demasiado en el diagnóstico, que muchos argentinos no han encontrado aún, lamentablemente, el verdadero sentido de la vida. Otros jamás lo encontrarán y a esos ya los conocemos.

¿Mas qué hacer ante semejante realidad fatal, dramática? El principio sería tener el coraje del abogado rosarino que ha comenzado su carta diciendo: “Clama al cielo la injusticia flagrante…”, etcétera. Lo inmediatamente posterior es adoptar el compromiso de trabajar en favor de los más débiles e inocentes para cambiar una realidad preocupante. Como nobleza obliga, es menester expresar que en el caso del doctor Araujo ya lo ha hecho cuando fue presidente del Colegio de Abogados, pues fue la primera vez, en muchísimo tiempo, que esa institución se abrió a la comunidad y en favor de la comunidad toda. Siguió con la creación e impulso de movida, una institución en la que se nuclean diversas entidades que bregan por la seguridad y cuidado de los jóvenes. Sin embargo: ¿No será hora de que el compromiso de aquellos preocupados por el destino de los pobres y humildes incursione en la faz política?

Sería lo ideal, pues hasta tanto no haya una renovación de la dirigencia nacional y lleguen a los círculos políticos mujeres y hombres que tengan el coraje de aceptar que deben hacer algo en favor de los más desamparados, esta Nación seguirá sin rumbo como hasta ahora, a merced de sendos cachivaches políticos que conducen al ser humano común y a la sociedad hacia el abismo.

Por otra parte, y esto para aquellos que creemos en un orden superior (y perdón por la primera persona), sería estupendo que el momento de la trascendencia no nos encuentre sin fundamentos para la defensa cuando se nos diga: “Tuve hambre y no me diste de comer, estuve enfermo y no me curaste”.