Rosario, viernes 11 de septiembre de 2026
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Rosario, viernes 11 de septiembre de 2026

De perros falderos, farsantes y convidados de piedra

Por: Carlos Duclos

En todos los tiempos y en todos los espacios, la sociedad estuvo conformada por varias clases de personas: las buenas o justos, las que tienden a hacer el bien, las que permanecen indiferentes al destino de los otros y sólo se afanan por sus propósitos, las de naturaleza maligna y las que están impulsadas a hacer el mal, aunque su naturaleza aún no pueda considerarse pervertida o corrompida. Buenos y justos, ciertamente, hay muy pocos y bien podría decirse que, en general, la humanidad se compone de personas bienintencionadas. El problema del hombre, en rigor de verdad, no ha surgido por el accionar del llamado “ciudadano común”, sino por la pésima labor del líder, personaje que, en muchos casos, ninguna cualidad tiene como para recibir tal denominación. Pruebas de ello se adquieren en nuestro país y en diversos tiempos de su historia, como el actual.

Un antiguo relato del judaísmo jasídico pone al descubierto la naturaleza de un líder o dirigente, determinada por su sabiduría y bondad. La historia trata del rabino Baal Shem Tov, considerada una de las personas más virtuosas e iluminadas que dio el judaísmo, un referente de fuste, especialmente respetado por hombres de otras creencias. Dicen que el rabino, junto con su hijo,  concurrió en cierta oportunidad a la casa de un hombre muy rico. El anfitrión  lo recibió con profusa pompa, haciendo servir la mesa con platos y cubiertos de plata que poseían detalles en oro. La ostentosa y lujosa mansión deslumbró al hijo de Baal, al punto que éste advirtió en su mirada fugaces sentimientos de envidia. Claro, el rabino era un hombre que vivía en el recato y la humildad, casi rayanos con la pobreza. Todo lo que recibía solía donarlo, incluso a personas de mal vivir. Se cuenta, por ejemplo, el caso de una donación que hizo a unos ladrones que acababan de salir de prisión. Toda la comunidad les cerraba las puertas a los ex convictos,  negándoles la posibilidad de trabajar y poder reconstituir sus vidas. Cuando le preguntaron al rabino por qué había ayudado a personas con tales antecedentes, respondió: “A veces cuando algunos cierran las puertas de la misericordia, se necesitan ladrones para abrirlas”.

Pero al margen de este suceso y las palabras que invitan a la reflexión, y retornando a la visita del rabino a la casa del rico, se dice que mientras retornaba a su casa éste le dijo a su hijo: “He notado la envidia en tu mirada al ver los bienes de ese hombre. Hijo, quiero decirte algo: yo no puedo servir la mesa con platos de plata, pero si pudiera tampoco lo haría. Preferiría distribuir el valor de esos bienes entre los pobres”.

Desde luego, no es del caso esperar que la clase política argentina, o la dirigencia empresarial y gremial, se conviertan y posean tal grado de virtud, pero sería de cierto alivio para tantos corazones afligidos y manos arrugadas por el trabajo (y desnudas de derechos), que esta elite dejara (apenas un poco) de estar ensimismada en sus asuntos e intereses y se ocupara más de los problemas que afectan al ser humano argentino que no son pocos.

Leer los diarios por estos y otros días, ver o escuchar los informativos y seguir la información política, supone el síndrome del ciudadano autoinfligido, pues las noticias son siempre las mismas y bastante desalentadoras. Pero para la mente que escudriña la realidad y tiene vocación de reflexión, es la única posibilidad de advertir que la llamada “clase” política argentina se ha convertido en una corporación o casta abocada con pasión a lo suyo, pero desentendida de la dificultad que padece el ser humano argentino. ¿Ejemplos? Hace pocas horas un Felipe Solá enfrascado en el contexto electoral, con el propósito de castigar a Eduardo Duhalde (quien dijo que él sería el presidente del orden), dejó entrever que orden puede confundirse con derecha. Algo que ni él mismo debe creer, y que probablemente dijo para quedar bien con una franja del electorado. La reacción de un político que desea, pero al que los números no le dan, no se hizo esperar y trató, aunque sin nombrarlo, de “imbécil” a Solá.

Pero esto es sólo una pizca de la permanente confrontación en la que desenvuelve sus días la dirigencia política nacional. Anteayer, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, en una muestra más del enfrentamiento crónico que mantiene el oficialismo con la oposición, y con relación a la imputabilidad de los menores, dijo con ánimo de poco amigo, y arrojando la responsabilidad al campo contrario, que  la oposición cuenta con mayoría en la Cámara de Diputados, por lo que son los responsables de obtener los legisladores necesarios para tratar el tema. “Han discutido tantas estupideces que sería bueno que puedan discutir esto”, dijo.

El disparate, desde luego, está a la orden del día en todas partes del ámbito político. Hay internas en el peronismo; en el radicalismo (las chicanas entre Ricardo Alfonsín y Ernesto Sanz no estuvieron ausentes en los últimos tiempos) y ni qué decir en el socialismo santafesino. Inesperadamente, este partido se ha aliado a esta ola de insensatez y lo que nadie aguardaba, aquello que era impensable, al fin llegó: la pelea entre el gobernador Hermes Binner (en opinión de muchos excesivamente enojado) y el senador Rubén Giustiniani. Y esta disputa amenaza con destinos inesperados (para regocijo del intendente de Santa Fe, el radical Mario Barletta, y angustia del espíritu de Guillermo Estévez Boero).

Al peronismo santafesino no le va mejor, y a las diferencias debe sumarse la ausencia de candidatos con claras posibilidades de llegar a la Casa Gris.

Y esta costumbre o cultura de lanzamiento de dardos, que algunas veces van con cierta dosis de veneno, pero no demasiada como para matar al adversario (“pues la corporación política es eso y no será tan bruta como para suicidarse”, dijo alguien), llega también a otros ámbitos. Por ejemplo, el titular de la Federación Agraria Argentina, Eduardo Buzzi, ha dicho que Guillermo Moreno debería correr la misma suerte que Ricardo Jaime: debería ser investigado. Dejó entrever que existe un vínculo entre el secretario de Comercio Interior y las exportadoras de granos. “Cuesta creer que el gran negocio sea gratis”, dijo. Grave, pero ¿se habrá presentado a hacer la correspondiente denuncia en Tribunales o será sólo uno más de estos flechazos  que se lanzan los dirigentes en el marco de la defensa de sus intereses?

El paradigma de cruces y peleas lo dieron, hace unas horas, el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, quien trató de “farsante” a su ex jefe Eduardo Duhalde, quien por su parte lo había tildado de “perrito faldero”.

Estos son ejemplos de esa clase de personas (mal llamadas líderes) que se interesan por sus cosas, pero no por el destino de los ciudadanos, verdaderos convidados de piedra en medio de un cúmulo de necesidades no satisfechas, de una y otra índole, que generan pena e indignación, pero también una cierta y preocupante resignación, o aceptación de lo aberrante como algo natural y bueno.