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Desde otra parte de la historia

Por: Carlos Duclos

La historia de una sociedad y de un momento de esa sociedad, está en manos de esos que investigan, que buscan minuciosamente en los remotos rincones de archivos y recuerdos, de esos que, profesionalmente, escudriñan el pasado. Sin embargo, suele ocurrir que un tinte sutil (o no tan sutil) ideológico de estos historiadores  manche la verdad.

Aquellos que han leído a los revisionistas, por ejemplo, saben cuánta mentira, y por tanto cuánto deshonor y mácula, se ha echado sobre prohombres de nuestra Patria. Por eso a veces para conocer la verdad debe recurrirse a diversas fuentes y, si es posible, a testigos directos o cercanos de  circunstancias, o a quienes fueron protagonistas de hechos que tuvieron por actores a personajes que  pasarían a la “historia”. Entre comillas la palabra historia, pues ella no sólo es el conocimiento de un suceso pasado de una o más personas, sino el posicionamiento en la escala moral que por tal suceso ocupan.

Sobre Juan Domingo Perón y su esposa, la joven Eva Duarte de Perón, mucho se ha dicho. Y mucho más sobre el casi desaparecido peronismo que sólo vive hoy en el recuerdo, en el corazón de viejos militantes o en algún perdido dirigente (porque lo que desde hace muchos años campea por la escena política nacional poco y nada tiene de peronismo).

Como quiera que sea, como todo grupo político, el peronismo ha tenido aciertos y desaciertos. Pero no es el caso de esta columna remitir a un juicio de valores sobre el Movimiento en extinción, sino repasar un hecho que marca de manera indeleble quién era en realidad esa mujer joven, idealista, comprometida no sólo con su hombre sino con su pensamiento y con los desamparados.

Me refiero a Eva Duarte de Perón, a Evita, para mejor decir.

La internación y la donación

Y ese conocimiento se extrae de lo que le aconteció a una rosarina (hoy tiene 69 años) cuando era niña. Ella pertenecía a una familia pobre. Una familia formada por el papá, la mamá y dos hermanos. Para agregar más aflicción a la situación por la que atravesaban, el padre de esta chica tuvo un problema cardíaco y se le aconsejó ser sometido a una riesgosa intervención quirúrgica, pero sin garantías. Por aquellos tiempos, nadie aseguraba vida luego de tocar el centro de la emoción del hombre (según los antiguos) y, por lo demás: ¿cómo la pobreza podría satisfacer la necesidad de que el corazón de aquel  padre siguiera latiendo?

Fue entonces que la familia rosarina decidió enviarle una carta a la señora Eva Perón. Una carta enviada desde la pena y la desesperación.

Tal parece, según cuentan algunos que la conocieron, que esta joven idealista tenía por costumbre leer todas las misivas que le enviaban y, si por razones de actividades, no podía hacerlo, les ordenaba a sus colaboradores que la mantuvieran informada de las necesidades de la gente, y que resolvieran el asunto. Pero en esta ocasión la carta fue a parar a manos de la propia Eva. De inmediato ordenó la internación del hombre y que cubrieran todos los gastos que ella demandara.

Pero no sólo eso, sino que envió a la familia un camión repleto de alimentos y ropa. Recuerda esta mujer: “Con eso comimos como tres meses”.

Sorpresa y llanto

Sin embargo, bien podría decirse que esta actitud  no significa una acción extraordinaria por parte de una Primera Dama, a no ser que la historia hubiera tenido otro giro como lo tuvo.

Un buen día, mientras aquella niña y sus hermanos regresaban de la escuela, encontraron a la madre en la puerta de la casa que alquilaban, llorando. Enfrente de ella otra mujer, joven, bonita,  vesti­da con un trajecito gris y un rodete en su rubia cabellera. Estacionado en la calle un auto. En un primer momento tuvieron miedo, miedo a que el papá hubiera muerto. Pero no, apenas acercarse lo comprendieron todo.

Éste es el final de la historia contada por esa niña  que hoy tiene 69 años: “Mi madre al ver que tanto mis hermanos como yo mirábamos extrañados y un poco asustados (porque mi padre hacia más de cinco meses que no trabajaba, ya que había sido operado del corazón y no podía mejorar) se acercó casi llorando y nos dijo: ¡saluden a Evita! Sí, era Evita que se había acercado personalmente para comprobar que el envío de comida, zapatillas, zapatos (Siete Vidas) había llegado a su verdadero dueño”.

La mujer añade al recordar aquella escena: “Yo fui una afortunada que tuvo el gran gusto de conocer a Eva Perón. Nos acercamos temerosos y besamos a esa mujer que nos estaba ayudando sin preguntar, que sólo nos dio sin más trámite. Ese día, además, trajo unos papeles para que mi madre los llenara y  cumplimentara unos requisitos a los efectos de que pudiéramos tener, mediante un plan, nuestra casa”.

Me permito decir que la mujer de la historia es la señora Martha Chimento, titular hoy de la ONG Abuelos Sustitutos, entidad que se ocupa de llenar vacíos en los pobres y afligidos, allí donde  el poder político de uno y otro signo no llega o, si lo hace, es en una exigua medida y a cambio, muchas veces, de un voto.

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