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Diana Szeinblum: «La danza no busca representar, sino habitar el presente»

En su paso por Rosario, la destacada coreógrafa y bailarina ofreció una clase magistral en el Instituto Isabel Taboga. Un recorrido por su formación junto a Pina Bausch, su mirada sobre la creación colectiva y la búsqueda constante de un lenguaje propio.

Por Luisina Ruíz Díaz/ Especial para El Ciudadano

Diana Szeinblum es coreógrafa, bailarina, actriz y artista de la danza, entre muchas otras cosas. En su paso por Rosario ofreció una charla y una clase para los cuatro elencos (Danza Contemporánea, Clásica, Expresión Corporal y Danzas Folclóricas) del Instituto Provincial Superior de Danzas N° 5929 «Isabel Taboga».

En diálogo con El Ciudadano, Diana contó que durante su formación recorrió lugares emblemáticos de la danza —tanto en Argentina como en el exterior— y compartió experiencias con grandes referentes como Pina Bausch.

Para Diana, la danza la eligió a ella: siempre bailó. Cuando era pequeña le dijo a su madre que quería ser bailarina. A los 15 años entró al taller del Teatro San Martín y después estudió coreografía con Ana Itelman, formando parte de la compañía de Oscar Araiz. Luego viajó a Alemania becada por el Instituto Goethe. Allí pasó por la Folkwang Tanzschule (escuela dirigida por Pina Bausch) y por la compañía Folkwang Tanz Studio (FTS). En ese espacio entró en contacto con las piezas y la dirección artística de Bausch, así como con la mirada de otros coreógrafos que la propia bailarina invitaba para la formación de sus alumnos.

Diana regresó a la Argentina decidida a desarrollarse como coreógrafa. En sus primeros años intentó, en parte, quitarse la influencia de Pina para encontrar un estilo propio. Para ella, los roles de bailarina y coreógrafa se alimentan mutuamente, aunque se diferencian mucho: significó una transformación en su forma de ver el mundo y en su manera de aportar a la experiencia artística.

Crear obras de danza

Diana sostiene que desde hace tiempo trabaja desde «lo situado» o site-specific: aquello que emerge del espacio y de lo que proponen los bailarines y bailarinas. No impone coreografías cerradas a sus intérpretes; propone habitar la permanencia porque allí es donde aparece el acontecimiento. Para ella, la danza es tiempo y se trata de esperar hasta que algo surge.

Resulta imposible que en este modo de creación no exista el trabajo colectivo. Sobre esto, Szeinblum reconoce su interés constante por lo que sucede en un grupo de personas que investigan sobre un mismo eje. Lo que ella observa de una manera, los bailarines lo ven de otra, cada uno desde su creatividad. Así se genera una retroalimentación de saberes múltiples. La construcción propone una mirada recíproca entre bailarines y coreógrafa: un diálogo continuo entre lo que el intérprete hace, lo que ella ve, lo que busca y hacia dónde lo dirige.

En cuanto al proceso creativo, la coreógrafa desarrolla investigaciones enfocadas en dispositivos y procedimientos. Al profundizar en esto, recuerda su obra Instrumento para estrellar: allí trabajó sobre la imagen como concepto, leyendo sobre la construcción de la imagen y sobre teoría fotográfica. Las preguntas que guiaron esa elaboración fueron: ¿Cómo se construye una imagen? y ¿Qué es lo que uno ve en una imagen fija?

Como coreógrafa, se enfrenta a escenas que poseen un orden determinado. Su interés radica en comprender cómo se construyen las cosas para, a partir de allí, fracturarlas, sustraer o deconstruir algo de lo dado. De este modo, busca descubrir qué otra dimensión se puede revelar para renovar lo existente.

Representación y narrativa en la danza

Su trabajo también apunta a crear prácticas que se alejen de la noción tradicional de representación. Para ella, la representación emana de la práctica misma: no busca elementos externos que deban traérselos para «representar», sino que la tarea reside en la simpleza de ejecutar lo que la práctica pide. No hay allí una impronta impuesta, y si la hay, pertenece a la subjetividad de quien la ejecuta. Aclara que, cuanto más visible se vuelve el hacer, más representativo resulta —no en el sentido de evocar algo ausente, sino como reflejo directo de aquello que se está practicando—.

En cuanto a la narrativa, aclara que no se trata de una estructura tradicional con principio y fin, sino que pertenece al universo de lo sensible. Se trata de una dramaturgia coreográfica que no sigue parámetros convencionales: aunque contenga inicio, desarrollo y desenlace, desde su perspectiva lo coreográfico tiene la capacidad de sostenerse en el «medio», sin necesidad de atarse a un principio o a un fin.

Lo que sucede en el «medio»

Retomando a Giorgio Agamben, explica que el autor define esto como «medios sin fin». En ese espacio existe una gran cantidad de información que se emana y se construye sin requerir la representación de una continuidad lineal, de una acción dramática o de fuerzas opuestas. Esto le ocurre con frecuencia al coreógrafo cuando se vincula en exceso con lo literario. La danza propone otras posibilidades: no es un territorio donde el conflicto o la interacción de dos fuerzas opuestas sean lo primordial; se puede tomar ese «medio» como materia prima y trabajar con la información que otorga. La idea es permanecer allí para que eso mismo vaya narrando, enhebrando y accionando. Se trata del cómo se hace, no únicamente del qué se hace.

Respecto a la forma de construir de quienes se dedican al movimiento, Diana explica que existe un gran caudal de información proveniente del mundo de lo sensible y lo perceptivo; aquello que no se ve a simple vista y que surge a través de procedimientos y del encuentro.

Propone que, para comprender sobre qué se está trabajando, es necesario entregar el cuerpo a la exacerbación de lo que se siente, dándole entidad y forma. Habla de la identificación como una cualidad perceptiva que necesita materializarse en una forma concreta para no diluirse en la multiplicidad del plano sensible. Recién en ese punto se puede empezar a componer.

Luego de esta charla entre bailarinas, llegó la despedida. En una reunión efímera contó sobre su vida, sus obras, su experiencia como coreógrafa siendo mujer en un ambiente hostil, entre muchas cosas más. Esto es solo un fragmento de todo su recorrido y saber, compartido generosamente en un marco de trabajo colaborativo y construcción colectiva, tal como se suele hacer en la danza.

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