“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. La cita es de Arturo Jauretche, uno de los intelectuales más polémicos y críticos de la sociedad y la política argentinas, de cuyo nacimiento se cumplen 109 años.
Su profundo amor por la Patria hizo que a lo largo de los años fuera conservador, radical y peronista, lo que lo llevó a decir de sí mismo que “subió al caballo por la derecha y bajó por la izquierda”.
Pensador, escritor, periodista, revolucionario, funcionario y dirigente político, la suma de su experiencia “callejera” y la altura de su mirada le permitieron, apenas pisada la madurez, adquirir la comprensión de las causas primeras que mantenían al país y a los argentinos en un estado de recurrente frustración.
Con el uso inteligente del más puro sentido común, su rigurosa disciplina investigativa y un gran poder de síntesis, Jauretche sorprendió a sus lectores permitiéndoles descubrir lo que estaba frente a sus ojos, hasta entonces enturbiado o ignorado por la propaganda de los poderosos. Entre sus herramientas se destacan una prosa combativa, un estilo campechano, un humor filoso y una ironía demoledora. El resultado son obras que aún sorprenden por su vigencia y sus contenidos reveladores. “Asesorarse con los técnicos del FMI es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador, escrito por el almacenero”, solía decir.
Forja, el puente entre Yrigoyen y Perón
Arturo Martín Jauretche nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el miércoles 13 de noviembre de 1901. Nieto de vascos, fue el mayor entre diez hermanos y vio la luz en aquel pueblo de frontera, una suerte de puerta abierta al desierto, justo cuando el roquismo entraba en su ocaso.
Hijo de un dirigente conservador, ingresó a la agrupación creada por Julio Argentino Roca, y a los 18 años ya era secretario del partido conservador de Lincoln.
Sin embargo, poco después se volcó al movimiento reformista universitario y en 1922 se afilió al radicalismo, donde militó en la línea de Hipólito Yrigoyen. “Mucho de mi yrigoyenismo se lo debo a Homero Manzi, que tenía 20 años por esos días. Él me dio una de las explicaciones más orgánicas y tal vez más poéticas del caudillo y de lo que significó”, contó Jauretche. Por eso, tras el golpe de Estado de 1930, se integró a los grupos yrigoyenistas rebeldes que querían reimplantar un gobierno popular. A fines de 1933 sufrió en carne propia la cruenta derrota del levantamiento de los coroneles Roberto Bosch y Gregorio Pomar contra el fraudulento gobierno del general Agustín P. Justo. Hundido en el arroyo San Joaquín, cerca de la localidad correntina de Paso de los Libres, con el máuser en alto y el agua al cuello, observó cómo las tropas de Justo cortaban las orejas de los caídos para ensartarlas en un aro. En los meses de cárcel que siguieron, escribió su primer libro: El Paso de los Libres, relato gauchesco de la última revolución radical, que se distingue por el privilegio de tener, en las ediciones de 1934 y 1960, a dos prologuistas tan antitéticos como Jorge Luis Borges y Jorge Abelardo Ramos.
Recuperada la libertad y sin romper su afiliación radical, el 29 de junio de 1935, en un sótano de la porteña calle Corrientes casi esquina Callao, fundó la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja). El nombre de la agrupación, inspirado en un concepto de Yrigoyen, describe a la vez el panorama pavoroso de la década infame y la oportunidad luminosa que anima a los jóvenes militantes del nacionalismo popular y democrático: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”. “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”, es la consigna que enarboló el grupo de jóvenes radicales compuesto por Jauretche, Manzi, Raúl Dellepiane, Juan Luis Alvarado, Jorge del Río, Juan Molás Terán, Gabriel del Mazo y Oscar Correa, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, quien no era afiliado radical. Con su sello, Forja publicó 13 memorables cuadernos para el estudio crítico del vasallaje extranjero y de la dependencia económica argentina.
Hasta que, próximo a cumplir 44 años, se topó con el 17 de octubre del 45 y disolvió Forja para sumarse al movimiento liderado por Juan Perón. Al año fue convocado para presidir el Banco Provincia de Buenos Aires, dejando su impronta al convertir la entidad mixta de capital privado en el principal banco público para fomentar la producción nacional.
Sin embargo, fiel a sus principios, don Arturo se animó a criticar al mismísimo Perón mucho antes que los combativos de los 70. “Los obsecuentes le van a hacer daño”, le dijo al general en 1950. Y también le señaló “lo contraproducente que resultaba una propaganda oficial machacona y personalista”. Pero esas advertencias cayeron en saco roto y la relación entre ambos se distanció cada vez más.
Con todo, tras el golpe del 16 de septiembre de 1955, no dudó en ponerse al frente de la Resistencia Peronista, iniciando una etapa enormemente creativa de su vida. Así vieron la luz, entre otros libros, Los profetas del odio, Política nacional y revisionismo histórico, Forja y la década infame, El medio pelo en la sociedad argentina (apuntes para una sociología nacional) , y Manual de zonceras argentinas.
“No se trata de cambiar de collar sino de dejar de ser perro”, “¿Libertad de prensa o libertad de empresa?”, “Regimiento de animémonos y vayan”, “Las señoras gordas”, “Tilingos y guarangos”, “Barajar y dar de nuevo”, fueron algunas de las innumerables frases y conceptos de don Arturo que quedaron incorporados en el ideario popular a partir de sus 16 libros, surgidos como producto de la militancia.
“Yo soy antigorila, pero soy antigorila de los dos lados, no creo que nuestra Patria se construya con revanchas, nuestra Patria se va a construir con unidad y con esperanza”, proclamó. Empecinado en esa unidad de “lo nacional”, sólo una vez se le escapó una frase en contra de Perón y fue entre íntimos: “¿Qué se puede esperar de quien pone de ministro a su lacayo?” (José López Rega). Era codirector de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) y había presenciado el 1º de mayo de 1974, el día en que Perón se despidió del balcón y de la vida detrás de un vidrio blindado. Presentía la catástrofe en el minuto posterior al triunfo de sus ideas y hasta había perdido su buen humor.
Cuentan que por esos días vio en un bar cómo un tipo insultaba y tiraba del pelo a un pibe porque le había manchado una media al lustrarle los zapatos. “¡Te voy a enseñar a respetar, hijo de una gran puta!”, gritó, y se le fue encima, pero erró el trompazo y se cayó aparatosamente sobre la mesa del café. “Se nota que estoy viejo, si ya no puedo pegarle a un malandra”, murmuró amargamente. Pocos días después, al regreso de un viaje a Bahía Blanca, un infarto hizo que su cuerpo se desplomara en el baño del departamento donde vivía en la ciudad de Buenos Aires. En otro de sus irónicos guiños, eligió morir un 25 de mayo, justo el día de la Patria.
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