Acabo de recibir dos pps por internet: uno de Domingo F. Sarmiento y otro de Arturo Illia.
El de Sarmiento cuenta que el primer censo que se realizó en el país se hizo por su iniciativa a los seis meses de asumir la presidencia. Había 1.800.000 habitantes y el 87 por ciento eran analfabetos. Lo pongo al revés: en 1869 en Argentina sólo sabían leer y escribir 200.000 personas. Él decide construir escuelas: durante su mandato se construyeron 1.117 escuelas. Una cada dos días, contando sábados y domingos. Miro su tradicional foto con su cara de enojado y voluntarioso pelado canoso y trato de entrar dentro de su cabeza, de sus pensamientos, de sus ideas, de su época. De su urgencia por construir un país, de sus temores y esperanzas. Salteo otras excepcionales realizaciones y casi profecías, para leer el final del mensaje que dice: cuando terminó su presidencia no tenía ni siquiera una casa propia.
Voy al otro pps., el de Illia que viene con un artículo de Martínez Leuco. Don Arturo, con ese corte de pelo a la que te criaste y esa expresión un poco ausente, con una mezcla de bondad y desamparo. El artículo relata un episodio que le contó uno de sus protagonistas, Jairo, el cantante, a cuya casa fue Illia en bicicleta y en piyama con un sobretodo encima para la urgencia a la que lo habían llamado. Y se me llenan los ojos de lágrimas cuando leo la terapéutica indicada para la hermanita de Jairo en estado de hipotermia aguda: que su padre la abrace sobre su pecho desnudo, los dos cubiertos con una frazada hasta que la niña recupere su temperatura normal. Lograda la recuperación de la chiquita, se sube a su bicicleta –me imagino la escena– pedalea hasta su casa, quizás se saca su sobretodo y, en piyama, se sienta a tomar un café o un mate antes de continuar la larga jornada que, de médico de pueblo lo llevaría hasta la Presidencia. Logrando en aquella época, dice el periodista, lo que hoy llamaríamos “cifras chinas” de producción, excepcionales para el país, en sólo tres años de gobierno. Luego, fue derrocado por un golpe que todos atribuyen a los emporios petroleros y a los laboratorios medicinales multinacionales. Con ayuda de esos incorregibles muchachos: el sindicalismo peronista, que así buscan la revancha de un peronismo proscripto en los comicios que ganó Illia.
Me traslado 20 años hacia adelante en el túnel del tiempo y veo a Raúl Alfonsín enfrentado a problemas de gobernabilidad tan semejantes, con los clarines golpistas todavía no aquietados y con los inéditos en la República, Nunca más y los juicios a las cúpulas militares.
Una diferencia con Illia: cuando ganó Alfonsín, el PJ no estaba proscripto. Pero los incorregibles muchachos le hacen un sinnúmero de paros y, en consonancia con los saqueos del final, abren paso triunfal a uno de los gobiernos peronistas más saqueadores de la historia, donde no los iban a defraudar y les prometían 600 mil puestos de trabajo. Diez años en el poder en aquel entonces. Van para otros diez años, ahora. El tango dice: “20 años no es nada”. ¿Será cierto? Sarmiento no tenía casa propia cuando terminó su mandato. Yrigoyen murió pobre y defenestrado por un golpe militar. Illia lo mismo. Alfonsín, al morir, tenía su departamento de siempre y donaba la mitad de su jubilación a su comuna de Chascomús.
Miro por la ventana de mi casa y veo un paseador de perros muy seguro de su tarea. Intento crear una imagen que no logro terminar de construir para alguna moraleja que tampoco encuentro para nosotros, los argentinos.
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