Por Susana Pozzi/Especial para El Ciudadano
La crisis ecológica obliga a revisar nuestros hábitos de consumo, pero no todos parten del mismo lugar. Cuidar la Casa común también implica preguntarnos cómo hacer una transición ambiental que no les pida sacrificios a quienes ya viven con lo indispensable.
Hay una noticia que me llamó especialmente la atención y que llega desde Italia. El diario La Repubblica publicó un artículo con un título fuerte: “Il Vaticano: ‘L’emergenza ecologica è un peccato e provoca molti morti’”. Es decir: “El Vaticano: ‘La emergencia ecológica es un pecado y provoca muchos muertos’”.
La noticia se refiere a un documento de la Comisión Teológica Internacional que incorpora la crisis ecológica a una reflexión que, hasta ahora, asociábamos fundamentalmente con la moral, la fe y la relación con Dios.
Hay una frase del documento que me parece extraordinariamente significativa: “Il nostro rapporto con la natura è dimensione costitutiva del nostro rapporto con il Dio creatore”. “Nuestra relación con la naturaleza es una dimensión constitutiva de nuestra relación con Dios creador”.
Y el documento habla también de revisar nuestros estilos de consumo, incluso de una reducción del consumo, especialmente en las sociedades más ricas.
Pero ahí aparece, para nosotros, una pregunta inevitable: ¿Quién tiene que consumir menos?
Porque no es lo mismo elegir vivir con mayor austeridad que no tener para comer. No es lo mismo decidir comprar menos ropa, usar menos el auto o reducir el consumo de carne, que una familia que deja de comprar carne porque no puede pagarla. No es lo mismo ayunar como una decisión espiritual que un niño que se va a dormir con hambre.
No podemos convertir la pobreza en una virtud ecológica.
Y creo que esta distinción es fundamental para hablar seriamente de ambiente y de justicia. Porque cuidar la Casa común no puede convertirse en pedirles sacrificios a quienes ya viven con lo indispensable.
Si queremos hablar de reducir el consumo, la pregunta debería dirigirse primero hacia quienes consumen mucho más de lo que necesitan y hacia los sistemas de producción que extraen, desperdician y contaminan a una escala que una familia común jamás podría alcanzar.
Pero hay algo más.
La transición ecológica también puede ser una oportunidad para generar trabajo, producir alimentos, mejorar viviendas, desarrollar energías más limpias, recuperar residuos y fortalecer el transporte público.
Es decir: cuidar el ambiente también puede significar construir una economía que incluya.
Entonces quizás no se trata simplemente de consumir menos.
Se trata de consumir de otra manera.
Menos de aquello que para algunos es superfluo. Y más de aquello que todavía les falta a muchos.
Porque si hablamos de la Casa común, también tenemos que preguntarnos quién tiene techo, quién tiene comida, quién tiene trabajo y quién puede imaginar un futuro.
La ecología sin justicia social queda incompleta.
Pero la justicia social también necesita una Casa común habitable.
Y tal vez ese sea, justamente, el desafío: que cuidar el planeta no signifique pedirles a los pobres que renuncien a lo que nunca tuvieron, sino construir una sociedad en la que nadie tenga que elegir entre comer y cuidar el ambiente.