Por Lic. Ariel Pugliessi *
En una era donde el conocimiento es abundante y la tecnología responde antes de que hagamos la pregunta, el gran desafío educativo ya no parece ser transmitir información —que se encuentra en exceso y en todos lados—, sino desarrollar el pensamiento crítico y acompañar procesos que refuercen el sentido humano del aprendizaje.
Hoy la educación atraviesa un punto de inflexión a causa de la irrupción de la inteligencia artificial (IA). La IA está transformando la forma de acceder al conocimiento y, con ello, desafía –nos guste o no– el rol tradicional del docente. Lo que antes parecía ciencia ficción —consultar cualquier tema desde un teléfono y obtener una respuesta inmediata— hoy forma parte de la vida cotidiana de estudiantes de todas las edades.
Desde RosarioEduca.org vengo explorando y difundiendo el impacto de la inteligencia artificial en los procesos educativos, y observando cómo su desarrollo nos obliga a repensar la enseñanza. En los últimos años también he estudiado y analizado sus beneficios y riesgos, lo que me llevó a una conclusión clara: es preferible adaptarse y aprovechar lo nuevo, dirigiendo el proceso conscientemente, antes que resistirse y dejar que todo se desmadre de forma anárquica.
Durante siglos, el conocimiento fue patrimonio de unos pocos. La imprenta lo democratizó, luego internet lo masificó sin fronteras, y ahora la IA lo volvió prácticamente inagotable en términos de consulta y velocidad. En este escenario, el conocimiento se ha convertido en una commodity que abunda en todas partes y, por ende, como todo lo que abunda, su valor puede devaluarse. La acumulación de información ya no parece ser lo importante: hay que agregarle valor, saber interpretarla, contextualizarla y saber utilizarla de manera crítica.
En este contexto, el docente enfrenta un desafío histórico: dejar de ser el custodio del saber para convertirse en guía y tutor del aprendizaje. Parece fácil cuando se dice, pero llevarlo a la práctica se complica. No todas las materias son iguales, y no todos los docentes están preparados, ni psicológica ni pedagógicamente, para soltar un rol y asumir otro. Si a esto se le suma la falta de motivación producto de los bajos salarios o de la ausencia de incentivos, el ideal se vuelve aún más difícil de alcanzar.
De algo sí se puede estar seguro: el modelo basado en la transmisión vertical y unilateral pierde cada vez más sentido frente a estudiantes que pueden llegar al aula con información previa, luego de haber explorado videos, plataformas educativas, múltiples fuentes y, ahora también, herramientas de IA generativa. Y ese sería, en todo caso, el mejor escenario posible, porque hablaría de curiosidad y motivación de fondo.
Pero hoy las aulas también están llenas de estudiantes apáticos, con dificultades crecientes para sostener la atención, inmersos en una lógica de consumo inmediato en la que todo lo que exige tiempo, pausa o esfuerzo les resulta lento y aburrido. En ese contexto, la transmisión tradicional de contenidos pierde aún más eficacia y necesita ser repensada.
Aunque hoy exista el temor de que el rol docente pierda relevancia frente a esta nueva realidad, e incluso circulen predicciones que anuncian un reemplazo total de su tarea en el futuro, a mi entender estamos ante una oportunidad para que suceda exactamente lo contrario: en este nuevo escenario, el docente puede volverse todavía más estratégico, más necesario y más indispensable.
La educación actual —y la del futuro cercano— necesita, y seguirá necesitando, profesionales capaces de acompañar procesos, orientar búsquedas, estimular el pensamiento crítico y desarrollar habilidades profundamente humanas e irremplazables, como la empatía, el criterio ético, la sensibilidad pedagógica, la capacidad de contención y la lectura del contexto.
Las potencialidades son enormes. Hace ya mucho tiempo que los educadores escuchamos y estudiamos teorías como las inteligencias múltiples de Howard Gardner y la pedagogía centrada en el estudiante de Carl Rogers. Ambas llevan décadas señalando la importancia de atender la diversidad y personalizar el aprendizaje. Hasta ahora, esa aspiración chocaba contra límites estructurales, físicos y de tiempo: la realidad del aula no lo permitía.
Sin embargo, hoy la tecnología empieza, por primera vez, a volverla viable. Google, por ejemplo, está experimentando con Learn Your Way (“aprendé a tu modo”), una herramienta que recibe el material estándar y ajusta sus contenidos y ejemplos a los intereses, necesidades y estilos de cada estudiante. Algo imposible en los contenidos tradicionales, pensados de manera estandarizada para todos.
En paralelo, referentes como Michael Fullan impulsan modelos de aprendizaje profundo, donde pensamiento crítico, creatividad, colaboración y metacognición son pilares esenciales.
La IA no debería desalentar ni atemorizar al docente, porque eso generaría una actitud de rechazo en lugar de una postura de adaptación y aprovechamiento. Por ejemplo, un profesor puede proponer que los estudiantes exploren un tema a través de diversas fuentes, contrasten perspectivas, consulten e investiguen con inteligencia artificial y luego lleven esos hallazgos al aula para debatirlos y construir conclusiones fundamentadas, con el docente en un rol de tutor y guía del proceso.
Ese simple ejercicio convierte a la escuela en un laboratorio de sentido, no en un depósito de datos. El conocimiento deja de ser un punto de llegada y pasa a ser un punto de partida para formar ciudadanía crítica y pensamiento complejo. En esta práctica, el docente, en lugar de desestimar los conocimientos que traen los estudiantes, también aprende de ellos y amplía, de ese modo, su propia base de conocimiento.
Negar el avance tecnológico nunca detuvo una transformación. La historia lo demuestra: escritura, imprenta, radio, televisión, internet. La inteligencia artificial continúa esa línea evolutiva. Las instituciones educativas que abracen el cambio —sin perder de vista principios éticos, pedagógicos y humanos— estarán a la altura de su tiempo.
Quienes lo ignoren correrán el riesgo de quedar al margen. La pregunta no es si la IA transformará la educación, sino quién conducirá esa transformación: ¿docentes que comprendan su nuevo rol o algoritmos que ocupen ese espacio?
Más allá de todas las ventajas, es importante señalar un riesgo real: la dependencia intelectual que puede surgir del uso de la tecnología. La IA amplifica las capacidades humanas y es tentador usarla para todo. Sin embargo, debemos trabajar para que no reemplace el juicio, la ética ni la capacidad de comprender. Educar debe seguir siendo una tarea profundamente humana. Por este motivo, para evitar la dependencia y asegurar un uso formativo, el docente debe subirse al cambio para liderar y orientar.
¿Qué lugar elegirán ocupar los docentes frente a esta revolución? ¿Serán espectadores o protagonistas? ¿Qué habilidades humanas marcarán la diferencia cuando el acceso a la información ya no sea el reto, sino la capacidad de comprenderla y darle sentido?
La educación del futuro ya está entre nosotros. Su éxito dependerá menos de las máquinas y más de la voluntad humana de guiar, acompañar y construir pensamiento en un tiempo donde el conocimiento abunda, pero la comprensión sigue y seguirá siendo un acto profundamente humano.
(*) Director RosarioEduca.org
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