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El Bombo del Tula: de Perón a Pillín como garante de una amistad hasta la muerte

El día en que Central festejó en casa el regreso a Primera el bombisto Carlos Pascual, el Tula, volvió después de mucho tiempo al Gigante de Arroyito. Un incidente con los barras terminó en disparatadas escenas que culminaron en un vínculo amistoso entre el célebre percusionista y Andrés Bracamonte

Por Daniel Schreiner

“La barra la manejamos nosotros!”. A los gritos Tito y el Rana increparon a ese hombre canoso y entrado en años que había llegado al Gigante de Arroyito a festejar el tan ansiado ascenso de Rosario Central, después de penar tres temporadas en el Nacional B.

El equipo de Miguel Russo había conseguido el ascenso cuatro semanas antes, con un triunfazo en Jujuy contra Gimnasia, y ese 15 de junio de 2013 el Canalla celebraba sin parar, incluso con la vuelta a su cancha de una figura emblemática, el mítico Carlos Pascual, el Tula, bombo mayor del peronismo y del Auriazul en la década del 70.

Desde el Mundial del 74 en Alemania, el Tula había paseado su bombo siguiendo a la Selección por todo el mundo, sin perderse alguna cita máxima del fútbol internacional, y su figura icónica ya formaba parte de la mitología no sólo de la Albiceleste, sino del peronismo que entonaba en las tribunas, por ejemplo la de Rosario Central, la marchita en épocas de la última dictadura.

Así que aquel día de junio, poco antes de que empezara el último partido del torneo en que Central derrotaría a Deportivo Merlo con gol de Toledo, el Tula llegó al estadio con su bombo y comenzó a saludar a los hinchas.

Julio Navarro, alias Tito o Cara de Goma, y Daniel Attardo, apodado Rana o Gordo, eran dos de los lugartenientes más cercanos al capo máximo de la barra centralista, Andrés “Pillín” Bracamonte, el hombre que se había quedado con ese lugar tras sangrientas disputas contra Juan Carlos Bustos, el Chapero, y sus hijos Los Chaperitos.

Tito y el Rana vieron la escena y celosos del protocolo de la pesada pasaron a la acción de inmediato. Tito, un hombre rudo exponente de la vieja guardia, y Rana, imponente por su altura y su peso, que no necesitaba mucho más que su figura para imponer respeto, se acercaron al Tula, le incautaron el bombo y le gritaron al atrevido que no se había anunciado: “La barra la manejamos nosotros!”.

Terminó el partido, la hinchada festejó a lo grande el regreso a Primera, pero Tula se fue a su casa compungido, no sin antes narrarle el episodio al dueño de un diario de Rosario, quien mandó a publicar un breve en las páginas deportivas del día siguiente.

 

Lo que siguió fue una semana de negociaciones, a cargo del abogado Carlos Varela, representante legal de ese empresario de medios y del capo de la barra, Bracamonte, con el angustiado bombista en el medio buscando recuperar lo que para él era una parte de su propio cuerpo. “Carlos (Pascual) es amigo mío”, le había dicho al letrado el empresario.

Era una especie de broma muy pesada que llegó a su fin tras la mediación, con Pillín -cuyos lugartenientes no estaban dispuestos a devolver tan fácil el bombo- y el desesperado Tula como interlocutor.

 

Mientras tanto, el bombo que le regaló en 1971 el propio Juan Domingo Perón al Tula durante su exilio en España descansaba en un sillón del estudio jurídico, a la espera del desenlace, adonde lo habían depositado Tito y el Rana, enviados por Bracamonte.

Pillín se divirtió algunos días con sus hombres, que sobreactuaban indignación, y con la desesperación del Tula, alguien que le generaba simpatía y curiosidad. Hasta que le dio el ok al abogado y el Tula pasó a buscar el mítico instrumento –que estaba intacto– por la oficina de Varela, en una esquina del barrio Pichincha.

Tula y Pillín siguieron en contacto, mandándose mensajes, incluso el año pasado, cuando en febrero el Tula recibió al premio The Best, de la FIFA, en representación de la hinchada argentina.

Ya en diciembre de 2023, el 22, cuando antes de Navidad Bracamonte consiguió la libertad en la causa por asociación ilícita, lavado de dinero y extorsión por la que lo habían imputado, el Tula le mandó a Pillín un video saludándolo por su liberación.

Pillín le envió una foto con su abogado agradeciéndole por el afectuoso saludo.

El Tula murió el 7 de febrero de 2024 a los 83 años en una clínica de la ciudad de Buenos Aires, tras una operación debido a un cáncer de pulmón. Pillín falleció en el hospital Centenario este 9 de noviembre tras ser baleado a tres cuadras del Gigante al terminar el partido Central-San Lorenzo.

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