"A Malvinas voy a volver con mi DNI, como a cualquier provincia argentina", repetía con la dignidad de quien no negocia el territorio.
Ruben Rada, ex combatiente de Malvinas
Rubén Rada, uno de los máximos referentes de los excombatientes de Malvinas de Santa Fe murió este sábado a los 63 añps. Con su partida, Rosario no solo pierde a un soldado que defendió la soberanía en las islas con apenas 19 años en el Regimiento de Infantería 4; pierde, fundamentalmente, a un militante de la vida que supo transformar el trauma de la guerra y el posterior olvido estatal en un motor de organización popular y solidaridad. Quizás haya podido ver el partido y la bandera desplegada por la selección argentina reivindicando su lucha y volviendo a poner en agenda una causa del pueblo: Las Malvinas son argentinas.
Rada, quien presidiera la Federación de Veteranos de la provincia, entendió rápido que la «remalvinización» no era una entelequia de museo ni un bronce repetido en los actos escolares. Para él, Malvinas era una causa viva que se defendía en el territorio, diferenciando siempre el valor de los pibes que pusieron el cuerpo de los dictadores que los mandaron al frente. Por eso, su postura ante el colonialismo británico fue inclaudicable: juró no volver a pisar las islas mientras le exigieran un pasaporte. «A Malvinas voy a volver con mi DNI, como a cualquier provincia argentina», repetía con la dignidad de quien no negocia el territorio.
Sin embargo, el legado más profundo de Rada quedó grabado en las calles rosarinas y en los sectores más postergados. En el año 2000, con el tejido social crujiendo antes del estallido de la crisis, Rada y sus compañeros del Centro de Excombatientes montaron una trinchera contra el hambre. Sacaron las viejas cocinas de campaña militares —aquellas diseñadas para la logística bélica— y las llenaron de guiso, fuego y abrigo para los que no tenían nada.
Ese reparto nocturno de comida para las personas en situación de calle se transformó en una institución de la ciudad y en una bandera que el propio Rada definía como una «terapia mutua». El diagnóstico de los veteranos era claro: frente a la desmalvinización y la falta de contención psicológica oficial que empujó a muchos camaradas al suicidio, la solidaridad salvó vidas. El compromiso con los sectores vulnerables funcionó como sanación.
Aquella experiencia colectiva se multiplicó en cada emergencia: las cocinas de campaña de los excombatientes se convirtieron en un faro de asistencia clave durante las inundaciones que azotaron a la provincia y, más acá en el tiempo, durante los momentos más crudos de la pandemia en las barriadas populares de Rosario.
Rada demostró que un soldado del pueblo nunca se desmoviliza. Cambió los fusiles por las ollas populares y le demostró a toda una sociedad que la mejor forma de honrar a los caídos era defender a los vivos. Su fallecimiento deja un vacío enorme en el movimiento social de la región, pero su nombre ya quedó inscripto en la historia grande de la solidaridad rosarina.
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