"Esa niña, la pequeña de la foto, ya sabe que las fieras no están debajo de su cama. No se ocultan en el ropero. No tienen garras espeluznantes ni una cola larga y puntiaguda", relata el reportero gráfico Juan José García
Por Juan José García
El papel tiene colores y trazos livianos, pero profundos. Se me ocurre pensar que encierra, sobre todo, un sueño. El verde, el rojo y el azul dibujan eso: el deseo de vivir en paz. Es un sueño que se teje en las noches de encierro, en la angustia de los mayores, en el burbujeo ronco e incómodo que provoca el miedo.
Esa niña, la pequeña de la foto, ya sabe que las fieras no están debajo de su cama. No se ocultan en el ropero. No tienen garras espeluznantes ni una cola larga y puntiaguda. No.
Los monstruos que la acechan –a ella, a sus padres, a sus primos, a sus amiguitos, al doctor que la ausculta con un caramelo en el dispensario y a la maestra que le enseña cuánto es dos más tres– caminan con poder impune por las calles del barrio. Y son capaces de todo, incluso de matar a niños que, como ella, viven entre muñecas y hadas, entre pelotas de fútbol y el anhelo de una gambeta imposible, como las que garabatea a diario un tal Lionel Messi.
Pequeños que todavía esperan, inocentes y anhelantes, la presencia de un superhéroe. De alguien capaz de poder contra todo lo que no está bien. Un buen día, más temprano que tarde, caerá en la ingrata certeza de que los hombres con puño de hierro, capaces de correr a la velocidad de la luz, de evitar un accidente entre dos automóviles o de rescatar a los gatos que se cuelgan de los árboles, no existen, no vinieron, no están. Pero ahora prefiere aferrarse a lo que ve, a lo que hay.
Por eso estira su mano y entrega un papel pequeño, que desborda de amor. Es una forma de agradecerle a ese hombre con uniforme verde y zapatos negros cosas sencillas, pero valiosas que volvieron con su sola presencia. Ahora hay silencio, hay luz, se esfumaron los gritos y las disputas. En los rincones del barrio se percibe alivio, una brisa refrescante y alegre. Ella siente que ahora, alguien más que sus padres, es capaz de protegerla. Entonces va, estira la mano y agradece.
Se me estruja el corazón cuando tropiezo con la imagen, con ese encuentro. Veo, en esa niña que regala su dibujo a un gendarme a modo de bienvenida, algo de mi hija recién nacida. Y el deseo que me envuelve es inevitable: espero que ese instante de paz se extienda para siempre. Como si fuera yo también un niño que todavía cree en los superhéroes. Hago fuerza y, aunque busco comportarme como un adulto, al verla a ella, al advertir su gesto que encierra felicidad y una esperanza rotunda, no puedo evitarlo… Y lagrimeo.
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