Miguel Passarini
Un escritor en su laberinto, que a la vez se bifurca en muchos otros laberintos donde su historia se cruza con otras historias hasta llegar a un mismo destino. Es ficción, pero el verosímil absoluto pone en dudas todo, al punto que ese realismo enrarecido, que va de lo externo a la complejidad mental y emocional del personaje, abre un abanico de preguntas donde el foco se desplaza de lo que se ve a lo que no se ve, aunque lo ausente también irrumpa en el imaginario del espectador que todo el tiempo ve a un actor en un escenario con unos pocos objetos, casi totalmente despojado.

No se trata sólo de un juego de palabras. Es la emoción y la complejidad de los detalles que aborda Darío Grandinetti, actor cuya presencia escénica es tan incuestionable como su talento, que a cinco décadas de su debut en Rosario regresó a la ciudad que lo vio nacer para estrenar el viernes último en el Teatro Municipal La Comedia su nuevo trabajo, El escritor de todas las cosas, con dramaturgia y dirección de otro enorme artista como es Javier Daulte, con quien viene trabajando desde hace tiempo.
La escena es simple. En realidad, todo es simple a la vez que se complejiza de una forma ingeniosa y desafiantemente teatral. Rolando, un escritor sin oropeles, sin pretensiones, irrumpe en el pasillo de un teatro que abre el juego a uno de los tantos laberintos que se suceden en la obra. A lo lejos, se hacen oír los ecos de una pieza teatral en plena acción, el único “éxito” que llegó a escribir hace tres décadas, que cada tanto se repone, y con lo que gana algo de plata. Ese devenir, le dispara una sucesión de relatos que evoca y trae a su memoria los despojos de una familia, esos vínculos que alguna vez fueron parte de su vida, aunque ya haya logrado «matar» a sus padres en un particularísimo sentido metafórico.
La pieza cuenta la vida de un hombre que hizo de la escritura su manera de estar en el mundo. Pero quizás no de una escritura erudita, sino todo lo contrario. Una escritura más mundana y desafiante. Y al mismo tiempo, hurga en el poder de las palabras, en sus destellos y omisiones, en los filos que cortan y dejan sangrando, en la ambigüedad que habita entre lo que se intenta decir y lo que se interpreta acerca de lo dicho, en un juego constante de sucesivos desdoblamientos en los que el actor juega entre la sutileza y una buscada obviedad, así como también indaga en el dolor, el arrepentimiento y la contradicción, elaborando una trama de preguntas sin respuestas que cada espectador se lleva como grandes interrogantes.
La percepción de un teatro que se interpela recuerda mucho a las lógicas de Pirandello (“…llegará el momento que el teatro no hablará de otra cosa más que de sí mismo”, solía decir el gran maestro). Esa épica metateatral, es decir un teatro dentro de otro que, por momentos, trae a escena como destellos a El hombre de la flor en la boca, del gran autor italiano, hacen que Rolando, un singular asesino que “mata” a través de las palabras, transite su viaje caminando sobre una delgada línea donde la emoción y el humor se disputan la partida sin llegar a ser un grotesco, una cuestión que desde el campo poético coloca al material en un lugar propio, bello y único.

Pero aquí el disparador es otro: hay algo que se rompe casi al mismo tiempo que, siendo un adolescente, descubre su pasión por la escritura. Es algo que se aleja, que pone distancia de los vínculos, desafiando al actor a la emoción de un primer amor no correspondido, una familia que se diluye, se rompe frente a una confesión que es ficción pero demasiado cercana a la realidad, y hasta un amor que por opuesto resulta atractivo pero incomprensible y que pone sobre la mesa el vínculo entre lo simple y lo complejo; la contradicción de cara a la aceptación de lo tibio, de las cosas con los bordes curvos, de cierta compasión y conformismo.
Es en todos esos detalles donde Grandinetti encuentra una multiplicidad de formas, pequeños recursos que lo hacen enorme, para abordar una actuación que en sí misma es una master class. Se ve simple pero es muy compleja, y pasa lo mismo con el texto, que va y viene en el tiempo para encaminarse hacia un final extremadamente poético y emocionante, un final que resignifica cada detalle del viaje, del relato que ese hombre comparte con el público y el verdadero sentido que tienen cada uno de los pocos objetos que lo rodean.

En el material habitan también otras lógicas que van de la necesidad de explicar por qué, cada vez que alguien hace lo que desea, enfrenta la presión de la mirada ajena que le teme a lo que no encaja dentro de las métricas habituales. Queda claro que el deseo no necesita pedir permiso ni justificarse bajo una lógica cartesiana para ser legítimo, pero calificar algo de “anormal” o de “absurdo” suele ser el recurso de un entorno que necesita etiquetar aquello que rompe con la inercia de lo previsible.
Tanto es así, que Rolando, ese pequeño derrotado, ese “hermoso perdedor”, intenta traducir cada impulso en un argumento racional para tranquilizar a los demás y tranquilizarse a sí mismo, lo que supone tener que pagar un precio demasiado alto, incluso desde la más absoluta soledad, dejando en el aire la gran pregunta acerca del sentido del tiempo y su “uso racional”; como diría Borges, “el tiempo, esa materia de la que estamos hechos”. Y acaso, aunque suene banal, entendiendo que el presente es siempre ese mañana al que tanto se le teme.
Por este motivo, por la universalidad de la temática y el puñado de piezas que una a una empiezan a encajar de manera aguda y creativa, añorando lo accesible y cercano de un mundo que alguna vez fue analógico, El escritor de todas las cosas es una obra con destino de clásico, tanto desde sus preguntas como desde algunas de sus respuestas. Es de esas piezas de repertorio que no necesitan demasiado para montarse, que se llevan en poco más que una valija, y con la que Darío Grandinetti emprendió en su patria de la infancia un viaje cuyo destino final no se avizora en ningún horizonte.
Para agendar

El escritor de todas las cosas, que el viernes último inició en Rosario una gira nacional con entradas agotadas, volverá a presentarse en el Teatro Municipal La Comedia (Mitre y Ricardone) el sábado 22 de agosto, a las 21. Con la interpretación de Darío Grandinetti, el diseño espacial y lumínico es de Javier Daulte y Juan Zorraquín, también asistente de dirección y stage. La pieza cuenta con vestuario de Laia Grandinetti, colaboración en dramaturgia de Leandro Arecco, bajo la dirección general de Javier Daulte, con producción de Ricardo y Fermín Alongi. Las entradas para la nueva función local se pueden adquirir en la boletería de la sala en horarios habituales o bien de forma online ACÁ.