Cultura

«El expreso imaginario», a 50 años de la aparición de la revista que fue un oasis en el desierto implantado por la dictadura del 76

La publicación, que duró el mismo tiempo que el terrorismo de Estado, se erigió como un faro contracultural desde donde iluminar expresiones artísticas, medioambientales y hasta de pueblos originarios, hablando con eufemismos y tratando de que los lectores asociaran las notas con un mundo diferente que era posible. El factótum fue Jorge Pistochi, junto a un un staff donde algunos luego célebres periodistas hicieron sus primeras pruebas de fuego

Lo que tiene de más extraño El expreso imaginario, aquella revista que supo ser una ventana abierta para respirar un poco ante el clima asfixiante de los años de la última dictadura cívico-militar, es que justamente duró lo mismo que ese tormento cernido sobre la sociedad argentina, al menos sobre una parte importante de ella; es decir, su primer número vio la luz  en agosto de 1976 y el ocaso sucedería en enero de 1983, a poco de haber asumido Alfonsín, el primer presidente de la recuperada democracia.

El expreso…nació como una revista de rock, en línea con su antecesora Mordisco, que Jorge Pistochi había lanzado en 1974, pero que no solo anclaba en el género poniendo en escena lo que pasaba con bandas y solistas, sino que se erigía también como faro contracultural incorporando cuestiones ecológicas y abría el abanico sobre distintas expresiones artísticas con una aspiración bien abarcadora que incluía el cine, la fotografía, la literatura, la historieta, la danza y el teatro e, incluso, como recordarán los que fueron sus lectores, suculentos dossiers sobre pueblos originarios, algo impensado, en primer lugar porque el tema no estaba instalado aún y segundo porque era el contexto menos indicado para hacerlo.

Pistochi era quien la dirigía junto a un staff integrado por el periodista y poeta Pipo Lernoud, el editor Alberto Ohanian, Horacio Fontova, Claudio Kleinman, Alfredo Rosso, Fernando Basabru, José Luis D’amato, Uberto Sagramoso, Roberto Pettinato, entre otros tal vez menos ilustres que los citados, pero necesarios a la hora de sostener ese proyecto que funcionó como un oasis en medio de tanta sed de existencia real.

En ese sentido, hace muy poco, en una nota de la revista Rolling Stone que refiere los 50 años del primer número en la calle de El expreso imaginario, el hoy experimentado periodista musical Alfredo Rosso señalaba: “Cualquier expresión cultural entre 1976 y 1983 era también una expresión de resistencia. Hacer poesía, literatura, teatro, cine o música era una forma de oponerse a esa cerrazón que quería imponerse por la fuerza, a ese modelo castrense de la vida cotidiana. Lo resistíamos como podíamos: hablando con eufemismos y tratando de que la gente asociara las notas que escribíamos con un mundo diferente que existía y que era posible…”.

Algunos de los periodistas del staff del expreso

Pistochi, el bicho extraño

Jorge Pistocchi era en realidad un bicho extraño para un momento de argentinos “derechos y humanos”, como pregonaba su pus ordenadora el dispositivo criminal instalado por el poder real y el Pentágono norteamericano para aquietar las fiebres levantiscas y socialistas de una América del sur que intentaba oponerse a los nuevos coloniajes. Predicaba una suerte de anarquismo atravesado por fuentes filosóficas que parecían surgidas de Nietzsche o Kierkegard, disimulado entre las frases de las editoriales que firmaba.

Y esa posición, o ese modo de estar en la vida, habilitaba un clima donde se podía seguir haciendo algunas cosas desde el periodismo y que no pocos lectores agradecían yendo a buscar ávidamente sus números, algo que podía llevar varios días seguidos, puesto que su aparición mensual a veces se alargaba más de la cuenta. Es que no había muchas más revistas de circulación pública; los esbirros de cualquier escritorio burocrático intervenido por un milico habían arrasado con cuanta publicación luciera en su tapa un tipo melenudo con una guitarra y en su delirio creían adivinar entre sus páginas algún tipo de mensaje encriptado que llamaba a integrar alguna organización armada opositora.

Muchos músicos y artistas nacionales también acompañaron la publicación –que sostenía un singular diseño y una imaginativa composición visual–, al encontrarse allí con pares con quienes podían hablar de las canciones que componían, el disco que pensaban grabar, el libro o los poemas que estaban escribiendo o, esto sí de modo más que subrepticio, de la censura que imperaba. De todos modos, es sabido que una buena cantidad de notas quedaban sin publicar o aguardaban algún momento más propicio porque además se discutía sobre la conveniencia de que determinadas declaraciones aparecieran tal como habían sido dichas.

Y en esto había mucho mérito de Pistochi, que bregaba por la continuidad de la publicación y hacía que los periodistas que trabajaban sintieran que se trataba de un objeto contracultural que había que sostener a como diera lugar en una ciudad y un país sitiados. No había en El expreso… la típica bajada de línea confrontativa, todo apuntaba a decir algunas cosas de la manera más sutil posible sin descuidar por ello la vehemencia con la que se afirmaban algunas cuestiones  y porque siempre era mejor agitar algún pensamiento o idea que morderse la lengua.

Jorge Pistochi en la época de «El expreso…»

Hacer circular la palabra

Y entonces los Manal, Santaolalla luego de su desaparecido Arco Iris, el mismísimo Charly García o el resistente León Gieco decían algunas cosas que leídas a 50 años de aquellos números aparecen como miradas nada complacientes sobre lo que ocurría, disimuladas entre proyectos u opiniones sobre géneros y movidas musicales, del mismo modo que una reseña sobre la película Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975) permitía decir algo sobre una sociedad controlada  y enferma. Y el espectro amplio de los materiales ofrecidos, su heterogeneidad, permitía que se ejerciera una mirada sobre la realidad con su bagaje de resistencia y ánimo de persistir en el intento, todo a partir de un uso autoimpuesto de metáforas, metonimias y algún que otro eufemismo.

Y es muy probable que una vez que hubo más de una docena de números en la calle, El expreso… haya dejado de ser objeto de revisión de la paranoia dictatorial, sobre todo porque no había nada de dónde agarrarse para cerrarla y porque el lenguaje empleado en las notas no estaba “al alcance” de los maníacos custodios del “bien pensar” y entonces resultaba “inofensiva”, y ayudaba en esto el preconcepto que se tenía de cierta cultura hippie que –a diferencia de la norteamericana que denunciaba las matanzas en Vietnam– en Argentina solo  eran “drogadictos sin poder de fuego”, como dijera alguna vez el general Albano Harguindeguy, ministro de Interior de la dictadura, procesado por crímenes de lesa humanidad y fallecido sin tener condena alguna.

De ese modo, El expreso… pudo construir sendas para la circulación de información vinculada a las expresiones artísticas y culturales que encontraban en sus lectores –pero también en sus productores– un ámbito inédito para manifestarse que, debe reconocerse, tuvo una atendible efectividad aunque no señalara directamente ninguna de las calamidades que reinaban en el país. El objetivo, como se diría después, era la de hacer un periodismo que hiciese circular la palabra y diera cuenta de las expresiones –en el teatro, el cine, la música, la plástica y la poesía– alternativas.

Aguante y construcción de sentido

El material publicado era diverso; había notas sobre el punk, de su surgimiento en Gran Bretaña y su explosión en Estados Unidos; notas a Spinetta y a Charly García y Sui Generis; primeras entrevistas a los incipientes Redondos; a Piazzolla en el momento más alto de su trayectoria; notas sobre discos recién salidos de Pink Floyd y Genesis; poesía selecta de Henri Michaux, Walt Witman y poesía ¡indígena!; una guía para habitar el planeta tierra sin dañarlo; los mundos plásticos de Xul Solar y el cine irreverente e inclasificable de Godard y el innovador y cautivante de Win Wenders; y Bob Dylan Peter Gabriel, sí, pero también Atahualpa Yupanqui, los Fattoruso de Opa, Egberto Gismonti y Hermeto Pascoal, todo un sustrato periodístico con peso específico propio que hizo converger expectativas de “aguante” entre lectores y redactores ante la pérdida sistemática de libertades y compartir sensibilidades a partir de cauces musicales, literarios y plásticos.

Y donde también tallaba fuerte la cuestión del contacto con la Tierra, así en mayúsculas, con la vida en comunidad y el enlace con otras culturas y el cuidado del medio ambiente, en un gesto humanístico apreciable en un mundo que se sentía como un lugar insoportable, y entonces hablar de todo esto despertaba empatía entre lectores desanimados que padecían soledad y restricciones.

Por eso El expreso imaginario hizo funcionar un conjunto de sociabilidades entre los que la hacían y los que la consumían; fue una suerte de construcción de sentido, tal vez involuntario, pero de seguro hubo una fuerte disponibilidad para causar un efecto y al mismo tiempo una forma de amparar ante la desolación de la época. Una aventura cultural y periodística que puede verse como encomiable y ahora, 50 años después, también como necesaria. No fue poco.

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