Miguel Passarini
A más de dos décadas de su irrupción en la agenda nacional, cómodamente instalado y por motivos diversos, el mejor en su tipo, el Festival de Teatro de Rafaela (FTR) cerró este sábado 18 de julio su edición 2026, de principio a fin, teñida por el clima mundialista con la Selección Argentina en la final con España que se jugó este domingo.
Tomando, como cada año, una idea o concepto que dispare sentido tanto en la previa como en los días del encuentro por el que, de miércoles a sábado, pasaron 18 propuestas con más de 30 funciones en Rafaela y 3 funciones en la histórica subsede de Suardi, esta vez fue “El ritual de la ciudad”, que abrió el juego a una serie de otros rituales que edifican esa idea y que van desde la calidad de las obras a las inquietudes del público, pasando por los aplausos, las grandes emociones, los encendidos debates y hasta las entradas agotadas con anticipación para la gran mayoría de las funciones.

También, las ya clásicas Rondas de Devoluciones de cada mañana y una idea de cercanía que, en tiempos de odio, individualismos y desfinanciamientos a la cultura, ratifica el poder del FTR como espacio de resistencia, hoy sostenido sólo por el municipio local y el Ministerio de Cultura de la provincia de Santa Fe, además de algunos aportes privados, pero con la ausencia del que oportunamente fuera uno de sus grandes motores: el Instituto Nacional del Teatro, desfinanciado por decisión del gobierno nacional.
Con una edición reducida en cantidad de obras y funciones aunque sin resignar su habitual calidad, desde las obras de apertura y cierre, Ta Chapita, último trabajo del grupo Urraka que dirige Emmanuel Calderón, y Medida por medida (la culpa es tuya), con adaptación, traducción y dirección general de Gabriel Chamé Buendía a partir del clásico de Shakespeare (que se presenta en La Comedia de Rosario sábado 15 y domingo 16 de agosto), respectivamente, ambas pensadas para el gran público, el “ritual” de Rafaela 2026 estuvo teñido de una idea de resistencia, incluso de parte del público, que en estos años tomó conciencia que el encuentro, el mejor organizado del país de la mano de un equipo no tan numeroso como sí notable y eficiente, les pertenece por encima de cualquier decisión política respecto de su continuidad.
Es así que esa diversidad de público y sus rituales fueron desde aquellos que disfrutaron con toda la familia, porque transcurre en pleno receso invernal, pasando por las propuestas gratuitas de calle, las experiencias de los Laboratorios de Creación Escénica, un valioso semillero de teatristas para la propia comunidad; hasta las obras de sala y en horarios mayoritariamente nocturnos, con propuestas para el público adulto y, como siempre, de gran variedad en cuanto a lenguajes y estéticas.
Poéticas de las ausencias

Si se intenta un recorte temático de las obras programadas, las ausencias, lo que no está, aparece en un primer plano a través de relatos o historias atravesadas por duelos, dolores, tragedias, más o menos clásicas o más o menos contemporáneas, en otra de las grandes paradojas a las que abisma el teatro, donde la irrupción del clima trágico de época se vuelve inevitable.
El Laboratorio de Creación Escénica destinado a jóvenes, Nosotras Ofelia, que este año contó con el trabajo de los talentosos creadores cordobeses Guillermo Baldo y Ricardo Ryser, con asistencia de Valentina Oregioni, partió de Ofelia, el malogrado personaje de Hamlet, de Shakespeare, para replicarlo en una multiplicidad de voces/alter egos, como excusa para hablar de la muerte y su inmanencia, una instancia que es transversal a la tragedia.
También de Córdoba, el inquietante y conmovedor Voy con mis amigxs a Saturno, de Santiago San Paulo, es una pieza estructurada a partir de la ficcionalización de un hecho real de gatillo fácil acontecido en esa ciudad, que toma elementos del teatro documental pero, al mismo tiempo, los difumina o metaforiza.

Ante la presencia de un teatro tan poético como político, a partir de la historia de Valentino Blas Correas, joven asesinado por el gatillo fácil de la policía de Córdoba, la obra abreva en un encuentro imaginario de ese joven, su madre y el policía que lo asesinó, en un tono donde se fusionan lo místico y el dolor propio de la ausencia con la poderosa fragilidad del teatro.
En el Laboratorio de Creación Escénica Hacemos santitos, el mundo del dramaturgo y director de cine y teatro Santiago Loza, con asistencia de Luisina Valenti, se desplegó en la producción de una serie de textos asociados a personajes surgidos de lo que llamaron “exploraciones biográficas” de referentes reales o imaginarios (incluso animales) para delinear mitos paganos, donde la oscuridad y la muerte también ocuparon su lugar de peso, presentados como pequeños “artefactos” o fragmentos dramatúrgicos que dialogan con otros en una pertinente performance de lectura colectiva que finalizó arrojando sal al fuego como símbolo de protección y transmutación. Y acaso, también, con la expectativa de que al menos algunos de esos textos lleguen a ser obras en futuras ediciones del FTR.
Coyote, háblame de lo que viste, también de Córdoba, es un material que actúa o reformula una especie de caja de resonancia escénica, muy en diálogo con el cine, del universo de David Lynch, para quien la muerte no es un final definitivo, sino mejor una transición, una especie de constante sueño del que cuesta despertarse, tal como pasa en la obra, donde como ecos aparecen sus inefables Twin Peaks o Blue Velvet y hasta quizás la protagonista pueda ser vista como la mismísima Laura Palmer. Se trata de una inclasificable propuesta de danza-teatro sumida en una estudiada dramaturgia lumínica y sonora de Cristian Setien y Sofia Vitiello, quien también, junto a otros, asume el protagonismo en escena.

Con su contundente versión de La casa de Bernarda Alba, donde la muerte late a la par de la incomprensión, el talentoso creador rafaelino Marcelo Allasino, quien dirigió artísticamente este encuentro en sus primeras diez ediciones y a partir de allí y hasta el presente está en manos de Gustavo Mondino, deja en claro una vez más que no importan las veces que ese clásico rural de Lorca haya sido representado si se tiene como objetivo traer su voz hasta el presente, donde el fascismo y la incomprensión de sus hijas a manos de Bernarda se vuelve una poderosa metáfora de la avanzada de la derecha en el país y en el mundo. En la recuperada sala La Fenice de la Sociedad Italiana de Rafaela, uno de los primeros escenarios que tuvo el FTR, Allasino desnuda el escenario y lo utiliza no sólo como espacio escénico sino también como espacio del público al que “invita” a convivir en el encierro de esta pieza escrita en 1936, poco antes de que Federico García Lorca fuera asesinado por el atroz franquismo.
En la propuesta rosarina La rota madre que te parió, uno de los trabajos más elogiados de la presente edición donde también la muerte es una de sus pulsiones, Gustavo Guirado dirige a un trío notable, integrado por las actrices Claudia Schujman, Natalia Álvarez Dean y Anahí González Gras, en una propuesta en la que el teatro revisa las contradicciones de la maternidad y también se revisa a sí mismo y a todo el recorrido del propio creador.
Allí, los despojos de una madre que regresa a la olvidada casa familiar, los despojos de sus hijas que se quedaron solas, los despojos de una familia que se vuelven un eco de los despojos de un país y de un mundo que se extinguen, se exhiben sin remilgos, sin corrección política, con desparpajo, con insolencia, con ese saludable vigor que supone el buen teatro cuando se desatan la provocación y el riesgo, en principio, sin medir las consecuencias, con la clara conciencia de que es lo único y lo más poderoso que le queda a las escénicas.

La premiada obra porteña Lo que se pierde se tiene para siempre, bella y poética aventura narrativa surgida a partir de un cuidadoso trabajo de dramaturgia contando como punto de partida con una serie de cuentos de Alejandra Kamiya, autoría de Javier Berdichesky y Andrés Gallina, bajo la impecable dirección de la también cineasta Anahí Berneri, muestra a una madre en su laberinto de la memoria tras la muerte de su hijo, donde la desolación que provoca esa pérdida empieza a ser el cimiento de algo inédito que está por venir, de cara al proceso que relata una hija que intenta unir las partes en las que se ha dividido su vida de forma inevitable.
La propuesta, con un dispositivo escenográfico diseñado por Lü Carnicero, tan simple y elocuente como deslumbrante, cuenta con las notables actuaciones de Enrique Amido, Marita Ballesteros, Sofía Gala Castiglione y Camila Marino.
En Luciérnagas (sueño bastardo), de Horacio Nin Uría, también de Caba, se pone atención, con humor e ironía, en el desolado territorio de hambre y muerte de la Buenos Aires del siglo XVIII, donde un Virrey excéntrico, una especie de David Bowie con un imaginado glam del 1700 en el corazón del Río de la Plata, crea un albergue para niños expósitos que en su mayoría son producto de relaciones extramatrimoniales. Y en esa intención de instalar el “progreso” que no termina en otra cosa que en un plan fallido (vaya paradoja en el presente), marca un hito fundacional en la mitología de estas tierras como es la creación de La Ranchería, el primer teatro de Buenos Aires fundado en 1793. Al notable trabajo de arte (escenografía, vestuario, objetos, diseño lumínico) se suman las potentes actuaciones de Mariano Agustin Botindari, Andrés Ciavaglia, Lautaro Delgado Tymruk, Vanesa Maja, Alejandro Segovia y Carolina Tejeda.

Ya en la última jornada, la muerte y las ausencias siguieron rondando como los fantasmas en las tragedias, más allá del Shakespeare versionado, Medida por medida (la culpa es tuya), virado de la tragedia a la comedia.
En principio, con la chejoviana Chayka, una polifónica y estallada versión de La Gaviota (chayka es una palabra de origen eslavo que significa precisamente gaviota), con las notables actuaciones de Juan Cottet, Miranda Di Lorenzo, Patricio Penna y Violeta Postolski. Con autoría de Valentino Grizutti al frente de la Compañía Labrusca, también de Caba, este joven equipo es una sorpresa en el panorama teatral porteño contemporáneo, con esta singularísima comedia dramática donde unos actores (teatro dentro del teatro y nuevamente dentro del teatro), la noche anterior al estreno de una versión de La Gaviota, sueñan el mismo sueño que soñaron en una helada noche en San Petersburgo, aquellos actores que protagonizaron su siempre recordada primera representación en el Teatro Alexandriski en 1896, que fue un gran fracaso, más que sueño, pesadilla, donde la ausencia de empatía por parte del público hizo que la actriz protagónica enmudeciera y el autor jurara no volver a escribir nunca más en su vida. Música, mística, ensueño, realidad, ficción y epifanías varias llevan al espectador hasta el mismísimo universo de Chéjov.

También el último día se presentó Ruin, la decadencia de la belleza, del pampeano Agustín Soler, quien además llevó adelante el Laboratorio de Teatro con la comedia absurda Yo soy Buris. Propuesta de clown de impronta dramática, el creador, de la mano de las notables Carmen Tagle, Jesica Elois y Lucía Brasa, pone en marcha el oxidado mecanismo de un circo en ruinas donde apremia en su arena una especie de encierro y un afuera se vislumbra como posible vía de escape (y siguen las metáforas acerca del presente).
En sepias a la hora de pensar el arte del material y con una connotación nostálgica y poética, la agonía es un signo como también lo es la posibilidad de cambio, donde lo tragicómico de ese adentro fallido, donde la luz no abunda o se resiste, se contradice con un afuera posible y (enhorabuena) esperanzador.
