Skay Beilison y los fakires hicieron estallar La2Arena el sábado pasado
Créditos: Fede Tartufoli
Por Guillermo Bigiolli
Por
Isn’t it strange meeting you here
Two old friends
Just sitting down quietly drinking a beer
(The Kinks)
Un sábado de abril, año 2003. Hacía un par de años que los Redondos declaraban su separación definitiva. Sin dar muchas vueltas, el corazón de Patricio Rey sorprendió al público ricotero con la publicación de “A través del mar de los Sargazos”. Un disco redondo: rock n roll pesado, lleno de canciones hímnicas cantadas con la particular voz podrida del Flaco. Ese sábado de abril, Skay Beilinson se presentaba con su banda solista por primera vez en la ciudad de Rosario. Fue en el Anfiteatro Parque Urquiza Rosario (así lo anunciaba la entrada). Pero la sorpresa de aquella nochecita en el anfiteatro rosarino fue que se congregaron cerca de mil personas para presenciar lo que iba a ser un concierto histórico. La gran masa del pueblo ricotero no parecía encolumnarse con Skay. Otro fenómeno iba a tener lugar. Otro plan había trazado el Comandante Beilinson: un foco guerrillero con música de rock n roll, líricas de combate físico y espiritual. Parias, golems, dragones, jinetes, máquinas y diversas entidades iban a llenar de vida a ese universo nihilista que el flaco Skay ensancharía durante décadas.
Un sábado de julio, año 2026. El frío era condición, el desconsuelo era procesado. Los puestos de remeras, instalados a un costado de la sala de conciertos, estaban desde temprano intentando ganarse el mango. A las 20.30: el público, dividido: algunos adentro se resguardaban de las bajas temperaturas, el resto seguía sosteniendo la previa en la intemperie. Iba a ser un recital diferente, se sentía y se deseaba. La fecha programada para el 6 de junio había sido suspendida por el duelo de la muerte del Indio. La tristeza de la pérdida y la necesidad del reencuentro ritual movieron voluntades hasta agotar todas las localidades de La Segunda Arena. Pasadas las 22, el flaco Skay apareció en escena con la SG colgada y se ubicó en su puesto de combate. Pañuelo al cuello y una gorra militar con la estrella roja bordada en la frente. Dicen los fieles peregrinos que es el corazón de Patricio Rey, pero la noche del sábado Skay fue el comandante de sus milicias. Las milicias del flaco Skay van en camino a convertirse en un ejército popular. Popular y de liberación. Aunque sea una liberación que dure lo que dura un concierto.
Skay tomó la palabra para saludar y abatir a la última modorra que quedaba en pie. “Sonaron doce campanas a la media noche…”, anunció cantando en una sola frase y
sin pausa hizo sonar los rasguidos de “Paria”. El flaco encuadró su show. Para comenzar, un repaso con temas de sus primeros discos. Sonaron “Soldadito de plomo”, “Aves migratorias”, “Late” y “Tal vez mañana”, en donde se escucharon los primeros oooh oooh del público. Esos oooh ooh que acompañan las melodías que Skay dispara desde su guitarra. Si algo le sale fácil a Skay Beilinson es crear melodías coreables con oooh oooh. Y el público se lo agradece porque a eso fue también: a cantar sus ooooh oooh.
Entonces llegó el momento esperado. Sin histrionismo, Skay saludó al amigo caído y le dedicó una emocionante versión de “Todo un palo” (donde comprobé que tengo el solo
de Sergio Dawi tatuado en la memoria. Sergio no estaba ahí pero estaba). Luego sonó “Criminal mambo” para recordarles a los presentes que El Flaco es un guitarrista de un
talento sin igual, con solos demenciales. Hubo una anunciada pausa de hidratación que el público aprovechó para poder peregrinar hacia los flamantes toilettes de la renovada
sala de conciertos. El show continuó con un recorrido de temas clásicos extraídos de cada uno de sus discos solistas. Nota aparte para “Yo soy la máquina”, riffs brutales para darle voz al algoritmo que día a día nos tritura la cabeza. Puro y duro siglo XXI.
Es sabido que el público de Skay Beilinson está moldeado por un cruce de generaciones. Sexagenarios que han visto a los redondos en los 80s, cuarentones que llenaban estadios en los 90s y les hijes del divorcio Beilinson/Solari; pero sucede que cuando suena “JiJiJi” esas diferencias cronológicas se disuelven. Y se sabe bien en donde se arremolinan: en el pogo. Skay toca esa canción y hace que bombee el corazón de Patricio Rey. Y la noche del sábado redobló la apuesta versionando “El pibe de los astilleros” y “Nuestro amo juega al esclavo” para el goce de las almas presentes que necesitaban transitar un duelo redondo y de ricota. Skay con su gran sonrisa y su chingui chingui derrotó a la tristeza. Lo hizo otra vez. Al fin de cuentas en este hermoso negocio del rock n roll, el público paga y busca; el artista cobra y se entrega.
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