Por Susana Pozzi / Especial para El Ciudadano
Hay mapas que sirven para ubicarnos. Y hay otros que deberían servir para preguntarnos dónde estamos.
Esta semana apareció uno de esos mapas. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA comparó los censos de 2010 y 2022 y estimó que la probabilidad de que un hogar atravesara una situación de inseguridad alimentaria severa pasó del 7,94% al 9,49%.
Dicho de otra manera: más de 550.000 hogares argentinos se sumaron a esa situación.
Pero hay algo todavía más inquietante: el hambre no se distribuye de manera uniforme. El hambre también tiene código postal.
Hay provincias y departamentos donde el riesgo de padecer inseguridad alimentaria es varias veces mayor que en otros. Y Santa Fe aparece entre las provincias donde este indicador empeoró entre 2010 y 2022.
Pero podemos acercar todavía más el mapa. Traerlo hasta acá.
Un relevamiento de la campaña Santa Fe Sin Hambre, realizado durante julio y agosto de este año por la organización Fuerza Común, incluyó 426 encuestas en 31 comedores y copas de leche de 26 barrios de la ciudad de Santa Fe. El estudio encontró que la mitad de las familias relevadas atraviesa una situación de inseguridad alimentaria severa y pasa habitualmente un día entero sin comer.
La situación alcanza al 60% de los adultos y al 40% de los menores de esos hogares.
Y hay un dato que debería hacernos detener: la mitad de esas familias dijo que, si los comedores dejaran de funcionar, no tendría garantizada ni siquiera una comida diaria.
Entonces el mapa deja de ser una estadística. Tiene barrios. Tiene casas. Tiene chicos. Tiene rostros.
Y tiene una pregunta.
Porque esta es la Argentina del litio, del petróleo y del cobre. La Argentina de la soja, del trigo, del maíz y de la carne. La Argentina de Vaca Muerta, de los grandes proyectos mineros y de las inversiones extranjeras que llegan atraídas por nuestros recursos.
Una Argentina que apuesta a producir más, exportar más y atraer capitales.
Pero si tenemos todo eso, si producimos todo eso, si exportamos todo eso, si el mundo está dispuesto a invertir en todo eso… ¿cómo puede ser que haya argentinos que no tengan garantizada una comida diaria?
¿Qué está fallando en el camino entre la riqueza que producimos y la vida de quienes vivimos en este país?
Podemos hablar de exportaciones, de inversiones, de reservas, de crecimiento. Pero hay otra medida del desarrollo, mucho menos sofisticada: ¿cuántas vidas consigue sostener esa economía?
Y acá aparece otro mapa: el de la edad.
Cuando hablamos de inseguridad alimentaria solemos imaginar una familia con chicos. Pero también hay hambre entre quienes ya dieron toda su vida laboral.
Hay jubilados y pensionados que cobran la mínima y deben elegir entre comprar comida, medicamentos, pagar el alquiler, la luz o el transporte. ¿Qué puede dejar de pagar una persona mayor cuando los ingresos no alcanzan para cubrir lo básico?
El hambre tiene código postal. Pero también tiene edad. Y tiene rostro.
Y entonces aparece una expresión que suena irónica: Golden Pass. El pase dorado.
Porque parece que hay una Argentina que tiene derecho a pasar primero. La de las grandes inversiones, los proyectos millonarios y los recursos estratégicos.
Y hay otra Argentina que espera en otra fila: la del jubilado que mira los precios; la de la madre que calcula qué puede poner sobre la mesa; la del trabajador que llega al supermercado y devuelve algo de lo que había puesto en el carrito.
¿Quién tiene el Golden Pass de esta economía?
Porque una economía puede ser muy atractiva para los inversores y, al mismo tiempo, muy difícil de habitar para quienes viven en ella.
Podemos convertirnos en grandes exportadores. Podemos atraer capitales. Podemos multiplicar las inversiones.
Pero hay una pregunta que no deberíamos dejar para después: ¿qué lugar ocupa la vida de los argentinos en ese proyecto de país?
Quizás el verdadero desarrollo no se mida solamente por los dólares que entran, las toneladas que exportamos o los millones que se invierten. Quizás también haya que medirlo por algo mucho más elemental: por cuántas personas pueden comer, vivir y envejecer dignamente.
Hay mapas que muestran dónde están los recursos. Y hay mapas que muestran dónde está el hambre.
Este es el mapa que no deberíamos dejar de mirar.