Rosario, miercoles 16 de septiembre de 2026
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Rosario, miercoles 16 de septiembre de 2026

El ocaso de la revolución del beduino

Por: Rubén Alejandro Fraga

El líder libio Muamar al Gaddafi, atrincherado en Trípoli y decidido a librar hasta las últimas consecuencias la más crucial de sus batallas, resiste por estas horas los embates de una rebelión que ya controla buena parte de Libia.

El coronel Gaddafi es el líder que más años lleva en el poder en África y en todo el mundo árabe. Carismático y extravagante, se destaca por sus coloridos trajes brillantes y una guardia personal formada por unas 200 mujeres –presumiblemente vírgenes–, armadas y entrenadas para el combate (amazonas), y por sus estadías en los campamentos beduinos de lujo que levanta cuando viaja al extranjero.

Pero, más allá de sus excentricidades, se lo considera un hábil político y por primera vez en los casi 42 años que lleva al frente de Libia como gobernante de facto afronta ahora un movimiento de protestas antigubernamentales sin precedentes, que reprimió con dureza. Una revuelta inspirada en los movimientos populares que desde comienzos de 2011 derrocaron viejos regímenes autoritarios en la región, como ocurrió en Túnez y Egipto.

Atrás parece haber quedado el sueño de la Revolución Verde de Gaddafi que durante años cautivó a muchos en el mundo entero por lo que era la aparente “vía árabe al socialismo”.

El liderazgo de Gaddafi en la ex colonia italiana y primera nación emancipada de África tras el fin de la Segunda Guerra Mundial comenzó el lunes 1º de septiembre de 1969, cuando el ala izquierdista del Ejército libio dio un golpe de Estado y derrocó a la monarquía, aprovechando que el rey estaba de vacaciones en Turquía. Sidi Idris I, jeque de los Sanusi y emir de Cirenaica –colaborador de los aliados en la guerra–, había gobernado con sistemas autocráticos y patriarcales desde que las Naciones Unidas otorgaron la independencia a la antigua colonia italiana tras la derrota del Eje.

La economía libia, basada hasta 1959 en el pastoreo y en una agricultura de subsistencia, sufrió un cambio radical ese año, cuando se inició la explotación por parte de compañías occidentales de los recursos petrolíferos del país. Como consecuencia, se formó una élite privilegiada, ligada a la industria petrolera y a la incipiente burocracia estatal. Pero hacia 1967 comenzaron a estallar protestas y huelgas en las ciudades y en la industria petrolera. Los militares golpistas aprovecharon ese descontento popular para poner fin a la monarquía con el fin de transformar Libia, país rico en petróleo, en un Estado socialista pero islámico.

Estaban liderados por un joven y desconocido oficial, el coronel Muamar al Gaddafi. Con tan sólo 27 años de edad, Gaddafi, un humilde hijo de beduinos nacido en una tribu en el desierto de Sirte, se puso al mando de la junta militar, el Consejo del Mando de la Revolución, y anunció los puntos programáticos del nuevo régimen: neutralidad exterior, unidad nacional –preámbulo de la unidad árabe–, prohibición de los partidos políticos, evacuación de las bases militares que Gran Bretaña y Estados Unidos tenían en territorio libio, y explotación de la riqueza petrolera en beneficio del pueblo.

El ignoto cabecilla golpista había llevado una infancia modesta, ascética y de profunda formación islámica. En su adolescencia abrazó la ideología del líder egipcio Gamal Abdel Nasser y ello lo introdujo en la lucha por la justicia social y el panarabismo. A los 21 años se graduó en leyes en la Universidad de Bengasi, ingresó al colegio militar y organizó la “unión de militares libres”. En 1965 viajó a Gran Bretaña donde asistió a cursos de perfeccionamiento. Gaddafi desapareció misteriosamente de la escena pública en los días siguientes a la revuelta. La versión oficial libia dice que estuvo hospitalizado por una apendicitis. Lo cierto es que durante esos días en el hospital conoció a una enfermera que luego se convertiría en su segunda esposa, Safiya Farkash.

Al reaparecer, el joven coronel asumió el reto de alejarse de las estructuras políticas tradicionales, lo que le granjeó el rechazo de las clases aristocráticas de la derrocada monarquía.

En los meses siguientes, la banca fue nacionalizada en parte –el Estado se reserva un 51 por ciento de las acciones–, se promulgó una constitución provisional, se confiscaron los bienes de los ciudadanos italianos e israelíes que abandonaron el país después de 1961.

En diciembre de 1969, en la Cumbre de Rabat, Marruecos, Gaddafi propuso la formación de un mando militar unificado que sirviera de ayuda a los palestinos en su lucha contra Israel, aunque su propuesta no prosperó.

En enero de 1970 Gaddafi pasó a ocupar el puesto de primer ministro libio sin dejar el de presidente del Consejo de la Revolución. Ese año se iniciaron los planes agrícolas en la costa del país, se prohibió el consumo de alcohol y se decidió aumentar decididamente la igualdad de la mujer en la sociedad. El nivel de vida de la población creció rápidamente con los beneficios del petróleo, convirtiendo a Libia en la nación africana con mayor Producto Bruto Interno (PBI).

En 1970, bajo amenaza de retirar la licencia a varias compañías petroleras que explotaban dicho recurso en su país, consiguió establecer los precios del crudo que Libia consideraba justos, terminando así con la tradicional política según la cual eran las empresas multinacionales las que fijaban los precios que pagaban a los Estados donde realizaban las explotaciones. Así, Gaddafi descubrió para el mundo árabe su potencial en la geopolítica mundial. La situación generaría la crisis energética de los años 70, provocada por el boicot de los países petroleros a Occidente en respuesta a su respaldo a Israel y más adelante sería la base con la que se creó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep).

La repentina muerte de Nasser, el 28 de septiembre de 1970, dejó definitivamente inconclusa la labor de construcción de la gran nación árabe. Sin embargo, Gaddafi logró crear alianzas con Egipto y Siria que llevaron a la creación de una efímera “Federación” entre estos tres Estados, que buscaba ser el germen de la unión definitiva del mundo árabe musulmán.

En 1973, Gaddafi publicó El libro verde en tres volúmenes: La solución del problema de la democracia: el poder del pueblo; La solución del problema económico: el socialismo, y El fundamento social de la Tercera Teoría Universal. Allí reflejaba su visión particular de un Estado y pretendía desmarcar la administración libia de cualquier alineamiento internacional.

El 1º de marzo de 1977, Gaddafi proclamó la Jamahiriya –neologismo que puede traducirse como Estado de las Masas– Árabe Libia Popular y Socialista. El Congreso General Popular asumió el poder legislativo y el Comité General Popular sustituyó al Consejo del Mando Revolucionario en el Ejecutivo. Sin embargo, Gaddafi conservó el poder real.

Los años 80 estuvieron marcados por su intervencionismo en África, su guerra con Chad –país sostenido por Francia– y sobre todo por su enfrentamiento con Estados Unidos.

Durante la presidencia del demócrata Jimmy Carter (1977-1981), Estados Unidos expulsó a algunos diplomáticos libios tras el incendio de la Embajada estadounidense en Trípoli, capital de Libia, pero evitó un conflicto mayor con su tercer proveedor de petróleo.

Sin embargo, cuando el conservador Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca en 1981 una superabundancia mundial de petróleo permitió a Washington subir su apuesta contra Libia y Gaddafi se convirtió en el enemigo público número uno de la administración republicana.

Defensor del panarabismo y del Islam, Gaddafi apoyó a diversos movimientos armados que recurrieron frecuentemente al terrorismo contra países occidentales, principalmente contra objetivos estadounidenses. También fue uno de los primeros líderes en celebrar y apoyar la breve recuperación militar de las islas Malvinas por la dictadura argentina encabezada por el general Leopoldo Galtieri.

Como respuesta, Reagan aumentó la ayuda militar a las naciones fronterizas con Libia, aprobó un plan de la CIA de desestabilización y expulsó a diplomáticos libios. En agosto de 1981, Reagan envió a la Sexta Flota al golfo de Sidra, una zona marítima reclamada por Gaddafi. Después de que dos aviones libios fueran abatidos mientras atacaban a los cazas escoltas de la flota, presuntamente Gaddafi intentó matar a diplomáticos norteamericanos en París y Roma. En diciembre de 1981 la Casa Blanca declaró que los libios habían intentado asesinar a Reagan y otros altos funcionarios del gobierno estadounidense.

En abril de1986, 150 aviones atacaron Libia en el mayor bombardeo norteamericano desde la Segunda Guerra Mundial. El ataque se concentró en el recinto militar de Trípoli, donde residía Gaddafi, y en Bengasi, la segunda ciudad del país. Aunque en la lluvia de misiles murieron 40 civiles, entre ellos, Jana, la hija menor de Gaddafi, éste resultó ileso.

La posición internacional del gobierno libio empeoró por las sospechas de su implicación en los atentados contra dos aviones: uno estadounidense que estalló sobre la ciudad escocesa de Lockerbie, y otro francés en Níger.

En el primero, el 21 de diciembre de 1988, murieron las 259 personas que viajaban en un Boeing 747 de Pan Am y 11 personas en tierra en Lockerbie. El segundo, el 19 de septiembre de 1989, mató a 170 personas que iban en el McDonnell Douglas DC-10, de la francesa UTA.

En 2003, Trípoli reconoció la responsabilidad de ciudadanos libios sobre los dos atentados y llegó a acuerdos en los que se comprometió a indemnizar a los familiares de las víctimas de los dos aviones. En respuesta, se normalizaron las relaciones con Washington, se levantaron las sanciones que existían sobre el país africano y éste dejó de ser tratado como un Estado terrorista.