Beatriz Vignoli / Especial para El Ciudadano
La obra de Orlando Ruffinengo (1918-2011) es uno de esos tesoros de la pintura argentina que se despliegan despacio. No sólo gana en valor año tras año, al cabo de una larga y productiva vida, sino que el acto mismo de contemplar estas piezas requiere otro tiempo, como los dorados atardeceres de Gálvez (Provincia de Santa Fe) que dejan ver el sol hasta el borde del horizonte, y que inspiraron la belleza enigmática y crepuscular de los interiores con paisaje o la arquitectura con vista al cielo de su período metafísico.
Desde el 12 de junio y hasta el 7 de agosto, una representativa selección de sus obras puede verse en la Galería Calvaresi (Defensa 1136, San Telmo, Buenos Aires), de martes a domingo, de 13 a 18. Bajo el sugerente título de Algo o alguien, la exposición retrospectiva antológica es la primera del artista en esta galería. La curaduría estuvo a cargo de María Guerrieri, Maximiliano Masuelli, Cristian Osuna y la Galería Calvaresi.
Al igual que el poeta Marcos Lenzoni (1894-1924), Orlando Ruffinengo nació en Sastre, localidad santafesina desde donde la familia emigró a Gálvez y estableció allí una tienda de ramos generales. El futuro pintor ingresó allí a los 16 años, mientras daba sus primeros pasos en el arte mediante una práctica común en esa época: estudiar dibujo por correspondencia. Heredaría el negocio familiar y lo rebautizaría como La Tienda: Ruffinengo, Vercelli y Cía. La tienda estaría dedicada principalmente a la venta de telas.
Además de pintor y comerciante, Ruffinengo fue acróbata y fundó un museo. Formado como atleta, coordinó en los años ‘40 un grupo de acróbatas que hizo carrera con un exitoso espectáculo, Gimnasia Plástica. A los 36, en 1954, empezó a pintar en forma autodidacta. Comenzó a enviar a los salones anuales de la región, que desde 1958 lo incluyeron: el Salón del Litoral en Paraná, y el del Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez”, en Santa Fe, entre otros. Hasta que dio el salto, en sentido figurado.
Una mención en el Salón IKA, de Córdoba, le valió una primera muestra individual por invitación en la Galería Witcomb, de Buenos Aires, donde empezaron a caerle las etiquetas: “ingenuo”, “primitivo”. No se trataba de términos derogatorios sino de una categoría estética, muy en boga en los años ‘60, que abarcaba a la pintura no domesticada por el sistema de las academias de arte y los talleres de maestros consagrados.
Con ese rótulo llegó Ruffinengo a los kioscos de revistas y a las bibliotecas de los hogares: el texto de catálogo que el narrador y crítico de arte Manuel Mujica Láinez (1910-1984) escribió para su muestra de 1964, en la galería Rioboo-Nueva, fue incluido luego por su autor en La pintura ingenua (1966), el fascículo 11 de la serie Argentina en el Arte de la editorial Viscontea. El ensayo fue reeditado en 2018 por Iván Rosado, con epílogo del crítico Claudio Iglesias y con el subtítulo de Pequeño diccionario de la pintura ingenua. Iglesias problematiza el término “pintura ingenua”, que nucleó según él a “una hermandad dispersa de artistas” que Mujica Láinez presentó al público mediante un relato que por nuestra parte podríamos calificar de idealizante.
Mujica divulgó una “pintura ingenua” a la que definía elogiosamente como libre de mediaciones y de “prejuicios de capilla”, rescatando como rasgo positivo el no-saber hacer académico, y asociándola a términos como “sinceridad”, “sencilla”, “encantada”, “maravilloso”, “cándidos”, “feérico” (relativo a las hadas) o “mágicos”. Si era aplicable esta descripción a la pintura de Ruffinengo, fue a su período inicial, el de los interiores y bodegones a plena luz diurna. Porque después algo cambió.
No sólo adscribía el pintor, en sus propias palabras, a la mucho más grave y seria “pintura metafísica” que cundía en Italia por la época de entreguerras de la mano del celebérrimo Giorgio de Chirico, sino que un duelo determinante en su vida inauguró el período alto de su obra. Este se caracterizó por su atmósfera crepuscular, los paisajes como visiones oníricas, un hondo tono de nostalgia y la recurrencia de símbolos clásicos de ausencia, como la silla vacía.
Pero la inocente escasez de academicismo que fascinaba al autor de Bomarzo tal vez opacó la analogía de sus interiores con bodegón y paisaje, género mixto que cultivó Ruffinengo, con este mismo tipo de composición en los pintores porteños boquenses: la luz, en uno y otros, aparece como la gran articuladora de planos distantes (el exterior al que se abre la ventana, con el interior donde se compone con objetos verosímiles en una mesa), sólo que en Ruffinengo la luz no es realista sino misteriosa, sin fuente detectable sino difusa.
Esa omnipresencia de la luz nos enamora en la pintura barroca flamenca de Vermeer, con quien nadie osaría compararlo ya que por su virtuosismo técnicamente se hallaría en el extremo opuesto, y sin embargo esa luz envolvente también aparece aquí.
Una pintura que se caracteriza por una superficie pictórica tersa, aterciopelada, por una pincelada imperceptible, por un contraste mínimo de valor (poca diferencia de claridad entre el punto más claro y el más oscuro) y de tinte (una paleta entonada, sin sobresaltos ni estridencias), y por temas que a primera vista no exceden la composición convencional (arquitectura, muebles, manteles, frutas, una línea de horizonte en el mar), bien pudo pasar desapercibida entre los grandes gestos y los temas de alto impacto de la pintura argentina de su tiempo. Sin embargo, ante la obra atemporal de Ruffinengo, nos detenemos hoy como huéspedes bienvenidos de un mundo de serenidad ansiada, y nos admiramos ante su poesía visual que nos comunica con un estarse de las cosas en la luz.
Asombran los detalles, sobre todo en las últimas obras de Ruffinengo: acróbatas que remiten a su pasado de gimnasta, equilibristas, o un gato imposible que pareciera caminar sobre la medianera misma del horizonte. La figura, cuando aparece, no siempre está sola. A veces se trata de un hombre con un niño. La soledad de la figura o figuras en el paisaje, abrumador de inmenso, tiene un cierto aire a pintura romántica alemana.
El alcance de la obra de Ruffinengo se fue expandiendo en círculos concéntricos. Artista de la Galería Wildenstein desde 1966, fue seleccionado en 1967 para la muestra Primitivos actuales de América del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, que lo incorporó en su colección permanente. Integró el Salón Geográfico Nacional en la Galería Van Riel, y lo menciona Aldo Pellegrini en su libro Panorama de la pintura Argentina contemporánea como exponente del “realismo poético”.
Córdova Iturburu lo incluye en “La pintura sensible y sensorial” en su consagratorio libro de 1978, Ochenta años de pintura argentina. En Rosario, expuso en Raquel Real, Arte Privado y Krass, galería donde mostró en varias ocasiones. En Buenos Aires, donde vivió desde 1984 hasta los ‘90, en las galerías Vermeer, Suipacha y Palatina. Expuso en Santa Fe y más tarde en distintos lugares del país: Mar del Plata, Santiago del Estero y Rafaela. Sus obras integran colecciones públicas y privadas en Santa Fe, Rosario y Buenos Aires.
Ruffinengo tuvo tres muestras antológicas en museos: en el Rosa Galisteo en 1985, en el Castagnino en 1998 y en el que él mismo fundó. Los atardeceres de Gálvez, esas horas fuera del tiempo ante un sol que nunca termina de ponerse, alumbran aún la institución que en 1991, y coincidiendo con esa exposición, fue vuelta a nombrar como Museo Municipal de Artes Visuales “Orlando Ruffinengo”, habiendo sido creada veinte años antes (en plena efusión cultural) por él y sus pares Nicolás Rubió y Esther Barugel, con otros colegas y vecinos, como “Museo Pedagógico de Artes Visuales de Gálvez”.
Tras la muerte de Ruffinengo en Rosario, ciudad donde vivió y expuso en sus últimos años, Nicolás Rubió publicó Silencio, un relato biográfico de las vivencias compartidas.
Acerca de los curadores:
Oriundo de Gálvez, Cristian Osuna se recibió de Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Nacional de Rosario con una tesis de investigación sobre la vida y obra de Orlando Ruffinengo que tomó forma en 2025 con La hora más dulce, la exposición antológica de su pintura que curó en el espacio El Club, de Rosario. Osuna es autor del bellísimo texto de sala que acompaña esta muestra.
Artista plástico e investigador del arte argentino, Maximiliano Masuelli viene concretando sus búsquedas en el proyecto T.R.I.P.A. (Trabajo de Registro e Investigación sobre Paisaje Argentino, desde 2010) y en la importante obra de gestión cultural que realizó desde comienzos de este siglo con Ana Wandzik, en Rosario, a través de la editorial Iván Rosado y de una serie de galerías de arte que animaron la vida artística de esta ciudad.
María Guerrieri es artista plástica, egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, Buenos Aires. Ocupando cuatro pisos, subsuelo y terraza en el barrio de San Telmo, cerca del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Calvaresi es una galería de arte que funciona como espacio de encuentro entre diferentes lenguajes artísticos y cuyo objetivo es difundir la obra de artistas argentinos, impulsando acciones concretas de promoción y circulación.
Las tormentas podrían llegar este viernes por la mañana, con una máxima de 25 grados…
Un desarrollador inmobiliario hará un sorteo inédito si el país gana el torneo, ya lo…
Lo reveló un estudio privado tras cruzar datos; casi el 40% de los jóvenes que…
El arquero argentino fue consultado por la celebración de la Selección después de la semifinal…
El ministro de Seguridad provincial protagonizó uno de los siniestros. El funcionario santafesino resultó ileso
El senador radical Flavio Fama pidió rendir homenaje a los jugadores de la Selección que…