Antonella Rocuzzo es la mujer de Lionel Messi. Rosarina, de familia clase media acomodada, la esposa del mejor jugador del mundo sufrió en Qatar como si estuviera dentro de la cancha. Y a su manera, ayudó a la obtención del título como pudo. ¿Hablando con Lio? ¿Dándole ánimo con llamadas previas a los partidos? Tal vez sí, pero hubo algo más importante: la cábala.
Sí, Antonella, como muchos hinchas argentinos, se aferró a esas creencias mundanas, a esa fuerza esotérica inexplicable e irracional, y desde allí aportó su granito de arena. La esposa de Messi cambió la vestimenta tras la derrota con Arabia, donde utilizó la camiseta celeste y blanca, y tras el triunfo con México apostó a ver cada partido con la casaca alternativa violeta, obviamente con el 10 en la espalda. Y el extra fue fotografiarse con sus hijos Thiago, Ciro y Mateo (vestidos con la misma camiseta) antes de cada partido.
¿Casualidad? No, cábala. Las mismas que con minuciosa exageración promovió Carlos Bilardo en México 86, la última vez que Argentina había levantado la Copa del Mundo.
“Todavía me causa gracia, pero no lo repetiría… Fue enorme la cantidad de cábalas que teníamos. Nosotros éramos casi una secta en la que Carlos Bilardo era el gurú. Por ejemplo, yo ponía un caramelo en el medio de la cancha antes de empezar a jugar cada partido. Pero eso no era nada: tomábamos mate siempre a la misma hora, en el ómnibus íbamos en los mismos asientos, escuchábamos la misma música y cuando faltaban pocas cuadras poníamos un tema determinado. Hoy me resulta increíble que hiciéramos todo eso pensando que así íbamos a ganar un partido o un campeonato. El cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que no había ninguna posibilidad de romperlas u olvidarnos de alguna de las miles que teníamos”, contó alguna vez Ricardo Giusti.
Tal vez Lionel Scaloni no se aferre tanto a esas creencias, o al menos no se sepa, pero la Scaloneta no fue ajena a ciertos rituales deportivos cabuleros. Algunos se arrastran desde la obtención de la Copa América en Brasil, el primer gran paso de este equipo.
Rodrigo De Paul, el Papu Gómez y Leandro Paredes viajaron a Qatar con bolsas de caramelos. No querían tener sorpresas. El ritual de ingresar primeros al reconocimiento de campo de juego previo a los partidos comiendo caramelos arrancó en la Copa América de Brasil, en plena pandemia, y siguió en Qatar.

Algunas pasan inadvertidas. O son forzadas, aunque dan resultado igual. O acaso cuando Roberto Ayala –integrante del cuerpo técnico- dio una nota al bajar del micro antes de enfrentar a México podía imaginar que ese ritual, en complicidad con TyC Sports, iba a seguir hasta conseguir el título.
A veces las cábalas se dan a conocer, otras veces quedan guardadas como la fórmula de la Coca Cola. Y otras veces, un descuido las saca a la luz. Eso sucedió en el festejo del vestuario argentino tras obtener la Copa del Mundo. En medio de los cánticos apareció un Chucky con una botellita de champán. Como si el muñeco maldito fuera partícipe de la victoria.
Y la realidad es que lo fue. Todo surgió en Copa América, cuando Chiqui Tapia entró al vestuario y encontró un Chucky y creyendo que era una maniobra de los brasileños al dejarlo intencionalmente en el estadio, se sorprendió al saber que tenía un valor afectivo.
“Un día entré a la utilería, vi el muñequito de Chucky, le faltaba un brazo y una pierna. Nadie sabía cómo estaba ahí, entre medio de todos los santitos y vírgenes. Dije: ‘¿Quién trajo a ese muñeco acá? Tiene mala suerte’. Nadie contestaba. Me dice Juan Cruz, el utilero: ‘Jefe, ese muñeco trae suerte, a mi hijo le dicen Chucky’. Como entramos a la burbuja, me lo dio para que me acuerde de él y lo tenga siempre en todos lados”, contó el presidente de AFA.
Chiqui fue por más, prometió tatuarse al personaje de películas de terror si Argentina ganaba la Copa América, y hoy la imagen se puede observar en su pierna izquierda.
Obviamente Chucky fue parte de la victoria ante Italia 3-0 para ganar la Finnalisima, y viajó a Qatar, como si fuera un talismán de buenos augurios. Y mal no le fue, por eso estuvo en los festejos, lo que motivó que un posteo en Instagram de Alex Vincent, el actor principal de la película. “Felicitaciones Argentina. Veo que saben cómo festejar”, escribió Vincent cuando vio al muñeco en el vestuario en medio de los festejos.

Si las cábalas no fueran suficientes, en esta Copa del Mundo los hinchas argentinos –también los futbolistas- se aferraron a las coincidencias numéricas para fortalecer el ánimo.
“Elijo creer”, fue la frase más leída en redes sociales, avalada con una campaña publicitaria de una de las marcas auspiciantes de la selección.
Todo tenía sentido, cada número se sustentaba en algún mensaje esotérico o divino, y en este último rubro apareció irremediablemente Diego, y su ayuda desde el cielo.
Justamente una de las imágenes más viralizadas antes de la final fue una nota de Maradona en el programa “Mar de Fondo” donde el zócalo dice “Nuestro regalo de fin de año”, y detrás de Diego aparece una fecha: 18 de diciembre. Sí, la fecha de la final.
Y si las coincidencias eran un presagio, cuando se eligió a Szymon Marciniak como árbitro de la final, fue imposible no enloquecer al constatar que la fecha de nacimiento del polaco (7 de enero) era la misma que la del brasileño Arpi Filho, juez de la final del 86. Creer o reventar.

Si no bastara con cábalas y números, desde que se vio el documental “Sean eternos” sobre el título de la Copa América, se conoció que en la previa con Brasil el Papu Gómez hizo un juego de cartas que ayudó a despejar nervios previos ya que los naipes determinaron que Argentina iba a ser campeón. Papu, Otamendi y De Paul se tatuaron las cartas que los favorecieron, pero Messi postergó su promesa porque se trataba del “5 de copas”. Y ese naipe, de poca utilidad para jugar al truco, tuvo una alta puntuación en el mundo de las creencias populares cuando apareció en una foto de Maradona jugando al truco antes de México, o cuando era la carta asignada de Lionel Messi en una edición de naipes españoles de Sudáfrica 2010.

Cábalas, números mágicos, coincidencias místicas, todo vale a la hora de buscar sustentos emocionales en busca de un objetivo. Y cuando los planetas se alinean, el resultado es salir campeón del mundo.