A un mes del ataque de Estados Unidos a Caracas y del secuestro de Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, una entrevista con Carlos Luis Rivero, del Instituto Simón Bolívar de la Cancillería Venezolana, sobre el contexto geopolítico, las razones del ataque y los desafíos de la izquierda en América Latina
Hace exactamente un mes, el mundo despertó con la noticia del bombardeo a Caracas. El ataque de Estados Unidos fue contra militares y civiles y, como consecuencia, fallecieron cien personas. Durante la intervención, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a la diputada y primera dama, Cilia Flores. La intromisión estadounidense en Venezuela no es novedad: desde 2003 Estados Unidos, y también otros países, como Canadá y los de la Unión Europea, mantiene una política de bloqueo económico que impidió a la nación caribeña desarrollar la producción de petróleo y comprar elementos de primera necesidad como alimentos o medicinas. Con esos antecedentes, Donald Trump apeló a la vía de la fuerza para extorsionar a un gobierno que aún expresa una alternativa latinoamericana de izquierda frente a las pretensiones imperialistas del país del norte.
Carlos Luis Rivero es sociólogo por la Universidad Central de Venezuela y tiene una maestría en Planificación del Desarrollo. Fue dirigente estudiantil y, más tarde, militante de la organización armada Bandera Roja. Tras la revuelta conocida como el Caracazo (1989) se unió a la rebelión liderada por Hugo Chávez en 1992.
Durante la presidencia Chávez, desde 1999 en adelante, coordinó la reforma de las leyes del poder popular. También fue viceministro del área de financiamiento el cooperativismo en su momento y superintendente nacional de cooperativas.
Actualmente es director ejecutivo del Instituto Simón Bolívar por la Paz y la Solidaridad de los Pueblos, organismo dependiente de la Cancillería venezolana. En diálogo con El Ciudadano, se presenta: “Ante todo soy un revolucionario. Me incorporé a la actividad revolucionaria a los 14 años y llevo 52 años en actividad revolucionaria”.
A un mes del bombardeo y del secuestro de Maduro y Flores, convoca: “Es necesario construir un plan y un espacio común de los pueblos, de las organizaciones, de los movimientos, de los partidos. Podemos tener diferencias, pero tenemos un objetivo común, que es la humanidad; y un enemigo común que es el imperialismo. Ese es el gran desafío que tenemos los pueblos del mundo”.
—¿En qué contexto geopolítico se produjeron los hechos del 3 de enero?
—El mundo ha cambiado en los últimos años. Han surgido naciones emergentes que le disputan espacios económicos y políticos a Estados Unidos. El neoliberalismo permitió amortiguar las consecuencias de la crisis de la tasa de ganancia del capitalismo. Pero también permitió que naciones como China se hicieran muchísimo más poderosas, porque China terminó fabricando los producto de la economía real. Antes del neoliberalismo, China era la cuarta o quinta economía del mundo. En este momento, le disputa el liderazgo a los Estados Unidos. Por lo tanto hay una contradicción evidente entre los Estados Unidos y los países de las economías emergentes. La contradicción principal en el mundo es que la se da entre los países que buscan un desarrollo libre, autónomo y soberano y el imperialismo liderado por Estados Unidos. Hoy esa contradicción se agudiza por cuenta de gobierno de Donald Trump. Su política supera al neoliberalismo y busca recuperar el liderazgo de la economía estadounidense sobre las demás economías del mundo capitalista. Me refiero a las economías emergentes, sobre todo a los países del BRICS, pero también a otras economías que no son tan grandes como China o Brasil, pero que comienzan a tener a autonomía y eso reduce la influencia de los Estados Unidos en el mundo. El proyecto Trump incluso crea contradicciones con sus propios socios y aliados de la Unión Europea. Pero a esta ofensiva Estados Unidos ya la venía implementando: en Palestina, o con la provocación a Rusia que ha significado la posición de Ucrania. Ahora la vía es la violencia militar, es la principal forma de lucha que implementa Estados Unidos en este momento.
—¿Cuáles son las razones por las que Estados Unidos atacó a Venezuela?
—Hay dos razones: la económica, el petróleo, y la razón política. Para poder avanzar, ellos necesitan petróleo. Y es importantísimo el control del petróleo venezolano. Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, por lo que, desde el punto de vista económico, Venezuela es un soporte importante para el proceso de expansión y de consolidación del liderazgo de los Estados Unidos. Pero además, Venezuela se ha convertido en una piedra en el zapato para ese país. El 2 de febrero de 1999 el presidente Hugo Chávez asumió la presidencia por primera vez. Y desde hace 27 años o un poco más, ya los Estados Unidos venían ejerciendo una política de intervención hacia el proceso político venezolano. Somos un mal ejemplo para la humanidad porque estamos planteando elementos distintos: de justicia, de construcción de igualdad, del ejercicio de una democracia directa de los ciudadanos y ciudadanas que el capitalismo no está en condiciones de ofrecer, ni ahora ni nunca. El capitalismo ofrece procesos democráticos ficticios, limitados, como lo es la democracia representativa liberal burguesa. Buscan acabar con la revolución bolivariana para que los demás países pongan sus barbas en remojo. Sin embargo, y aquí se acaban las acusaciones sobre narcotráfico, o que el régimen político venezolano era una dictadura. El presidente Maduro en los últimos tiempos estuvo permanentemente en actividades públicas de calle y tiene un gran respaldo. El mismo día que se lo llevaron secuestrado, el pueblo se lanzó a las calles a exigir su retorno inmediato y el de la diputada y esposa del presidente, Cilia Flores.
—¿De qué manera se sostuvo la institucionalidad venezolana en este primer mes y qué perspectiva tiene sobre el gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez?
—La operación militar del 3 de enero buscó levantar fisuras en la unidad interna del chavismo. Y conseguir aliados firmes del chavismo que pudieran apoyar a Estados Unidos. Esto no sucedió. A pesar de todo el poder militar que ejecutaron, aunque el Departamento de Estado de Estados Unidos haya llamado a la vicepresidenta (Rodríguez), a Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional) y a Diosdado Cabello (ministro del Poder Popular de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela) para que se rindieran; a pesar de que intentaron “convencer”, por la vía de la fuerza a algunos dirigentes del proceso político venezolano, no lograron dividirnos. Durante este primer mes mantuvimos la unidad de criterios y el gobierno bolivariano. Eso ya es un logro importante y un fracaso desde el punto de vista político de la operación militar de Estados Unidos. Es posible que haya sectores internos del pueblo venezolano que están en contra del gobierno bolivariano. Es posible que existan militares descontentos con la opción bolivariana dentro de las Fuerza Armadas. Pero no lograron madurar esas condiciones subjetivas y se mantuvo la unidad de mando interno del chavismo en el proceso. A eso se le suma que buena parte de la población, no solo la población chavista, sino buena parte de la población que no votó nunca a Chávez y que se mantuvo a favor de las posiciones de la oposición, se manifestó en contra de la guerra, de la violencia para resolver las contradicciones internas y de que Venezuela fuese gobernada por una potencia extranjera. Quedó en la población venezolana un espíritu de patria que rompió con el intento de los Estados Unidos de apoderarse del país. Por otro lado, hay una oposición interna que compartió este criterio, que no estuvo a favor de la intervención militar. Y quienes estuvieron a favor, la derecha, se fueron aislando de la población. Incluso de sus propios electores.
—¿Cuál es el posicionamiento económico de Venezuela, respecto a la exportación de petróleo por ejemplo, y el acuerdo que ya mantenía con Chevrón?
—Durante el siglo XX fuimos un país productor y exportador de materia prima petrolera. No exportamos gasolina ni derivados: extraemos petróleo, lo montamos en barcos y lo vendemos fuera del país. Esa dinámica fue trastocada con el bloqueo económico. El bloqueo comenzó en 2003, tras la huelga petrolera. Quienes intentaron hacer esa huelga destruyeron buena parte del proceso de refinación de petróleo y de transporte por tuberías de petróleo y gas. Intentamos recuperar las refinerías y el proceso de explotación petrolera, pero desde 2009 Estados Unidos se negó a vendernos esa tecnología y nosotros históricamente usamos la tecnología estadounidense. Producto de esa parálisis, pasamos de vender hasta 3.000.000 de barriles diarios a vender menos de 200.000. Además fuimos bloqueados. Y desde julio del año pasado también fuimos bloqueados navalmente en el mar Caribe. Cada barco que salía de Venezuela cargado de petróleo corría el riesgo de ser confiscado por los Estados Unidos, cosa que no está basada en ninguna regla internacional. Eso fue un vil robo. Los Estados Unidos nos robaron tanqueros petroleros con el petróleo incluido. Hoy lo que a Estados Unidos le importa es que seamos un suministro seguro de petróleo, a partir del secuestro del presidente Maduro y de su esposa. Nos exigieron que les vendamos una cantidad mayor de petróleo como condición de todo este proceso. No nos hemos negado a hacerlo. No solo después del 3 de enero, sino que en los últimos meses del año pasado, cuando creció la agresión en el mar Caribe, estábamos dispuestos a vender el petróleo. Nos interesa venderlo para generar divisas para satisfacer las necesidades internas. Como consecuencia del bloqueo económico de estos años, Venezuela, que era un país que importaba el 60% de los alimentos, pasó a importar menos del 10%. Pasamos de tener una economía petrolera a tener una economía agrícola e industrial. Eso permitió que Venezuela, incluso en 2025, fuese la economía con mayor crecimiento en América Latina. No lo dice el chavismo ni lo dicen medios de izquierda, lo dice la Comisión Económica para América Latina (Cepal), que calcula un crecimiento de 7% del producto interno bruto.
—¿Qué aspectos debe resolver el proceso bolivariano para mantener su continuidad ante este contexto?
—Tenemos muchos desafíos. El primero es mantener el apoyo popular del pueblo chavista. Durante este último mes, un sector importante del pueblo que se ha movilizado a favor de la soberanía, de la independencia económica, del gobierno y de Venezuela como nación. Pero no solo debemos mantener ese apoyo. Debemos ampliar el apoyo a todos los sectores patriotas que, aún sin ser chavistas, están en contra de una intervención extranjera en nuestro país. Es lo que tratamos de comenzar a construir, ya desde el gobierno del presidente Maduro, pero ahora esto toma más fuerza. Otro desafío es mantener la independencia económica. Ahora van a ingresar importantes recursos por la venta de petróleo. Pero no puede ser que esos recursos estén dirigidos a importar alimentos. Debemos utilizarlos para consolidar el esfuerzo económico que se ha hecho en la agricultura y en la industria para darnos soberanía económica en todos los niveles. Por lo menos a nivel alimenticio y de medicina. Y debemos avanzar hacia áreas estratégicas, como la industria pesada. No cualquier industria pesada, sino la que necesitamos para el desarrollo industrial. Tenemos casi paralizada la industria del hierro en el sur del país. Pero ahora tendríamos posibilidades de utilizar esos recursos no solamente para hacer hierro, sino para producir elementos de mayor elaboración, como vehículos o maquinarias. El camino es hacia la independencia económica plena de Venezuela.
Carlos Luis Rivero es director ejecutivo del Instituto Simón Bolívar para la Paz y la Solidaridad.
—¿Qué impacto tuvo lo que ocurrió el 3 de enero en América Latina y en otros países del Sur Global?
—En este mes comprobamos que el multilateralismo no tiene la fuerza suficiente para detener opciones militares como la de los Estados Unidos o la de cualquier otra potencia militar importante. El Consejo de Seguridad (de las Naciones Unidas) se reunió. La gran mayoría estuvo en contra de la intervención de Estados Unidos, pero esa decisión no es vinculante con lo que sigue pasando o con lo que pueda pasar en el mundo. Si sucedió en Venezuela, que mantiene desde hace 27 años una defensa intransigente de su soberanía, puede suceder en cualquier parte del mundo; si no somos capaces de construir una fuerza entre países de varias partes del mundo. Después de lo de Venezuela se retomó la agresión contra la Cuba revolucionaria y socialista. Pero no solamente contra Cuba, sino también contra Groenlandia, lo que plantea contradicciones con la propia Unión Europea. Esta situación tiene que detenerse. No hay ningún elemento ético que paralice lo que está pasando en el mundo, incluso en Estados Unidos donde se combaten las migraciones con tanta violencia y sin respeto a los derechos humanos. Si esto está pasando contra el pueblo de los Estados Unidos, imagínense lo que puede pasar con Colombia o con México, o con países que mantienen una posición genuflexa como Brasil. Es posible que haya un interés de Estados Unidos de entrar a esos países y apoderarse de sus recursos. Y no debemos permitir esa opción. Lo que pasó en Venezuela abrió camino para que esto se ejecute en otros lugares.
—En la época del Plan Cóndor, lo que hubo en América Latina fueron dictaduras. Pero hoy la región tiene gobiernos electos a través del voto que se alinean con Estados Unidos. Desde su perspectiva, ¿qué ocurre con esos procesos de democracia representativa?
—La democracia representativa está diseñada para que ganen los poderosos. Son sistemas de elección basados en el criterio del que tenga más poder económico y pueda sostener una campaña electoral. En los sistemas liberales burgueses no es el argumento, no son las razones, no es el programa político el que determina quién gana. Ganan quienes tengan más poder de convencimiento por la vía de la repetición, que además es una forma de campaña que embrutece a la población. O sea, se coloca un aviso o un afiche con el nombre de un candidato desconocido, sin discurso, sin propuestas; pero si ese señor tiene más afiches que los demás o más presencia en las redes sociales que los demás, tiene una mayor posibilidad de obtener una victoria. Hubo excepciones en América Latina, pero son excepciones. El presidente Chávez ganó hace 27 años porque había un deterioro de la institucionalidad venezolana. Ya nadie creía en los partidos tradicionales. Y el presidente Chávez surgió porque prendió en la conciencia del pueblo una propuesta transformadora. En Bolivia ganó Evo Morales siendo trabajador e indígena, dirigente de los trabajadores. En Ecuador ganó un presidente como Rafael Correa. Néstor Kirchner ganó después de una gran crisis en Argentina, donde las opciones de derecha no tenían posibilidades de victoria, después de los gobiernos de Carlos Menen. Lo mismo sucedió en Brasil. Se logra, pero no es el caso general del desarrollo de los procesos democráticos burgueses.
—Mencionaba a Colombia y a Brasil. ¿Qué opina respecto al posicionamiento de países con gobiernos progresistas como el de Gustavo Petro y el de Lula da Silva?
—Saludamos la posición de Petro y de Lula frente a lo que pasó el 3 de enero. Ellos se opusieron a la intervención del gobierno de los Estados Unidos en Venezuela. Pero esto no es suficiente, en el caso de ambos mandatarios. Venezuela no entró al BRICS el año pasado por un cuestionamiento de Brasil, por ejemplo. Y eso abrió el camino para esta intervención. En el caso del presidente Petro también, es un gobierno todavía muy débil, es el primer gobierno progresista en Colombia. Y estar en gobierno es apenas el ejercicio de un aparato público del Estado, pero el poder económico de Colombia sigue intacto. En cuanto a Brasil, la diferencia entre el primer gobierno de Lula y este, es que el primero cuestionó al statu quo. Y hoy es un gobierno que gobierna con el statu quo. Son realidades y contextos distintos. Hoy esperamos que en Colombia gane la opción progresista de Iván Cepeda, pero sabemos que las limitaciones que va a tener el gobierno de Iván Cepeda que son muy parecidas a las que tiene hoy el gobierno de Petro.
—También este año habrá elecciones en Brasil, donde hay manifestaciones de una oposición de ultraderecha.
—Es que creo que llegó el momento de la humanidad donde hay una desaparición de los puntos medios, de las posiciones intermedias. Hay posiciones en los polos: opciones progresistas, revolucionarias u opciones fascistas. Eso lo estamos comenzando a ver en el mundo nuevamente. Ya lo habíamos visto en la época previa a la Segunda Guerra Mundial.
—¿Cuáles son las estrategias de esta nueva embestida estadounidense contra América Latina y cómo puede responder la izquierda latinoamericana?
—Debemos tener un planteamiento hacia la humanidad, porque estamos viviendo momentos de barbarie. Rosa Luxemburgo habló de la barbarie como un futuro lejano, nosotros la vivimos en el presente. En la última Conferencia de Davos, Trump dijo lo que van a hacer en Gaza: un gran proyecto inmobiliario. Es un proyecto que se va a construir sobre los cadáveres de un pueblo. No están pensando en los habitantes de Gaza, están pensando en sus ganancias. Creo que la izquierda en el mundo tiene que hacer una propuesta que rompa con esto: que argumente y que además construya con el ejemplo. No es suficiente hoy hablar de socialismo sin practicarlo y sin demostrar que es posible. No es posible hablar de patria sin construirla. No es posible hablar de humanidad con sistemas de justicia desiguales. Tenemos que hacer propuestas en todos los órdenes: en la salud, en la vida cotidiana de nuestra comunidad, en cómo nos organizamos, en cómo decidimos sobre nuestras propias cosas. No solamente cómo decidimos, sino cómo nos convertimos en sujetos de nuestros propios procesos y no en la decoración de las sociedades. Además, en mala decoración, porque a los burgueses no les gusta ni siquiera la presencia de los pobres. Entonces creo que allí está el planteamiento. ¿Cómo construimos una unidad global de los pueblos del mundo que se oponga a estas estrategias aniquiladoras de la humanidad? ¿Cómo proponemos una democracia distinta a la democracia liberal burguesa? ¿Cómo trabajamos desde lo local y desde lo pequeño cuando no somos gobierno? ¿Cómo hacemos que esos puntos locales se conviertan en referencia nacional? Creo que por allí deberían ir los esfuerzos de la izquierda, sobre todo de la izquierda revolucionaria.
—Pensaba, mientras lo escuchaba, en cómo enfrentar también a las corporaciones. Hablamos de Estados Unidos, de la Unión Europea, del crecimiento de China, de Colombia y de Brasil. Pero son países y detrás de ellos hay grandes corporaciones, como Chevrón.
—En este momento no estamos en condiciones de disputar la hegemonía económica de las grandes corporaciones. Pero sí podemos construir referencias distintas. En Venezuela, por ejemplo, tenemos espacios económicos construidos durante de estos 27 años, en donde los trabajadores y las trabajadoras se asocian libremente. Y de acuerdo al trabajo aportado obtienen sus excedentes. Y una parte de estos excedentes van a la sociedad. Tenemos empresas de propiedad social, empresas bajo control de los trabajadores, empresas campesinas, cooperativas. Llegará el momento en donde articulemos esas experiencias en un sistema económico único, distinto y autónomo al capitalista. Nosotros nombramos eso como modo de producción del trabajo asociado, porque los trabajadores y trabajadoras libremente nos asociamos; unas veces con propiedad colectiva, otras con propiedad social. Eso no está prohibido, por lo menos desde el punto de vista jurídico en los países, pero solo se ha construido bajo la determinación de que no disputen espacios al modo de producción capitalista. Bueno, nosotros tenemos que buscar que vayan en la dirección de disputar esos espacios. Y demostrar que son mucho más eficientes y efectivos para la vida, que es lo que nos debe motivar en el tema económico.
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