La investigación científica, como una más de las ocupaciones humanas, exige lo mejor de sí a cada hombre y mujer decidido a abrazarla. Siempre existen los imponderables. Y algo de azar. Sin embargo, “el hombre es un animal condenado a elegir”. Y, al elegir, va narrando en presente la historia que contará conjugando el pasado pero con la mirada puesta en porvenir. La investigación científica, como una más de las ocupaciones humanas, exige competencias, algo de talento, creatividad, paciencia y pasión. Y un maestro, claro.
—¿Qué cosas de Guido Beck, su maestro, influyeron en usted?
—Muchas. Cuando él llegó, en 1943, no había ningún físico teórico en el país y a mí me interesaba la física teórica y no se puede empezar sin maestros; es un aprendizaje que hay que hacer, lo mismo que en la tornería, o cualquier otra artesanía, ya que, para mí, la investigación científica es una artesanía. Se aprende al lado del maestro.
Mario Bunge, aunque radicado en Canadá, es un pensador argentino. Original y polémico.
Apasionado y crítico. Cuenta que Beck llegó al país como refugiado desde Portugal, fugado de una cárcel del régimen fascista instalado en Francia, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Recuerda su primer encuentro con Beck: “Luego de que nos presentaran, nos sentamos a la mesa y empezó a escribir fórmulas. Inmediatamente me plantea un problema de investigación sobre fuerzas nucleares. Ése fue mi primer trabajo, al que le siguieron otros, siempre bajo su atenta mirada”.
Beck formó parte del cenáculo de quienes fueron los creadores de la física cuántica, discípulo de Niels Bohr, “el abuelo de la física cuántica, célebre por su oscuridad”, aclara Bunge. Eran investigadores puros, no hacían docencia, la que para Bunge, si no se ejerce, quita claridad a los investigadores.
Bunge habla sin impostaciones. Su voz es firme y lleva la cadencia de quien contradice sus noventa y tantos años de edad. Bunge exhuma sus recuerdos con precisión sin ayudamemoria para regalar esta porción de la historia de la ciencia: “Muchos años después, Beck me escribió una carta diciéndome que él ya no entendía la mecánica cuántica, que se había tratado de un retroceso”.
Bunge mira directamente a los ojos del interlocutor. Ojos pequeños, azules. Mira como queriendo saber. Parece no buscar acuerdos, ni pretender ocasionar asombros. Está convencido de la diferencia entre la “oscuridad” de su maestro y la ventaja que otros investigadores tuvieron al ejercer la docencia a la par de la investigación: “La ventaja que tuve fue estar en contacto con los alumnos. Hace que uno supere el estado de oscuridad, porque debemos esforzarnos para ser claros. Uno está obligado a aclarar las ideas; hay que presentárselas a los estudiantes de la manera más clara posible. Era uno de los puntos fuertes de la política científica del doctor (Bernardo) Houssay, que fue el científico más caracterizado que tuvo la Argentina en el siglo pasado. El investigador tiene la obligación de transmitir sus conocimientos y de formar a la gente joven. Durante el proceso –instaurado el 24 de marzo de 1976– se crearon cientos de institutos de investigación separados de la docencia con un propósito político: separar investigadores de la gente joven; pudiera ser que los contaminaran con «ideas peligrosas»”.
—¿La ciencia corre el riesgo de desaparecer?
—Es perfectamente posible imaginar a un gobierno bestia, un gobierno muy reaccionario, un gobierno fundamentalista, sea islámico o cristiano, que se dé cuenta de que la religión y la ciencia son incompatibles y quiera suprimir la ciencia.
—¿Usted cree que hoy, en el mundo, las ciencias biológicas cuentan con más espacio en la investigación básica que la ciencia física?
—No tienen más espacio sino que son más populares. A la gente joven le atrae más la biología evolutiva y la neurociencia. La neurociencia es hoy día la ciencia más sexy (sic), así como cuando yo empecé la ciencia más atractiva era la física. Hoy día lo son la neurociencia y la biología evolutiva. Los avances en biología son más espectaculares y, además, están más cerca de la medicina, entonces es comprensible que suscite más interés. Pero, además, hay otro aspecto: la física teórica está bastante detenida a diferencia de la física experimental. La física experimental en el curso de los últimos 20 años ha hecho progresos increíbles al manipular átomos y fotones, al poner a prueba teorías que antes se creía que jamás podrían ponerse a prueba. En cambio, la física teórica, es decir, la manera de comprender el mundo, se ha detenido y, en parte, debido a ciertas fantasías que no tienen asidero…
—Perdón, sin la una, la otra carece de futuro…
—… es cierto porque todos los experimentos se hacen a la luz de una teoría. El diseño mismo de cualquier experiencia exige el aporte de teorías; y usted acaba de decir algo muy importante: a menos que la física teórica avance, la física experimental también va a terminar por agotarse. Desgraciadamente, la formación de los físicos es, o bien experimental, o bien teórica; ambas como son muy exigentes y eso hace que muchas veces los físicos teóricos queden alejados de la física experimental y crean que con la imaginación matemática basta, no están al día con el avance de la física experimental.
—¿Es, tal vez, por esto que insiste tanto en hacer filosofía de la ciencia?
—Sí, sí. Yo creo que la filosofía de la ciencia siempre ha influido mucho sobre la ciencia misma. A veces para bien y otras no tanto. El subjetivismo ha hecho daño a la ciencia porque ha alejado a la gente de la investigación de la realidad. También la filosofía de la ciencia puede ser positiva al insistir en la realidad del mundo exterior; en la necesidad y posibilidad de investigarlo y distinguirlo del observador. Esa batalla se ganó ya en la época de Galileo.
—¿El observador influye en lo observado?
—No influye directamente su mente, porque si así fuera no podríamos confiar en los aparatos de medición. Sí influye al crear y diseñar instrumentos y experimentos; éstos no se dan en la naturaleza; en cambio el físico atómico y el físico nuclear sí influyen, al manipular los aparatos pueden cambiar el estado de los sistemas observados. No es nada misterioso. Son interacciones físicas.
—Doctor Bunge, ¿cómo ve a la ciencia en la Argentina?
—La veo muy de lejos. De vez en cuando se ven trabajos argentinos en las revistas internacionales; en particular las revistas que consulto todas las semanas que son Science y Nature –las dos revistas más prestigiosas en el mundo de la ciencia– y allí muy de vez en cuando se ven artículos de científicos argentinos.
En Cápsulas, un libro destinado a la divulgación, Mario Bunge elige como artículo de cierre “La decadencia de la vergüenza”. Al mencionárselo, Bunge sonríe: “Está lleno de sinvergüenzas. De gente que no tiene límites; gente que no se avergüenza por las macanas que dice o hace. Un caso muy especial y muy cómico es el del ex presidente (George W.) Bush. Un total desvergonzado que podía mentir tanto como (Adolf) Hitler o (Josef) Stalin sin que se le moviera un músculo de la cara”.
Hombre de Occidente, Mario Bunge es un crítico de los abusos de poder de cualquier signo que atenten contra la libertad, y un trabajador infatigable en defensa de las ciencias sociales. Polémico e implacable, sostiene sus posturas con rigor científico y honestidad intelectual.
