Saferstein se entrevistó con El Ciudadano antes de la presentación de El libro negro de la nueva derecha. Cómo se construyó y cómo se gestó la batalla cultural en Rosario este lunes 2 de noviembre, a las 18, en Nexus (Laprida 2136)
Por Paulo Menotti
Foto Guadalupe Lombardo
Cuando desde los márgenes de la política y de la vida social, Agustín Laje y Nicolás Márquez publicaron El libro negro de la nueva izquierda, en 2016 pareció una publicación más de las que rápidamente integrarían las mesas de saldos. Sin embargo, con el triunfo de Javier Milei como presidente esa publicación había logrado imponerse en la “batalla cultural” contra la izquierda, justamente el mismo concepto elaborado por Antonio Gramsci para analizar al fascismo. Una década más tarde es el turno de Ezequiel Saferstein quien editó su libro El libro negro de la nueva derecha. Cómo se construyó y cómo se gestó la “batalla cultural” como una respuesta a la propuesta anterior aunque con marcadas diferencias. Saferstein no busca demonizar ni burlarse de Laje y Márquez sino, en su rol de sociólogo busca comprender el fenómeno que es gobierno desde 2023. Sus orígenes, los rumbos que tomaron al formar parte del oficialismo nacional, y los nuevos escenarios que observa el autor tras el triunfo de Lula en Brasil, son algunas cuestiones que Saferstein respondió en una entrevista con El Ciudadano. La misma tuvo lugar antes de su presentación en Rosario el lunes 2 de noviembre, a las 18, en Nexus (Laprida 2136).
—¿Cómo y por qué surgió este libro que, justamente, tiene una referencia clara al texto de Laje y Márquez?
El libro es una investigación sociológica, etnográfica, en el que me involucré durante ocho años. Un trabajo de campo que contó con entrevistas, participación, observaciones en festivales, eventos masivos de las derechas, principalmente en lo que hace al mundo cultural y, particularmente, el mundo del libro.
Yo venía trabajando ya sobre los vínculos entre el mundo editorial y la política, el lugar de los libros en el debate público y, bueno, me empecé a interesar por estos dos autores principalmente, ¿no? Laje y Márquez, que con El libro negro de la nueva izquierda venían ya de gira extensa por América latina y por el país a partir de un libro que fue emblemático para el movimiento de derechas nacional, regional. Digamos, es un libro de batalla cultural el cual permitió articular, aglutinar, reunir ideas, sensibilidades y voluntades también políticas, ¿no? Es un libro que se convirtió como el prototipo de “el libro” para combatir el progresismo, ¿no? Una herramienta para la batalla cultural que les permitió a muchos seguidores, lectores, subjetivarse políticamente, involucrarse políticamente, radicalizarse.
Lo que veía en estos eventos era, bueno, primero el lugar de los autores como referentes, como autores de libros. También el lugar de las editoriales con una centralidad importante a la hora de estructurar los eventos, la mesa de libros. Incluso el lugar de los lectores, seguidores que viajaban para encontrarse con los autores, con sus referentes, que llevaban sus libros o los compraban, los subrayaban, los traían leídos, los discutían, armaban grupos, los comunicaban en las redes, intervenían e incluso armaban sus propios libros. Bueno, todo un proceso en donde los libros ocupan un lugar central y particularmente a partir de ese El libro negro de la nueva izquierda, que fue como un puntapié, si bien los autores ya venían interviniendo y escribiendo desde antes.»
—En otras notas periodísticas expresás que la idea no es demonizar a estas nuevas derechas si no comprenderlas. ¿Qué es lo que encontraste, cómo es la trama en la que se van armando?
Y se trata de eso, como decís, de una investigación que buscó comprender más que subestimar, criticar o ridiculizar. Digo, me parece que la investigación en ciencias sociales tiene que tener en cuenta la perspectiva de los actores, los interlocutores con los que trabajamos, no para justificar sus pensamientos o sus acciones. Y eso es también un modo de pensar, ¿no?, la investigación, de qué lugar nos asignamos quienes investigamos frente a una supuesta superioridad moral que muchas veces aparece, ¿no? Digo, el investigador no tiene por qué colocarse en una posición de superioridad con respecto a sus interlocutores. Justamente por eso hacemos investigación, para comprender las prácticas, para comprender las acciones. Y entonces, básicamente el libro es eso. Puede haber objetos o sujetos más incómodos que otros, dependiendo de cómo nos posicionamos nosotros políticamente, pero bueno, no es una investigación militante o partidista, sino sociológica y etnográfica, que es como encaro y como me gusta encarar mi investigación. Y bueno, lo mismo hicimos en el libro coordinado por Pablo Semán, que fue tan emblemático hace unos años.
Y lo que encontré, bueno, son autores o referentes que publican libros porque valoran al libro como una herramienta para combatir, para discutir, para hacerse conocidos, para posicionarse. Editoriales que, sean más programáticas o más comerciales, buscan meter ahí también sus ideas, su negocio y su vocación de intervención pública. Y lectores, seguidores que buscaron y que gracias a los libros y estas ideas y estos autores encontraron un modo para entender su lugar en el mundo. También su justificación para su radicalización y para entenderse a sí mismos. Y al mismo tiempo entrar a la lectura, a vincularse con artefactos culturales que quizás no lo hacían, o con eventos, ¿no? Por ejemplo, ir por primera vez a la Feria del Libro, etcétera. Entonces eso, a diferencia de investigaciones que dicen que la gente de derecha no lee o que los libertarios son ignorantes. Bueno, ahí me encontré con un núcleo duro que tiene a los libros como elementos relevantes para su vida política y para la cultura política. Como suele suceder, ¿no? Con las izquierdas, y entonces también las derechas tienen a esa cultura escrita como elementos importantes. Dicho esto, como para mostrar que los espacios culturales, los consumos culturales nos pueden decir algo también de los mundos políticos.
—¿Ahora que son gobierno, qué cambios tuvieron?
En este trabajo de ocho años también vi crecer a estos jóvenes que hoy quizás ya no son tan jóvenes, son más adultos, algunos formaron familia, otros se alejaron de la política, otros se pusieron más militantes y activistas. Y lo que cambió principalmente es que frente a la situación de poder, esa épica contracultural, la lógica de la batalla cultural desde las trincheras en contra del supuesto poder no va más. Hoy la ecuación cambia porque tienen que gestionar el Estado. Entonces, muchos de ellos se involucraron, participaron, se tuvieron que embarrar en términos políticos, reponer o bajar las armas en algún sentido para hacer política, digamos, formar parte de la llamada casta, y otros se alejaron. Algunos con una posición más idealista y menos pragmática, dieron un paso al costado. Y al mismo tiempo, los autores, las referentes más importantes que empezaron en los márgenes y hoy están en el centro ocupan una posición de poder. Laje desde la Fundación Libre que tenía en 2011 al actual Laje de la Fundación Faro. Éste es un espacio que recauda mucho dinero y él es su cara visible. Hay una situación ahí de poder que cambia la ecuación.
—¿Cómo ves el triunfo de Lula porque su partido se apoyó en herramientas, como las redes de internet que venían usando la derecha?
Sobre el triunfo de Lula en las elecciones del pasado domingo y la campaña o la estrategia en redes que desarrollaron sus militantes. Primero, me pareció superinteresante lo que sucedió. Lo que sí tendría para decir es que las ideas no bajan de arriba para abajo, sino todo lo contrario. Por lo menos en la experiencia que pude investigar en la Argentina, no es que las ideas de Laje o de Márquez se proponen y la gente las recibe acríticamente, sino que lo que encontré fue una estructura de acogida, de acuerdo a lo que propone Pablo Semán. Es decir que hay espacio para que estas ideas sean fructíferas y hayan resultado.
Entonces, por eso los triunfos electorales no se explican solamente por campañas, sino también por movimientos previos más profundos que ya sucedían y que quizás una estrategia digital acertada viene a dar cuenta de una posibilidad o de un potencial que ya existía. No sé si me explico. Al triunfo de Lula no lo explicaría solamente por la estrategia digital. Quizás sí claramente llegó a lugares que la campaña en primera vuelta no había llegado, por la participación más masiva. No sé si eso cambió tanto la intención de voto, pero sí por la participación de quienes no habían votado o no habían ido a votar y lo hicieron el domingo pasado. Y también se debe destacar esto mismo como un canal participativo sin tantas interferencias, que es algo que el mileísmo también captó muy bien. Más allá de la campaña, lo que quiero decir es el modo de comunicarse, de vivir y de participar en el entorno digital, que es parte de la vida cotidiana de todas las personas. Eso es lo que el mileísmo captó muy bien, el bolsonarismo en su primera etapa también y ahora, por suerte, el lulismo también. Y por eso resultó exitoso. Pero no me quedaría solamente con la campaña digital porque si no sería muy compartimentada la mirada sobre la política. Una buena campaña gana una elección, pero la vida cotidiana y el entorno de lo online y lo off line son preexistentes a esa campaña.
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