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Fiebre

Carlos Gabriel Sacchetti

Muchas veces en nuestras vidas  nos toca pelear batallas extrañas, quizás inverosímiles desde la mirada de otro. Batallas contra ese “enemigo interno” que nos acecha desde nuestros temores. Algunos no le dan importancia, vencedores de antemano. Otros luchan años con las herramientas más variadas terapias: biodecodificación, yoga, y demás ciencias, y logran salir adelante. En mi caso particular tengo bien claro de quién se trata el enemigo, pero sé también que no puedo vencerlo, al menos hasta ahora. Hablo ni más ni menos que de la fiebre.

Siempre fue así. De pibe, en casa lo toleraban, pero cuando llegué a la adolescencia, mamá lisa y llanamente se burlaba de mí. “Carli está en trabajo de parto, tiene treinta y siete de fiebre” decía, riéndose con Gus, mi hermano menor. Humillante.

Traten de comprender. Para mí la fiebre no es broma. No es sólo el malestar o el dolor. Por supuesto que no es eso. Cualquiera  sale a trabajar dolorido, con la pierna partida al medio de jugar al fútbol, o con  la resaca de tinto de la noche anterior. Pero con fiebre es otra cosa. No puedo decir que lo he intentado todo, porque mentiría. Simplemente cuando el mercurio alcanza ese fatídico numerito, el 37, me rindo. Quedo totalmente exonerado de cualquier acción posible. Para lo único que me ha servido esa postura de observador inmóvil, de mosca en la tela de araña, es para detectar su llegada pero lamentablemente nunca para  superarla. Es mi Némesis, un Rubicón que inevitablemente cruzo inerme todas la ocasiones.
Claro que, después de tantos años de sufrirla en soledad– porque cuando tenés fiebre, siempre estás solo– al menos he intentado comprender lo que sucede en mí. Así que empecé a clasificar sus fases. Las primeras son más claras porque las recuerdo vívidamente, en las otras estoy trabajando ahora, solo aquí en mi cuarto, este miércoles 22 de mayo de 2024.

Primero llega la melancolía agazapada, escondida tras el cansancio. Esta es la fase uno, “los treinta y siete del Carli”.  Ese es el momento donde me conmuevo escuchando a Melody Gardot  o viendo videos de gatitos. Es cuando mis hijos me preguntan si necesito algo, sus frases terminan con un “te amo Pa”, y lloro .Qué bellos son mis hijos!

Entra Fran por quinta vez al cuarto a decirme que me ama. Insoportable. La temperatura sube, debo andar por los treinta y ocho. Fase 2. Y  me lo cuento porque no puedo escribir por los temblores y chuchos de frío que  me tienen prisionero bajo las frazadas. Repito las palabras como una letanía para recordarlas, para rescatarme antes de caer al abismo.

Empiezo a perder el registro de las cosas. Cierro fuertemente los ojos  para grabar  las palabras en mi mente. Porque cuando aprieto los ojos las palabras se imprimen dentro de mis párpados. Cuando baje la fiebre, cerraré lo ojos y las leeré tranquilo. Anoto Fase tres. Temperatura desconocida. No puedo moverme. Me doy cuenta que las palabras se caen de mis ojos, no presioné lo suficiente. Tengo que encontrar un método para no perderlas, sino la fiebre como siempre me las quitará y se las llevará, y nunca sabré que sucedió. Sé que ella se las lleva, no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas. (Esta frase la apretaré con otro color,  flúo, así será más fácil de encontrar). Tengo este bolsito, ¿de dónde salió? No importa, me viene genial. Meto las palabras acá y listo.¿ En qué fase estoy?  Quiero revisar mi bolso, pero como estoy volando a gran altura en mi frazada sobre Buenos Aires, no quisiera que se me vuele. ¿Ya estaré delirando?

Sea lo que fuere lo que me pasa, a nadie le importa. Cuando aterrizo con mi frazada de tigre en este estadio están todos enardecidos bajo las luces candentes, rugiendo y babeando. Nadie se fija en mí. Siento un calor agobiante, proviene de una gigantesca fogata de libros bien a la derecha de donde estoy ubicado. Un ente con cabeza de león se abalanza sobre mí, me clava alfileres en la espalda y me tira hielo en los pies al grito de “¡no la ves!”. No entiendo nada. Un enano disfrazado de atún me roba el bolsito de palabras, no lo puedo seguir porque tengo los pies helados. El murmullo crece, me falta el aire. Siento que la fiebre me va a matar, su presencia me resulta insoportable.  “Maldito estado febril” grito, desesperado. El público me vitorea y repite enardecido: “¡maldito estado, maldito estado!”.  Me levantan en andas, clavando aún más los alfileres en mi cuerpo me depositan en un jergón al costado del escenario, inmóvil de hielo, frazadas, alfileres y horror. Si me viera mi vieja, ya no se burlaría.
En ese momento, el público nuevamente estalla en gritos, fuego y alaridos por todas partes. Pero yo sólo siento  frío, y una soledad abismal.

Cuando el señor de chaqueta negra empieza a cantar, me doy cuenta que estoy en Fase 4.

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