El martes se abrieron las puertas de “Casa Páez”, una serie de conciertos íntimos de Fito en Rosario; tres shows en teatros históricos, sinfónico en el Teatro El Círculo, piano solo el jueves en el Teatro Fundación Astengo y “Novela” el viernes 13 nuevamente en El Círculo, y un cierre gratuito en el Monumento a la Bandera el domingo 15. Un concepto, 3 escenarios, 4 conciertos, 4 repertorios, muchos ensayos, decisiones y canciones
Fito Paez en el Teatro el Cículo/ fotógrafo Guido Adler
Por Lola Cattaneo/Especial para El Ciudadano
Casa Páez nace de un vínculo renovado con la ciudad. El diciembre pasado, Fito recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Rosario, un reconocimiento que volvió a poner en primer plano su relación con Rosario y su historia cultural. De ese gesto, surge la idea de estos conciertos: un ciclo pensado especialmente para Rosario, una semana para volver a tocar en su ciudad, ocupar distintos escenarios, cumplir los años, y abrir su próxima gira internacional: “Sale el sol”
19:25. Aún temprano, en la esquina de Mendoza y Laprida, donde se ubica el Teatro El Círculo, hay una bandera colgada del kiosco de diarios que dice: Caravana Paez. Una hora después, la vereda está llena, hay gente haciendo fila para ver al artista que convirtió a Rosario en canción.
El teatro es imponente. Las alfombras rojas, las luces cálidas, y las estatuas del Teatro El Círculo representan el respeto y la formalidad que se le deben atribuir a una noche como esta. En este teatro hace más de cuarenta años, el 7 de septiembre de 1984, Rodolfo Páez presentó “Del 63”, su disco debut. Hoy regresa física y simbólicamente al lugar donde comenzó todo.
En el palco 17 descansa una partitura abierta sobre la baranda de terciopelo. El teatro se llena lentamente. Una clase de música está por empezar.
Pasadas las 21, la Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario, la “Orquesta Casa Páez”, como él la nombra, se coloca en su lugar. Doce violines al frente, vientos atrás, contrabajo, batería, dos pianos y chelos. Un minuto después, con saco y pantalón negros, remera y zapatillas blancas, gafas y pelo despeinado, Páez aparece, ovacionado por un público que está abierto a la escucha de oídos y de corazón.
Fito marca el tempo con la pierna derecha. Está concentrado, atento y visiblemente conmovido. Lo blanquea; la charla atraviesa la noche. Cuenta las canciones, las presenta, explica de dónde vienen y hacia dónde van; cómo aparecieron las armonías, las melodías y las letras. Lo hace sin solemnidad, adjudicando conocimiento a los concurrentes, como si en ese teatro todos comprendieran de qué arreglos de Mozart habla cuando los vincula con su canción “Ambar Violeta”.
Habla del panorama mundial y de la música como lenguaje “Acá se construye, acá no se odia, acá se ama”; y explica que, con casi 63 años, vuelve otra vez a “poner un ladrillo de construcción y de amor para estar en el mundo”.
Después de los primeros tres temas, “Romance de La Pena Negra”, “Y Dale Alegría a mi Corazón” y “Cadáver Exquisito” (este último con el formato sinfónico incrustado en su anatomía) empieza “11 y 6”. El arreglo del comienzo es inconfundible, los vientos toman
protagonismo.
En “Te recuerdo Amanda”, de Víctor Jara (el primer cover de la noche), el piano comienza solo. Fito delega las teclas a otras manos; en la tercera estrofa comienzan a sonar, con cuidado, los vientos; después las cuerdas, y al llegar el último “te recuerdo Amanda…”, Fito
vuelve a estar mano a mano con el piano antes que la orquesta cierre, in crescendo, la canción.
“Tumbas de la Gloria” funciona tan bien que parece haber nacido para el formato orquesta: los violines trabajan en staccato, jugando con armónicos que tensan el aire del teatro. Hay contratiempos, pequeñas disonancias, una arquitectura musical minuciosa. El arreglo —explica Fito— es de Gerardo Gandini, músico, docente y compositor a quien recuerda con admiración. Su mención funciona como un puente hacia “Canción para mi muerte”, de Sui Generis, y una versión que contiene otro arreglo del destacado compositor. Primero entran
las cuerdas, después el piano queda solo en “quisiera saber tu nombre…”, y finalmente la orquesta completa el paisaje sonoro. Más que una interpretación, parece una conversación entre generaciones de la música argentina.
Llega “Carabelas de la nada”. Antes de empezar a cantar, Páez se detiene para, de nuevo, charlar. “me tengo que cuidar porque me voy a emocionar, y cuando te emocionás mucho no podés cantar”. Desde la platea alguien le grita “¡genio!” y él responde rápido: “no, genio no…
genio era Sabin, que descubrió la vacuna”. Con sus palabras, ahora, comienza a dibujar la canción. Cuenta que la escribió en el centro de Buenos Aires, “entre los fuelles de Piazzolla y Troilo”, con un libro de Chico Buarque dando vueltas por la cocina. Venía de una noche, ya
mañana, agitada cuando tiró los lentes sobre la mesa que quedaron apoyados sobre la caraplateada de la tapa del libro. “Cuando volví y vi la imagen —dice— parecía un Chico punk”.
De ese accidente visual, en medio de la juventud, los excesos y la ciudad, nació la canción que la orquesta empieza a desplegar segundos después. “Naturaleza sangre” con cuerdas violentas; “Dar es Dar” a coro con el público; “Construcción” como “un monte Everest” según Fito, una canción en la que el señor Chico Buarque “cambia la forma de encarar el género” , una de las composiciones más influyentes
de la música popular brasileña. La sensación es clara: la orquesta le da a la letra el detalle que faltaba para transformarlas en película.
Después de “Ciudad de pobres corazones”, Fito se retira del escenario. El teatro queda en silencio durante 5 segundos y luego comienza a aplaudir. Cuando vuelve, lo hace sin micrófono. Canta “Yo vengo a ofrecer mi corazón” a capella. Antes del último estribillo, Páez
escucha el silencio de un teatro lleno. Cuando la canción termina, la ovación ocupa el espacio.
El cierre llega con “Mariposa Tecknicolor”. Aparece arengue, energía, un público que canta de pie. La modulación final parece empujar al teatro entero hacia el aplauso. Fito termina; se queda unos segundos más en el escenario. Respira, mira al público, agradece a la orquesta,
saluda y se va.
Es preciso tomarse unos minutos de silencio después de salir del teatro. Sorprende, sobre todo, la inquietud intacta de Fito Páez: un artista que, después de más de cuarenta años de trayectoria, no se queda en su zona de confort y se aleja por una noche de su banda para
sentarse al piano junto a la Orquesta de su ciudad y volver a desarmar y construir sus propias canciones desde otro lugar. Canciones que siguen vivas porque su autor también lo está; porque Fito hace que cambien de forma, que dialoguen y se pregunta qué pueden ser
hoy. Esa apuesta hace que el repertorio no sea un gesto de nostalgia, sino una obra que aún estando consolidada, sigue en movimiento.
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