Miguel Passarini
“La práctica viva del teatro de Gabriel Chamé Buendía supera lo territorial. Este singular artista argentino ha desarrollado un fecundo camino europeo. El suyo es un teatro que expande fronteras. Un teatro del mundo”. Así define atinadamente al artista, en uno de sus pasajes, un extenso dossier que detalla una carrera plagada de éxitos con una serie de materiales que sin verse forzados a romper con la tradición que les dio origen, dialogan con el presente y encuentran los puentes necesarios como para acercarse el público.
Chamé vuelve a Rosario este fin de semana con Medida por medida, una de las comedias oscuras de Shakespeere, bajo su mirada mordaz, y como lo hace habitualmente, la tradujo, adaptó y dirigió bajo la misma lógica de Othelo (termina mal) que se vio el año pasado en el mismo escenario, el del Teatro Municipal La Comedia.

Con el trabajo en escena de Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás Gentile, Agustín Soler y Marilyn Petito, al frente de un gran equipo artístico y técnico, la propuesta, que recientemente cerró la 21ª edición del Festival de Teatro de Rafaela, se presenta este domingo en la sala de Mitre y Ricardone, al menos por el momento, con una única función.
La obra cuenta la historia del Duque Vincentio de Viena, quien se ha dedicado más a su desarrollo espiritual que a gobernar, lo que trae el material al presente de una forma contundente. Así, descubre que su pueblo sufre una decadencia moral pero, sintiéndose incapaz de poner orden, decide anunciar un viaje y dejar en su cargo a Ángelo, a quien valora por su intachable conducta y rigidez. Sin embargo, en lugar de viajar, el Duque se disfraza de fraile y observa el accionar de Ángelo y de su pueblo.
“En Medida por medida se profundiza acerca de las problemáticas universales de la naturaleza humana. El espectáculo explora en la naturaleza moral del hombre en relación con la justicia humana y el vicio. Además, invita a la reflexión sobre la ley, la corrupción y la religión. Es así que la pieza dramática oscila entre lo ético, lo sexual y el poder, contrastando la conciencia y el instinto. En ese sentido, la mujer ocupa un lugar central con un tema muy actual: el abuso de poder en lo político y en lo sexual”, adelantan.
—Suele haber una tendencia a solemnizar los clásicos ¿Cómo se combate esa distancia, que también conlleva algo de prejuicio, con un autor como Shakespeare?
—Es terrible cómo se suele solemnizar a Shakespeare cuando, en realidad, en su época él y sus contemporáneos, desde Cervantes hasta Lope de Vega, eran gente del teatro popular. Eran creadores que buscaban conectar con el público, hacer pensar y modificar la mentalidad de las personas. Eran artistas cercanos a la gente. Sin embargo, el poder cultural y económico los ha puesto en un pedestal inaccesible. De allí que mi punto de partida siempre busca derribar eso. Cuando encaro una obra, me siento frente a la computadora con las versiones en inglés, francés y múltiples traducciones al español para elaborar mi propia versión que siempre tiene mucho de argentina. Busco un lenguaje claro, cotidiano y directo, sin modismos peninsulares como el “vosotros” ni pasados compuestos innecesarios, pero cuidando siempre las imágenes poéticas. Realizo una labor de síntesis textual, no así de escenas, para pasar de una lectura de tres horas a una de una hora y cuarto. Y eso se traduce después en un espectáculo de casi dos horas. Desde esa limpieza inicial empiezo a construir cada escena de la obra.
—Tus espectáculos suelen vincularse al universo del clown, pero en tus puestas hay un trabajo muy riguroso con el texto ¿Cómo conviven el lenguaje del clown y la dramaturgia clásica?
—El clown es un concepto histórico y también un lenguaje, no una etiqueta rígida. A veces me molesta que encasillen lo que hago como “clowning” (payasadas) en lugar de verlo como el hecho artístico de un creador que desarrolla su propio lenguaje. El clown ha sido una herramienta fundamental para encontrar mi voz, pero en el escenario hago Shakespeare al ciento por ciento. El texto está ahí; la libertad viene después. Si observamos a los grandes directores internacionales, como Peter Brook, Ariane Mnouchkine, Robert Lepage o Bob Wilson, ninguno hizo o hace Shakespeare de la forma convencional. Todos despliegan su propia investigación teatral a través de él. Mi trabajo va por el mismo camino. El humor visual, el teatro físico y la técnica del clown matizan a la perfección con la dramaturgia shakesperiana porque el texto lo permite: son grandes historias populares, con acciones dramáticas sumamente claras que habilitan un juego imaginativo enorme. Como las obras de esta época no tienen la psicología moderna ni la ambigüedad contemporánea, la acción cómica avanza a todo trapo.
—A propósito de la improvisación y el juego actoral en escena, ¿cuánta libertad real hay función a función?
—No existe una libertad absoluta para hacer cualquier cosa en cualquier momento. Si ocurre un accidente en la sala, algo con las luces o una reacción inesperada del público, por supuesto que lo tomamos y jugamos en el presente. Pero buscar deliberadamente la novedad espontánea cada día termina arruinando el espectáculo. El público va a ver esa obra, no otra. Grandes referentes como Les Luthiers o Charles Chaplin no improvisaban al azar: tenían una precisión milimétrica y repetían la estructura a la perfección.
—“Medida por medida” es una de las comedias oscuras o complejas de Shakespeare ¿Qué te atrajo particularmente de esta pieza?
—Es una obra que me impresionó durante años. Lo primero que me atrapó fue su dimensión marcadamente feminista. Retrata a una mujer que toma la decisión radical de no entregar su cuerpo ni su sexualidad a un hombre, ni siquiera para salvar la vida de su hermano. En una época donde las opciones para las mujeres eran sumamente reducidas, por ejemplo ser esposa, monja o prostituta, su resolución de meterse en un convento y priorizar su propia integridad es una postura política enorme. No lo decide desde la insensibilidad, sino desde un conflicto profundo. Por otro lado, cuando empezamos a ensayar a principios de 2023, la coyuntura política y social le dio un relieve inesperado a la obra. El personaje de Ángelo, el gobernante corrupto y represor, se multiplicó en significado frente al contexto del país. Shakespeare nos regaló una vigencia impresionante: habla de la corrupción del poder, de la hipocresía moral y de la represión. En Inglaterra, estas obras suelen montarse con una solemnidad trágica que las vuelve aburridas; yo preferí potenciar la comedia y el delirio payasesco sin perder la crítica de fondo.

—¿Cómo es la cocina de la puesta en escena y el trabajo cotidiano con el elenco para lograr trabajos de tanta creatividad y precisión?
—Mi proceso es artesanal y muy detallista. Trabajo desde mi lugar de actor y comediante, no desde la intelectualidad teórica de un director distante. En los ensayos me paro al lado del actor y le transmito corporalmente la energía, el ritmo y la métrica que requiere cada escena. Al principio, los actores suelen estar perdidos con el texto o con el tono del código visual. Mi rol es abrir un mecanismo para extraer el talento que ellos mismos muchas veces no saben que tienen. Busco llevar la estupidez y el juego al límite para rescatar las genialidades que van apareciendo, las cuales anoto y registro minuciosamente. Y el otro pilar fundamental es el objeto. Mi relación con los objetos en escena es casi la misma que tengo con un actor; la puesta se concreta definitivamente cuando defino qué tipo de acciones físicas van a realizar con ellos. Me nutro de la idea del “espacio vacío” de Peter Brook: no le das todo servido al espectador, sino que buscamos mantener activa su imaginación.

—Se nota una búsqueda rítmica casi musical en el montaje…
—Es que el teatro se construye sobre el manejo del tiempo escénico. El montaje es como escribir una partitura con el cuerpo de los actores y los objetos. Al principio puede sentirse como una exigencia abrumadora para el elenco por la cantidad de marcaciones precisas que conlleva cada puesta. Pero cuando lo aplican en escena y escuchan la reacción y la risa del público, entienden la efectividad del mecanismo. Aun con la obra estrenada, sigo dando devoluciones detalladas en cada función para ajustar el ritmo, los remates y la velocidad. El afinar ese engranaje entre la partitura del espectáculo y la destreza del actor es lo que hace que la experiencia escénica sea viva, potente y generosa. Mi objetivo estético y político es sencillo: que la gente se ría, piense y salga del teatro en un estado de felicidad y vitalidad.

Para agendar
Medida por medida, clásico de Shakespeere en versión de Gabriel Chamé Buendía, llega a Rosario este domingo 16 de agosto, para presentarse desde las 20.30 en el Teatro Municipal La Comedia (Mitre y Ricardone). Las entradas se encuentran a la venta en la boletería de la sala en horarios habituales o bien de forma online ACÁ.