Treinta años después, la escena resulta tan improbable como reveladora. En las tribunas del Mundial 2026, entre banderas argentinas, camisetas celestes y blancas y canciones dedicadas a Lionel Messi y Diego Maradona, volvía a escucharse una melodía que había nacido mucho antes de que buena parte de esos hinchas llegara al mundo. “La cuarta estrella”, uno de los temas que acompañaron a la Selección argentina durante la Copa del Mundo, recuperaba el ritmo de “No me arrepiento de este amor”, el mayor clásico de Gilda.

La canción escrita por Pablo Quintana, conocido como Palmito Música, circuló entre los hinchas, se escuchó en los banderazos y las tribunas y hasta fue cantada por futbolistas argentinos en el vestuario. La letra hablaba de Maradona, Messi, Malvinas y el sueño de una nueva estrella. La música, sin embargo, remitía directamente a aquella cantante de vestidos floreados que en la primera mitad de los años 90 había conseguido abrirse camino en el universo de la cumbia.

Quizás pocas imágenes expliquen mejor la dimensión que alcanzó su legado. Gilda murió el 7 de septiembre de 1996, a los 34 años. Este lunes se cumplen tres décadas de aquel accidente que terminó con su vida cuando estaba en pleno ascenso artístico. Pero su música no sólo sobrevivió: abandonó definitivamente las fronteras de la movida tropical, pasó al rock, al pop, al cine, a los libros y a las canchas de fútbol. Y su figura atravesó incluso los límites de la música para ingresar en otro territorio, mucho más difícil de explicar: el de la religiosidad popular. Miriam Alejandra Bianchi terminó convertida en Gilda. Y Gilda, después de su muerte, en “Santa Gilda”.

La historia había comenzado lejos de las bailantas. Miriam Alejandra Bianchi nació el 11 de octubre de 1961 y creció en Villa Devoto, en la ciudad de Buenos Aires, dentro de una familia de clase media. Pasó por una escuela católica y estudió para ser maestra jardinera. También inició el profesorado de Educación Física. La muerte de su padre, a fines de los años 70, alteró esos planes. Miriam tuvo que trabajar para colaborar con la economía familiar y finalmente ejerció como maestra jardinera. Se casó, tuvo dos hijos, Mariel y Fabrizio, y durante años llevó una vida que parecía bastante alejada de la posibilidad de convertirse en una estrella de la música popular.

Gilda, la maestra jardinera que revolucionó la música tropical.

Pero la música estaba allí desde mucho antes. De chica había tomado clases de baile y con el tiempo se había acercado a la cumbia, un género que en la Argentina todavía cargaba con fuertes prejuicios sociales. Llegada desde Colombia décadas antes y transformada luego por las distintas escenas locales, la cumbia había encontrado un enorme público en los sectores populares, mientras las bailantas se multiplicaban y aparecían variantes con identidad propia.

A comienzos de los 90, Miriam decidió responder a un aviso que buscaba cantantes. Consiguió un lugar y comenzó a presentarse mientras todavía conservaba su trabajo. La elección implicaba desafiar las expectativas de su entorno y, según distintos relatos sobre su vida, también provocó conflictos en su matrimonio. En 1992 dejó definitivamente la docencia para apostar por la música. Junto con Juan Carlos “Toti” Giménez, tecladista, compositor y productor que tendría un papel decisivo en su carrera, empezó a construir el fenómeno Gilda. Lo sorprendente es la velocidad con la que ocurrió todo. Entre el inicio de su carrera discográfica y su muerte transcurrieron apenas cuatro años.

Gilda, una mujer en un mundo de hombres

Gilda apareció en una escena tropical fuertemente dominada por varones y encontró una manera propia de habitarla. No respondía por completo a los modelos femeninos que circulaban en las bailantas de aquellos años. Su imagen, asociada a los vestidos estampados y floridos, era menos sexualizada que la de otras figuras de la época, mientras sus canciones construían otra forma de identificación con el público femenino.

La joven se abrió camino en un mundo dominado por hombres.
Foto: Crónica

Cantaba al amor, pero también al desamor, las separaciones, la decepción, el deseo y la posibilidad de seguir adelante. En sus letras había vulnerabilidad, pero no necesariamente resignación. “No me arrepiento de este amor” condensó como pocas canciones esa sensibilidad: amar podía costar el corazón y, aun así, no había motivo para arrepentirse. Lanzada en los años 90, terminó convertida en una de esas composiciones que ya no necesitan pertenecer a una época ni a un género.

A ella se sumaron “Corazón valiente”, “Fuiste”, “No es mi despedida” y “Paisaje”, entre otras canciones que siguieron sonando mucho después de la desaparición de su intérprete. Su carrera crecía, los shows se multiplicaban y Gilda trabajaba en nuevas canciones cuando llegó el 7 de septiembre de 1996.

Ese día viajaba hacia Chajarí, Entre Ríos, para presentarse con su banda. El micro en el que se trasladaban chocó contra un camión a la altura del kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12. Murieron siete personas. Entre ellas estaban Gilda; su madre, Tita; su hija Mariel, de 10 años; tres músicos de su banda y el chofer. La muerte interrumpió una carrera que apenas había empezado. Paradójicamente, también marcó el comienzo de una expansión de su obra que probablemente nadie hubiera podido anticipar.

Seis meses después del accidente apareció Entre el cielo y la tierra, el primero de una extensa serie de lanzamientos póstumos, recopilaciones, reediciones y compilados. Pero el fenómeno más significativo no fue solamente comercial. Las canciones de Gilda empezaron a ser apropiadas por músicos que venían de universos que, durante buena parte de los años 90, parecían muy alejados de la cumbia.

La foto de Silvio Fabrykant que se volvió icónica

Attaque 77 convirtió “No me arrepiento de este amor” en una canción de rock y su versión se transformó a su vez en un clásico. Vicentico hizo suya “Paisaje”. Leo García fue otro de los artistas que se acercó a su repertorio. También lo hicieron músicos y cantantes de distintos géneros y generaciones. La circulación de las canciones de Gilda por el rock y el pop ayudó a derribar fronteras.

El proceso continuó con el paso del tiempo. Sus temas llegaron a las tribunas de River, Racing, Rosario Central y Quilmes, entre otros clubes, transformados en cánticos de cancha. Y treinta años después de su muerte, “No me arrepiento de este amor” volvió a mutar para acompañar a la Selección argentina en el Mundial.

Gilda en la pantalla y en los libros

La historia de Miriam Bianchi también encontró otras formas de permanecer. En 2012, el periodista Alejandro Margulis publicó Gilda, la abanderada de la bailanta, una biografía que reconstruyó su vida y el fenómeno generado alrededor de ella. En 2016, al cumplirse veinte años de su muerte, llegó uno de los mayores impulsos para que nuevas generaciones se acercaran a su figura. Natalia Oreiro protagonizó Gilda, no me arrepiento de este amor, dirigida por Lorena Muñoz. La película recorrió desde la vida familiar de Miriam hasta su transformación en una de las artistas más populares de la Argentina.

Ese mismo año su historia llegó también a la colección infantil Antiprincesas, que recuperó su recorrido desde una perspectiva centrada en la autonomía de una mujer que se animó a abandonar el camino que parecía trazado para perseguir su vocación. Su biografía ofrecía, ciertamente, todos los elementos para esa lectura: una maestra jardinera, casada y con dos hijos que, ya adulta, decidió empezar de nuevo y entrar en un mundo que no parecía destinado para ella.

La transformación de la cantante en objeto de devoción popular fue abordada el año pasado por el documental La imagen santa, de Pablo Montllau, que indaga en la fe construida alrededor de Gilda a partir de una fotografía que terminó adquiriendo un significado impensado. Se trata del retrato realizado por Silvio Fabrykant para la tapa de Corazón valiente: una imagen concebida originalmente como parte de la promoción comercial del disco que, después de la muerte de la cantante, comenzó a reproducirse en estampitas y altares hasta convertirse en el rostro de “Santa Gilda”.

Y es que seguidores de Gilda empezaron a atribuirle hechos extraordinarios, curaciones y favores que consideraban imposibles de explicar de otra manera. No existen pruebas que permitan comprobar esos episodios. Pero la lógica de los santos populares no depende de una certificación institucional. Se construye de abajo hacia arriba, a través de relatos transmitidos entre personas, promesas, pedidos y agradecimientos.

El lugar de la Ruta 12 donde ocurrió el accidente terminó convertido en un santuario. Allí comenzaron a acumularse fotografías, flores, velas, cartas, estampitas, pedidos y agradecimientos. Para una parte de sus seguidores dejó de ser únicamente la cantante a la que admiraban. Se convirtió en una intermediaria capaz de conceder favores. Así nació “Santa Gilda”.