Por: Santiago Baraldi
«Oficio noble y bizarro, entre todos el primero. Pues en las artes del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre su primer cacharro” reza el cartel de ingreso al mundo de Rubén Winkler, dueño del horno más antiguo de la ciudad, que hace 135 años cocina los más variados objetos realizados en arcilla. “Rosario creció en derredor de este horno”, dice orgulloso su actual dueño, quien lo sigue alimentando a leña de algarrobo como lo hacía el primer propietario, el italiano Hércules Antonietti. Así nació, en 1876, el taller de alfarería artística de nuestra ciudad, ubicado entonces en la calle Comercio, hoy Laprida, entre Ituzaingo y Cerrito, conocido por entonces como Alfarería Nacional, y desde los años 60 como Alfarería Laprida y hoy negocio declarado de Interés Municipal. En los desvencijados estantes del viejo galpón se apiñan infinidad de macetas, vasijas y hasta instrumentos musicales que modela Winkler con sus manos con la ayuda del torno que le dejara su padre.
— ¿Cómo fue que alfareros europeos eligieron a Rosario para venir a trabajar?
— En aquellos años la ciudad eran 20 manzanas. Los Antonietti eran una familia con tradición en la alfarería y se asientan aquí por la buena arcilla que teníamos. En este mismo galpón se instaló el horno que nosotros hoy lo seguimos usando de la misma manera, a leña. En 1870 se sacaba la tierra a un metro de profundidad, y los cacharros que se rompían los tiraban en esos huecos que dejaban, es decir que había una historia sepultada en estos suelos y hemos encontrado cacerolas, sartenes o ladrillos que se fabricaban con el sello de Nacional. Aun conservamos algunas de esas cosas. Ellos apuntaron a Rosario por las calidad de las arcillas que hay en la zona, hay algunas que tienen más cal o mica y no es fácil de trabajar, se degrada, cuando van al horno las piezas se quiebran. En nuestra zona hay arcillas muy puras que se pueden cocinar hasta una temperatura de 1040º, hace que esas piezas duren una eternidad.
— ¿Usted aprendió el oficio aquí?
— Nosotros somos de origen austríaco, mi abuelo llegó a Viena y falleció muy joven, Mi padre a los siete años aprendió el oficio con un alfarero de la zona y venía aquí a cocinar sus objetos, en este horno y no se fue más. Trabajó junto a los italianos y, en la década del 40, una de las viudas le vendió la propiedad. Cuando se instaló el segundo horno yo tenía cinco años y supe siempre que iba a ser alfarero. Que iba a seguir la tradición de los viejos alfareros europeos y aportando con creatividad novedades para no trabajar siempre con modelos lisos, hacer cosas originales, agregando detalles y ornamentación al objeto que hace que se enriquezca el oficio. Hoy tengo tres hijos varones y uno de ellos trabaja conmigo. La idea es que la tradición continúe.
— ¿Además de la atención y venta al público, usted enseña el oficio?
— En Rosario el trabajo de alfarero está en extinción, somos pocos. Este lugar fue declarado de interés municipal. Vienen escuelas durante el año y tengo alumnos los fines de semana. Es importante que los chicos tengan contacto con la arcilla, el trabajo manual. Aquí se quedan hipnotizados cundo ven cómo trabajamos con el torno. El año pasado con la reinauguración del Savoy, contrataron a un chef italiano, Roberto Ottini, que venía de Nueva York. Había cocinado a Madonna, a Arnold Schwarzenegger, a Antonio Banderas, y vino a nuestro local para comprar cacerolas, cucharones y sartenes de arcilla porque resaltan el sabor de las especias.
— La demanda no es solo de macetas, ¿qué otros objetos hace?
— Tuve un maestro porcelanista que me enseñó a modelar por ejemplo cabezas de león o la efigie de Tutankamón, me hizo ingresar al mundo del arte, con influencia del estilo francés, me dio una apertura de laburo muy amplio que al día de hoy hacemos cosas originales o distintas, no sólo macetas o vasijas. Logramos que las tinajas tengan su carácter Hacemos jarras romanas o instrumentos de percusión, que se forran con cuero, o se les agrega agua para sacar distintos sonidos, como los derbakes árabes, el udu hindú o el yembe. También hacemos casitas para pájaros o bebederos para perros que mantienen el agua fresca, fuentes para el feng shui, faroles, candelabros, porta velas, máscaras, miles de modelos de macetas, floreros, decoración de interiores, piezas a pedido, faroles, candelabros, platos, ollas y fuentes, ánforas. Teniendo el manejo del material, es infinita la diversidad de objetos que se pueden hacer.
— ¿Cuál es el primer paso?
— Primero hay que tener sobre el torno la cantidad de arcilla para modelar el objeto que uno quiera. El torno puede ser patero o eléctrico, es una rueda pesada, con una velocidad permanente, de 150 revoluciones por minuto, es el giro exacto. Se coloca la arcilla, siempre con las manos húmedas y colocando agua al barro tratando que la fuerza centrífuga quede en el medio y ahí se comienza a modelar, luego con distintos utensilios se le agregan los detalles.
— ¿Cuánto tiempo pasa hasta que la pieza va al horno?
— Una vez que se hizo la pieza debe descansar un mes más o menos antes de ir al horno, porque si adentro el material quedó crudo, cuando sale la humedad, lo abraza el fuego y lo rompe. Tiene que ir muy despacio el trato del fuego.
— La atracción es el horno, con más de 130 años funcionando, ¿cada cuánto tiempo se lo pone a funcionar?
— El horno se prende una vez al mes, completo entran unas 500 piezas chicas. El horno chico, el más antiguo, demora dos días en prenderse y el grande cuatro. Cada tres horas hay que alimentar el fuego con leña de algarrobo, hasta que a los dos días llega a los 900º y convierte el material crudo en sólido. El secreto de la alfarería es el fuego, la cocción debe ser lenta, no hay que apurarlo porque se quiebran las piezas. Hay que saber distribuir el fuego y estar atentos de no pasarse con la temperatura, luego se deja enfriar durante un día antes de sacar los objetos. Nada de hornos industriales o eléctricos, solo a leña. El arte de la alfarería es el de manejar los fuegos. Uno puede hacer una pieza bellísima, pero si no la sabés cocinar estás listo. Es un oficio que necesita templanza, no hay apuros. Hace 50 años mi padre hacía los caños para los pueblos vecinos, cocidos a barro. Un trabajo bárbaro, porque había que pisar el barro, después llegó el plástico y se dejó de hacer, recuerdo que dio trabajo a mucha gente.
