María Andrea Fortunio*
En la actualidad, las pantallas —ya sean teléfonos, tablets, Smart TVs, PCs— forman parte inseparable de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes. Lo que en otro tiempo se veía como un complemento o una herramienta novedosa, hoy se ha convertido en un espacio fundamental donde se organizan sus horas, se concentra su atención y se moldean sus experiencias y aprendizajes. Este cambio profundo genera un desafío central para las familias y la sociedad: ¿cómo acompañamos, regulamos y cuidamos desde la adultez cuando lo digital está siempre presente y muchas veces interviene en las relaciones y en el desarrollo de las infancias?
Desde el punto de vista legal y de derechos, existen normativas claras y firmes que protegen a niñas, niños y adolescentes en este contexto. La Convención internacional sobre los Derechos del Niño, junto con leyes nacionales como la Ley N° 26.061 y la Ley 12.967 de la Provincia de Santa Fe, garantizan su derecho a un desarrollo integral, saludable y protegido, incluyendo su bienestar dentro de los espacios digitales. El Comité de Derechos del Niño, en su Observación General N° 25, establece sin ambigüedades que ningún entorno digital puede sustituir las interacciones humanas esenciales para el crecimiento y el aprendizaje. Pero estos principios y leyes, por más contundentes que sean, no alcanzan por sí solos si no se traducen en acciones concretas: hace falta que existan adultos presentes, que regulen, establezcan límites, enseñen y, sobre todo, cuiden día a día para que la infancia no quede absorbida ni aislada en un mundo digital vasto y muchas veces descontrolado.
Cuidado, vínculo y desarrollo: interacciones irremplazables
En la primera infancia, etapa crucial para el desarrollo neurológico y emocional, la evidencia científica es contundente: cuanto mayor es el tiempo de exposición a pantallas, menor suele ser el desarrollo cognitivo de niñas y niños. Investigaciones muestran que el uso intensivo de dispositivos digitales está asociado a un enlentecimiento en la adquisición de pautas madurativas fundamentales, tales como el lenguaje y la motricidad fina y gruesa. Más allá de estas afectaciones en el desarrollo, el uso excesivo de pantallas promueve hábitos sedentarios que repercuten negativamente en la salud física, alteran la regulación del sueño, incrementan la incidencia de miopía y pueden generar estados de sobreestimulación que obstaculizan la capacidad de atención y autorregulación emocional en los pequeños.
Estas consecuencias no son meros daños colaterales, sino manifestaciones directas de la ausencia o deficiencia del acompañamiento adulto, que debe priorizar la interacción humana directa, el juego activo y la comunicación cara a cara. Estudios neurocientíficos subrayan que la calidad del vínculo adulto-niño funciona como el auténtico diseño del desarrollo temprano, sosteniendo no sólo el aprendizaje sino también la capacidad para regular emociones y establecer relaciones. Así, ningún dispositivo digital, por más sofisticado que sea, puede ni debe reemplazar la mirada, el contacto y la respuesta afectiva constante de un adulto comprometido y disponible emocionalmente.
Segunda infancia y adolescencia: regulación y acompañamiento crítico
Cuando niñas, niños y adolescentes transitan las etapas de segunda infancia y adolescencia, el riesgo de desprotección digital se acentúa. Pasar largas horas inmersos en entornos digitales sin acompañamiento los expone a contenidos y dinámicas peligrosas como la pornografía algorítmica —contenidos explícitos que plataformas y aplicaciones introducen de manera progresiva y automática—, las apuestas online, el ciberbullying y el grooming. La constitución subjetiva durante esta etapa está en constante movimiento y construcción, por lo que adolescentes buscan activamente patrones, referentes y espacios de pertenencia que les ofrezcan aceptación y reconocimiento.
En esta búsqueda legítima, quedan vulnerables a redes de influencia y, a menudo, objetos de manipulación y abuso por parte de adultos o influencers que se aprovechan de su ingenuidad, inexperiencia y necesidad afectiva, llegando incluso a cometer delitos. Es ahí donde el rol del adulto cuidador cobra centralidad: debe estar presente, educar, prevenir y acompañar para alentar la construcción de una subjetividad sana y segura. Esto resulta indispensable no solo desde la ética del cuidado y también en cumplimiento con el marco normativo vigente, que establece la responsabilidad adulta de facilitar oportunidades para que niñas, niños y adolescentes crezcan y puedan desarrollarse integralmente en todos los ámbitos, sean físicos o virtuales.
Generar condiciones seguras, promover la comunicación abierta y enseñar estrategias para el manejo responsable del mundo digital son acciones fundamentales. A la vez, los adultos tienen la tarea de fomentar la autonomía progresiva, sin dejar de brindar el sostén necesario para que puedan tomar decisiones propias con confianza y seguridad, minimizando riesgos y potenciando el bienestar emocional y social a lo largo de su camino hacia la adultez.
Entornos seguros, protectores y respetuosos: un imperativo ético y político
La creación de entornos seguros, protectores y respetuosos para la infancia y adolescencia es un imperativo ético que trasciende la voluntad individual para convertirse en una responsabilidad política compartida. En este sentido, el Estado local juega un rol decisivo y protagónico, particularmente a través de las propuestas socioeducativas desplegadas por la Dirección General de Infancias y Familias en el territorio.
En los barrios, en los 45 Centros Cuidar distribuidos estratégicamente, el Estado rosarino pone en acto una gestión que va más allá de la mera regulación normativa o de la oferta de infraestructura. Allí se garantiza efectivamente el cuidado, el acceso a derechos y, fundamentalmente, el sostenimiento del lazo con las infancias; con un énfasis especial en los niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad social.
Este trabajo de proximidad se traduce en poner en valor el tiempo compartido y las experiencias vividas, la palabra dicha, el abrazo recibido, las emociones sentidas. Los Centros Cuidar no son espacios neutrales: son escenarios vivos donde el vínculo humano es el centro, y donde los adultos —profesionales comprometidos— acompañan con pleno protagonismo. Cantan, juegan, irrumpen en el universo del niño o niña proponiendo exploraciones sensibles a diversos lenguajes y territorios, estimulando la curiosidad y el aprendizaje a través del juego, la interacción y el afecto.
Estas acciones constituyen una definición clara de la gestión pública local: frenar, alejar, disminuir la penetración y tiempo de pantallas, el scroll constante, la atención dispersa en videos efímeros o reels que absorben sin enseñar. Se trata de un posicionamiento ético y político que reconoce la profundidad del desafío tecnológico, pero elige pugnar para que ese mundo digital no clausure el encuentro cara a cara, la subjetividad y el desarrollo emocional.
El acompañamiento en espacios protegidos, con la presencia viva de adultos sensibles y atentos, promueve la construcción de herramientas emocionales y sociales que ningún dispositivo puede generar. Así, ofrecer alternativas tangibles y concretas, donde el juego y la experiencia directa sean protagonistas, se erige en una de las formas más eficaces y necesarias de cuidar y proteger a las infancias.
Esta gestión pública activa refuerza decisivamente la idea de que cuidar no es sólo una responsabilidad individual de las familias, sino también un mandato social y político que debe concretarse en acciones diarias, materiales y afectivas dentro de la comunidad. Los 45 Centros Cuidar simbolizan este compromiso, espacios desde donde se fortalece la cultura del vínculo, la presencia y la palabra, para contrarrestar el creciente riesgo de aislamiento y soledad que el mundo digital, sin anclaje humano, puede imponer.
Recomendaciones: volver a lo esencial
Las guías de la OMS, la Academia Americana de Pediatría y UNICEF convergen en un mensaje central: no basta con limitar el tiempo que los niños pasan frente a las pantallas, sino que es necesario recuperar y ejercer con plena conciencia la presencia adulta. Esto implica estar disponibles emocionalmente; generar espacios de conversación genuina; sostener y promover el juego; acompañar responsablemente el uso digital; establecer límites claros; y, esencialmente, dar el ejemplo con el propio uso de la tecnología.
Pero por encima de todo, la recomendación más poderosa es este acto decisivo: elegir mirar al niño antes que a la pantalla.
De la norma al cuidado cotidiano: evitar el vacío digital
La regulación por sí sola, aunque necesaria, nunca será suficiente si no se traduce en hechos concretos, cotidianos, en la presencia diaria que sostiene a niñas, niños y adolescentes. Cada momento en la pantalla que ocurre sin vínculo es una oportunidad perdida. Cada ausencia adulta prolongada deja al niño sin herramientas para gestionar emociones, nombrar sus experiencias y conectarse con el entorno. Y, más aún, cada interacción que no sucede en el vínculo humano real no se recupera después.
La ciencia del desarrollo cognitivo y emocional es clara: en la infancia hay algo que no admite sustitutos ni reemplazos, la presencia concreta de un adulto que mira, escucha, habla y sostiene.
Conclusión: criar es estar
Criar en tiempos digitales es, por encima de todo, un acto político y ético: no se reduce a regular dispositivos ni a imponer horarios; es tomar posición, es decidir qué privilegios en la vida cotidiana. Ante pantallas que no se apagan, la pregunta central no es solamente qué hacen los chicos. La pregunta fundamental es otra: ¿dónde estamos los adultos cuando más nos necesitan? Responder con compromiso y presencia es la forma más genuina y efectiva de cuidar a las infancias, de construir entornos seguros y de garantizar derechos en el vasto y complejo mundo digital que atraviesan hoy.
*Directora General de Infancias y Familias/ Municipalidad de Rosario