Sociedad

Jürgen Habermas y la crisis de la civilización

"Un legado que parece valioso, pero que en verdad resulta insostenible para el mundo actual", dice el autor

Por Andrés Kogan Valderrama (#)

El reciente fallecimiento de Jürgen Habermas a los 96 años ha sido recibido con respeto y reconocimiento en distintos círculos académicos, progresistas y entre quienes hemos sido formados en teoría sociológica contemporánea con sus escritos. Por ello, su obra teórica resulta imprescindible para muchos y muchas, al proponer una filosofía política europea que intentó rescatar el proyecto moderno después de Auschwitz.

Dicha obra logró impulsar la razón comunicativa como alternativa a la racionalidad instrumental (centrada solo en la eficacia y el control), señalando que la razón no reside en un sujeto aislado, sino en el diálogo y el entendimiento mutuo entre personas que buscan un acuerdo libre de coacción mediante la esfera pública. Esto le permitió distinguir entre sistema y mundo de la vida, denunciando cómo el primero ha colonizado al segundo a través de estados autoritarios y lógicas neoliberales.

Sin embargo, desde el Sur global y desde una perspectiva descolonizadora,  ecológica y feminista, su legado puede leerse críticamente. La razón comunicativa de Habermas, por más interesante que parezca, permanece atrapada en dos límites estructurales que nunca logró superar: el eurocentrismo, el antropocentrismo y el patriarcado, los cuales nos han conducido a una crisis climática y de la civilización sin precedentes.

En cuanto al eurocentrismo, Habermas siempre defendió la modernidad como “proyecto incompleto” rescatable mediante procedimientos universales. Pero esa universalidad fue construida a través de la colonialidad, la cual presupone sujetos abstractos capaces de dialogar en igualdad, ignorando los procesos de racialización y la desigualdad colonial impuesta desde 1492.

Respecto al antropocentrismo, la razón comunicativa es profundamente humanista y especista: no hay reflexión planetaria sobre los animales no humanos, y mucho menos sobre el Antropoceno y los Derechos de la Naturaleza. Esto reproduce una mirada que no nos ayuda a construir alternativas sostenibles que consideren los límites de la Tierra, los cuales nos sitúan al borde del colapso.

Asimismo, Habermas nunca desarrolló una crítica radical a la civilización misma ni al patriarcado que la sostiene. Su defensa de la modernidad como proyecto inconcluso pasa por alto que la civilización es inherentemente patriarcal: la guerra, el militarismo y la jerarquía de género no son accidentes históricos, sino invenciones sistematizadas para reproducir el control masculino sobre cuerpos, territorios y bienes comunes.

Pero quizás lo más grave fue la negación de Habermas al genocidio en Gaza por parte del Estado de Israel. Con ello, su defensa de la racionalidad comunicativa, el mundo de la vida y los derechos humanos queda en entredicho, evidenciando su incapacidad de empatizar con el sufrimiento de miles de palestinos tras décadas de humillaciones, muertes y colonización llevadas a cabo por el sionismo.

El genocidio en Gaza no es solo una tragedia humanitaria: es la expresión más brutal de lógicas civilizatorias que Habermas nunca desmontó. Es el mismo patrón de poder que clasifica pueblos como prescindibles, que mercantiliza la vida y que convierte la “razón” en instrumento de dominación. Que el mayor defensor europeo de la deliberación democrática haya optado por no condenar —sino justificar— este horror revela los límites éticos y políticos de su marco teórico.

Dicho lo anterior, Habermas nos deja un legado que parece valioso, pero que en verdad resulta insostenible para el mundo actual. Su propuesta de racionalidad comunicativa, si quiere prosperar, debe volverse vital y situada: un diálogo no solo entre humanos, sino con la Tierra y con todos los pueblos oprimidos, dejando atrás una modernidad heredera de las grandes civilizaciones del pasado.

(#) Sociólogo / Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea / Diplomado en Masculinidades y Cambio Social

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