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La amazona de la libertad: Juana Azurduy y la revolución plebeya del Alto Perú

De liderar a miles de guerrilleros indígenas y recibir el sable de Manuel Belgrano, a morir en la pobreza absoluta el 25 de mayo de 1862. A 246 años de su nacimiento, un recorrido documental por la vida de la mujer que desafió al Imperio español en el Alto Perú y cuya reivindicación militar tardó más de un siglo en llegar

La historia de la emancipación sudamericana cuenta con figuras cuyo impacto militar transformó la geopolítica del continente, aunque la historiografía oficial demorara siglos en otorgarles su justa dimensión. Juana Azurduy de Padilla representa la síntesis del fervor plebeyo, indígena y mestizo que definió las revoluciones del Alto Perú. Desde el primer grito libertario en 1809 hasta su muerte en la indigencia en 1862, su trayectoria traza la parábola de una victoria militar continental combinada con un profundo olvido político institucional.

Orígenes

Juana Azurduy nació el 12 de julio de 1780 en Toroca, una población situada al norte de Potosí, en la región de Chuquisaca (perteneciente al Alto Perú, actual Estado Plurinacional de Bolivia). Fue hija de Matías Azurduy, un hacendado de buena posición económica con propiedades rurales en la región, y de Eulalia Bermúdez, una chola proveniente de Chuquisaca. Esta procedencia social y étnica le permitió criarse en un entorno bilingüe y multicultural, asimilando de primera mano las tareas del campo y el contacto fluido con las comunidades originarias, lo que derivó en su dominio fluido de las lenguas quichua y aymará.

Tras quedar huérfana a una edad temprana, su crianza y educación fueron confiadas a instituciones eclesiásticas, siendo ingresada en el Monasterio de Santa Teresa en Chuquisaca. No obstante, las crónicas coinciden en que su carácter indómito e indisciplinado frente al régimen monacal provocó su expulsión a los 17 años de edad, retornando a la administración de las propiedades familiares.

En 1802 contrajo matrimonio con Miguel Asencio Padilla, un estudiante de derecho e hijo de una familia con antiguos vínculos de amistad con los Azurduy. El matrimonio constituyó un núcleo familiar de cinco hijos: Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes y Luisa, cuyas vidas se verían trágicamente afectadas por las vicisitudes de las campañas bélicas revolucionarias.

Ilustración de revista Caras y Caretas.

Lucha Armada en el Alto Perú

El devenir público de los Padilla cambió radicalmente en 1809: el 25 de mayo se produjo la Revolución de Chuquisaca, considerada el primer estallido independentista de la región contra la Real Audiencia de Charcas, un levantamiento popular que terminó en una violenta represión. Tanto Juana como su esposo se incorporaron activamente a los denominados “ejércitos populares” y milicias criollas organizadas en el Alto Perú.

A partir de mayo de 1810, con la instauración de la Primera Junta en Buenos Aires, la región se transformó en el teatro de operaciones del Ejército Auxiliar del Perú. Los Padilla cooperaron activamente con los jefes revolucionarios rioplatenses Juan José Castelli y Antonio González Balcarce, alojándolos en sus propiedades previo al desastre militar de la Batalla de Huaqui en junio de 1811. Tras la victoria realista en dicho combate, las fuerzas imperiales españolas confiscaron de inmediato los bienes inmuebles y haciendas de los Padilla, forzando a la familia a entrar en la clandestinidad y a adoptar la táctica de la guerra de guerrillas o «revolución de las republiquetas».

El liderazgo militar de Juana Azurduy se consolidó mediante acciones directas de rescate y organización de milicias. Ante la captura de su esposo por las autoridades coloniales, Juana comandó un contingente de más de 300 combatientes indígenas que se infiltraron en Chuquisaca simulando ser pobladores locales. Mediante un asalto nocturno a la cárcel del Cabildo, neutralizaron a la guardia y lograron la liberación de Padilla.

Posteriormente, las fuerzas de Azurduy operaron bajo las directivas del general Manuel Belgrano. Participaron activamente en el Éxodo Jujeño y en las victorias de las batallas de Tucumán y Salta. Si bien durante la Batalla de Vilcapugio Juana permaneció asignada a tareas de retaguardia, su rol organizativo fue central. Tras la derrota patriota en la Batalla de Ayohuma, el creador de la bandera, en testimonio de profunda admiración y reconocimiento a su destreza militar, le obsequió su propio sable, un gesto de altísimo valor de reconocimiento en la tradición castrense de la época.

Reconocimiento militar

Juana Azurduy organizó un cuerpo de caballería irregular conocido históricamente como «Las Amazonas de la Libertad», compuesto por mujeres mestizas e indígenas dispuestas a combatir en la primera línea de fuego. Fuentes coetáneas confirman la dimensión de su influencia: el observador sueco Adam Graaner, quien recorrió la región del norte entre 1816 y 1817, constató en sus crónicas el liderazgo de «esa hermosa señora de veintiséis años que manda un grupo de cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca», si bien estimaciones logísticas paralelas indican que las redes de milicias organizadas por el matrimonio Padilla llegaron a movilizar de forma intermitente a cerca de diez mil efectivos indígenas armados con lanzas, arcos, flechas y fusiles capturados.

El 10 de febrero de 1816, Chuquisaca —en ese momento bajo control realista comandado por el coronel José Santos de La Hera— sufrió un asalto sorpresivo por parte de 3.700 milicianos bajo el mando del comandante Padilla. En el fragor del combate, el coronel La Hera, de 23 años de edad, identificó a Juana Azurduy en el campo de batalla y ordenó concentrar el fuego sobre ella, resultando muerto el caballo de la guerrera. Tras ser rescatada por sus oficiales, las fuerzas aliadas ejecutaron una retirada táctica hacia zonas protegidas por zanjas y espinos, donde infligieron una grave emboscada a los perseguidores realistas.

Fue en el marco de estas campañas —específicamente en la acción militar del Cerro de la Plata (a once leguas al oeste de Chuquisaca)— donde Juana Azurduy se abalancó personalmente sobre el abanderado de un regimiento español, arrebatándole el estandarte real mientras sus fuerzas ponían fin a la vida del oficial enemigo. Esta hazaña motivó el célebre parte militar enviado por Manuel Belgrano a Buenos Aires:

“Paso a mano de VE el diseño de la bandera que la amazona doña Juana Azurduy tomó en el Cerro de la Plata… El comandante Padilla calla que esta gloria pertenece a la nombrada, su esposa, por moderación; pero por conductos fidedignos, me consta que ella misma arrancó de las manos del abanderado este signo de tiranía a esfuerzos de su valor y de sus conocimientos de milicia”.

En consecuencia, tras su desempeño en el ataque del Cerro de Potosí, en agosto de 1816, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata decretó su ascenso al grado de Teniente Coronel en la división Decididos del Perú.

Frente de Güemes

El costo personal de la guerra de la independencia fue absoluto para Juana Azurduy. Sus primeros cuatro hijos (Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes) fallecieron de forma consecutiva en el territorio de las republiquetas a causa de epidemias recurrentes de paludismo y malaria, agravadas por las severas condiciones de desnutrición y persecución militar en la selva y la montaña. Solo su quinta hija, Luisa, nacida en pleno contexto de campaña bélica, sobrevivió hasta alcanzar la mayoría de edad.

El principio del fin de la resistencia en su región se aceleró con la Batalla de la Laguna, acontecida entre el 13 y el 14 de septiembre de 1816. Durante el enfrentamiento, Juana resultó herida de bala en combate y tuvo que ser evacuada de urgencia. En el mismo escenario, su esposo, el comandante Padilla, herido por la espalda por dos impactos de proyectil, fue capturado y degollado cuando ya agonizaba por las fuerzas realistas. Su cabeza fue clavada en una pica en la plaza pública como método de escarmiento. Días más tarde, Juana coordinó un comando militar para recuperar los restos corrompidos de su cónyuge y brindarle sepultura con honores militares.

Desprovista de recursos y con sus territorios bajo control absolutista, se trasladó hacia el sur, ocultándose un tiempo en el Chaco e incorporándose luego a las fuerzas de la «Guerra Gaucha» dirigidas por el general Martín Miguel de Güemes. Tras el asesinato de Güemes en junio de 1821, Juana perdió su último gran aliado militar y soporte logístico en el frente norte, quedando en una situación de extrema vulnerabilidad económica y sin rumbo claro.

Para retornar a su natal Chuquisaca, Juana Azurduy se vio obligada a recurrir a la asistencia pública. En mayo de 1825, el gobierno provincial de Jujuy le asignó la suma de cincuenta pesos y cuatro mulas para financiar el traslado junto a su hija Luisa. A su llegada, el panorama político y social había cambiado de forma irreversible: la República de Bolívar se declaraba independiente, pero los antiguos terratenientes y criollos conservadores hegemonizaban la administración pública.

Azurduy entabló infructuosos litigios judiciales para recuperar las haciendas y bienes expropiados a su familia, chocando con trabas burocráticas sistemáticas que también le denegaron el cobro de sus haberes y sueldos militares correspondientes a su rango de oficial.

El 1 de abril de 1825, el Libertador Simón Bolívar la ascendió al grado de Coronel del ejército independentista. Posteriormente, en noviembre de 1825, tras visitarla en su precaria vivienda y reconocer la magnitud de sus servicios a la causa americana («Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy», según se documenta en las crónicas de su visita), dictó un decreto otorgándole una pensión vitalicia de 60 pesos, estipendio que el Mariscal Antonio José de Sucre incrementó brevemente.

Sin embargo, debido a las constantes crisis fiscales y cambios gubernamentales, dicha asignación dejó de pagarse de forma definitiva en el año 1830. Sus antiguos jefes y protectores ya habían fallecido.

Los últimos treinta años de vida de Juana Azurduy transcurrieron en el ostracismo total, habitando una modesta pieza alquilada en un barrio de Chuquisaca. Tras el casamiento y partida de su hija Luisa, quedó únicamente bajo el cuidado de un niño indigente que la asistía.

Falleció el 25 de mayo de 1862, a los 81 años de edad, coincidiendo con la efeméride del inicio de la revolución patria. Su deceso fue tratado con absoluta indiferencia por las estructuras gubernamentales de la época: sus restos fueron sepultados en una fosa común, con la única asistencia eclesiástica de un sacerdote local y sin los honores militares reglamentarios correspondientes a su jerarquía de oficial de la nación.

La restitución de su figura demandó más de un siglo. Cien años después de su enterramiento, sus restos óseos fueron exhumados y trasladados formalmente a un mausoleo oficial construido en la ciudad de Sucre, Bolivia.

Recién en 2009, durante el primer gobierno de Cristina Fernández, el Poder Ejecutivo argentino dictó su ascenso definitivo con carácter post mortem al grado de Generala del Ejército Argentino, convirtiéndose en la primera mujer de la historia nacional en alcanzar dicha distinción de la alta oficialidad.

Paralelamente, fue investida con el rango máximo de Mariscal de Bolivia, consolidando su estatus de prócer binacional y símbolo indiscutido de la soberanía popular americana.

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