Categorías: Espectáculos

«La Celestina» en versión cordobesa: resignifcación y sentido para un clásico eterno

La extraordinaria dupla que integran el director David Piccotto y la actriz Julieta Daga trajo de La Docta al Festival de Rafaela una desbordante relectura desde el clown de la icónica tragicomedia de Fernando de Rojas

Una payasa dispuesta a contar una historia conocida a través de un recurso, de un lenguaje infrecuente: la estética del clown y del bufón, entre otras. No es cualquier payasa, es Lita, el alter ego de la enorme actriz cordobesa Julieta Daga que, de la mano de lo menos talentoso David Piccotto, trajeron al Festival de Teatro de Rafaela (FTR2023) que finaliza este domingo, con dos funciones abarrotadas de público, la estupenda La Celestina, tragicomedia de Lita, una singularísima versión del clásico español de Fernando de Rojas de finales del siglo XV que acerca esa obra leída a regañadientes seguramente en la secundaria a otros públicos, y mientras juega saludablemente con el disparate y la comedia clown deja entrar tímida pero poderosa la lógica de la tragedia.

Esta versión de La Celestina por la dupla Daga-Piccotto, este último como mentor de Rey Marciali Producciones y como ya pasó con otros clásicos revistados desde el humor a partir de elencos concertados con títulos como Las Tres Hermanas (2013) de Antón Chéjov, Las de Naides, estampa gaucha (2018) versión libre de Las de Barranco de Gregorio de Laferrere, además de La Celestina (2021), que recientemente se presentó en la capital provincial en el marco del ciclo «Marechal Experimental, 50 años de artes escénicas», sirve para confirmar que, para que la categoría de «clásico» tenga su resonancia en el presente hay que desarmarlo y volverlo a armar con una mirada abierta, desprejuiciada y contemporánea.

Y así lo hacen, con las cosas por su nombre, aquí con el notable acompañamiento en los dispositivos de vestuario y escenografía de Santiago Pérez con el aporte de Natalia Guendulain, la bella y poética música original de Juan Andrés Ciámpoli, el diseño Lumínico de Lilian Mendizabal, la asistencia de dirección de Mariela Ceballos (también a cargo de la operación de sonido) y la operación de luces de Daniela Abayay.

Lita, que es Celestina pero que incorpora otros personajes del mismo modo que a instancias de un ingenio desbordante y fresco aparecen en escena esos otros protagonistas de la trágica historia de amor como son Calisto y Melibea, está tirada, a punto de morir, casi aplastada por la escenografía que se vuelve un juguete para una payasa. Lita está «aplastada por el teatro» y todo el relato está dispuesto para ser resuelto, en una irónica y metafórica decición del equipo que, al mismo tiempo que desanda el clásico, deja entrever algunas preguntas, interrogantes acerca del teatro independiente: de sus posibilidades y potencialidades pero también de sus contradicciones que muchas veces «aplastan».

De este modo, los textos de Fernando de Rojas, algunos de los más bellos y poderosos de esa obra de finales del 1400 de una vastedad infrecuente con su veintena de actos acerca de esta chimentera-casamentera se van apoderando del cuerpo y la voz de la payasa entre la naturalidad (el relato) y la epifanía (la actuación).

Así las voces del clásico, sin perturbar y con lo permeable que posibilita el clown, van apareciendo en medio de un humor que no reniega de la impronta cordobesa: juego y más juego, guiños y atención inusitada a lo que pasa en la platea se conjugan con el devenir de la historia, que arranca por el final y vuelve al comienzo, en una performance de Daga que la confirma, como ya pasó con algunos de sus trabajos anteriores (entre más, el inolvidable Bufón) como una de la creadoras más notables de su generación, de un caudal de histrionismo verdaderamente infrecuente.

Todo pende de un hilo, la escenografía (el teatro), los amarres para el amor, las acciones, la bella música y el canto de Lita, tan hermosamente convocante que el público se suma a una historia con un final conocido pero que, sin embargo, no se resiste a la idea de ser narrado una vez más.

La muerte acecha, ya se sabe, todos mueren y nadie lo oculta, pero la muerte que es también un juego (tragedia más tiempo es comedia) abre la puerta a esa tragedia latente. Ella pide no morir sola, llevando la mirada y el sentido de la risa a la conmoción en un final que, por mucho tiempo, rondará en el imaginario de todos aquellos afortunados que estuvieron presentes y de unos pocos que le dieron la mano en ese adiós que resignifica y reconcilia con el mejor teatro.

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