Alguien dijo alguna vez que el verdadero viaje de descubrimiento no es encontrar nuevos territorios sino mirar los viejos territorios con nuevos ojos, con nuevas miradas. Supongamos que esta es una verdad parcial y acordemos que a las nuevas miradas las llamamos “construcciones”, que se organizan, se plasman en relatos.
Cuántas veces descubrimos nuevos territorios que miramos con viejas miradas y al retirarnos nos damos cuenta de que ya no miramos el mundo de la misma manera (el famoso “viajar abre la cabeza”).
Si todo fuese sólo descubrimiento, Miguel Ángel con La Piedad hubiera debido sacar el mármol que sobraba para encontrarse con su obra, y sólo eso. Por lo que esculpir sería un trabajo de limpieza, una actividad que no permitiría cambiar formas ni ningún tipo de creatividad. Si todo fuese descubrimiento, el futuro sería algo que hay que desplegar delante nuestro, y sólo eso. No tendría nunca finales abiertos donde algo pueda hacerse para cambiar su rumbo fatal.
Descubridores, constructores
Algunas personas trabajan más que otras con el descubrimiento: buscan virus, bacterias, planetas o agujeros negros. Microscopios y telescopios facilitan esa búsqueda. Otros trabajan más con conceptos, con ideas; esos son por sobre todo constructores. Pero esta división es artificial. En realidad se descubre y construye permanentemente y sin discontinuidad. Casi sin poder distinguir cuando hacemos uno o lo otro. Tomemos un ejemplo: supongamos que se encuentra usted con un objeto desconocido, realmente nunca visto; en ese momento, en el preciso momento del descubrimiento del objeto en cuestión se dispararán automáticamente los mecanismos de construcción. Y del comienzo del proceso usted no tendrá conciencia. Usted empezará a preguntarse: ¿será riesgoso para mi vida?, ¿se parece a algo conocido?, ¿puedo tocarlo?, ¿será un ser vivo?, ¿será de este planeta? Se preguntará, elaborará teorías y sacará conclusiones. Y en este proceso construirá conocimientos y significados sobre lo desconocido y sobre su relación con ello.
¿Cuál fue su último territorio descubierto? ¿Una calle o barrio desconocido?, ¿una ciudad, provincia o país?, ¿una estrella que le había pasado desapercibida? ¿Y recuerda cuál fue su última construcción? Su última construcción la hizo recién, cuando terminó de leer la palabra construcción antes del punto y seguido donde confirmó la diferencia entre construcción y descubrimiento. Rápida, invisible y hasta fugaz; pero permanente y sostenida: así es la construcción. Un ejemplo ya clásico: cuando usted ve una botella con el líquido por la mitad, ¿la ve media llena o media vacía? Según cómo la vea, será su construcción. Cuando usted construye, entiende (a su manera) lo que está sucediendo, y le adjudica un significado y un valor. Si nuestras construcciones desaparecerían por la noche, al día siguiente al despertar todo sería un empezar a vivir por primera vez debiendo comprender el “abc” de las cosas de la vida. Nuestros supuestos y convicciones desaparecerían y lo que era bueno y malo para nosotros también. Volviendo a la imagen de la botella, ¿no estaremos llenos de construcciones que cada tanto vaciamos parcialmente para hacer lugar a otras nuevas?, ¿no es acaso cierto que muchas veces algunas ideas no dan lugar al surgimiento de otras nuevas? (el famoso des-aprender para luego poder aprender o el cambio de perspectiva para entender lo que sucede, por ejemplo). Cambiar, ¿no será cambiar las construcciones?
Descubrir y construir
Suponer que sólo se trata de que descubrir da más seguridad que construir. Algo es lo que es, se lo encuentra y se le pone un nombre. Sólo después, en la siguiente etapa, se construirá conocimiento sobre él. Pero al pensar en construir, como dijo Gianni Vattimo en Adiós a la verdad, “de inmediato nos sentimos como perdidos, sin suelo bajo nuestros pies… como afectados por un ataque de agorafobia, de miedo al espacio libre e incierto que se abre ante nosotros”. Porque, entonces, ¿qué no es cuento, narración o fábula? ¿Cuánto es creíble en cada construcción, cada historia? Pasamos del homo sapiens al homo credens y nuestros ídolos iluminados pierden su luz y muestran sus pies de barro. Los relatos cotidianos se convierten en versiones/visiones de la realidad (muchas de ellas irreconciliables o contradictorias). Se necesita estar atenta/o a quien da cada versión para conocer su origen y los posibles intereses en juego. La inocencia desaparece y surge la duda y hasta la desconfianza. En relación con determinados hechos acontecidos, se torna difícil saber cuál es la verdad de lo sucedido, porque ninguna persona desinteresada estuvo allí para contarlo. La posibilidad de confirmar hechos se relativiza. La verdad con mayúsculas se evapora ante nuestros ojos. Muy poco seguro, ¿no cree?
Nuestro mundo de relatos cotidianamente construidos. Inseguro o no, el hecho es que vivimos rodeados y encarnando relatos construidos. El primero es la versión de nuestra historia contada por los que vivieron nuestra niñez cuando nosotros apenas podíamos construirla. Otros relatos son las creencias infantiles, los cuentos para dormirse, la educación y sus próceres, lo que se debe y lo que no se debe en lo relacional, los héroes y heroínas de la infancia, los modelos a imitar de la adolescencia, los modelos de cómo ser felices. Significados muy fuertes, muchísimas veces muy difíciles de relativizar o cuestionar. En realidad son parte de la materia prima con la que fuimos armados (¿estarán encarnados en nosotros?).
La trabajosa tarea de construir la propia identidad está llena de relatos y verdades construidas por otros, hasta que logramos unificarlas y sumarle las propias soportando sus inevitables contradicciones. Lo mismo sucede con nuestras justificaciones y argumentos, de los que nos convencemos e intentamos convencer a los demás de su coherencia y veracidad. También existen los relatos de los que dicen defender los intereses de los otros y los de la patria, y por los cuales darían su vida.
Sinceramente, hay relatos construidos para todos los gustos. Hay relatos para vivir, relatos para ser felices y también relatos para dormir y hasta para morir. Relatos que seducen y relatos que espantan. Relatos para acá y para el más allá. Y encontrarse con todos ellos, con la extensa y ajustada red que constituyen, y que nos constituyen; eso sí que es un gran descubrimiento, ¿no cree?

