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La Editorial de la UNR presenta en la Feria del Libro la reedición de «La ley de la memoria», una joya de la literatura de Rosario

La obra del mítico Jorge Barquero, cuyo mentor fue nada menos que Ricardo Piglia, se presentará este viernes 16 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Rosario, espacio abierto del entrepiso del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, a las 19
La Editorial de la UNR presenta en la Feria del Libro la reedición de "La ley de la memoria", una joya de la literatura de Rosario

Osvaldo Aguirre / Especial para El Ciudadano

La literatura de Rosario celebra un acontecimiento: la reedición de La ley de la memoria, novela de Jorge Barquero publicada en 1999, convertida en objeto de culto entre los lectores y hace tiempo agotada. Ahora con el sello de la Editorial de la Universidad Nacional de Rosario, la obra será presentada el viernes próximo en la Feria Internacional del Libro que se realiza en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa.

Barquero (Rosario, 1942 – 2010) definió a La ley de la memoria como “una novela testimonial” y en entrevistas con la prensa dijo que era “un 80 por ciento autobiográfica”. La referencia a su historia personal y a la condena de prisión que cumplió en relación con un secuestro extorsivo es inevitable, aunque con el tiempo transcurrido la ficción se confunde con los hechos históricos y la biografía con la leyenda que rodeó al autor.

La ley de la memoria transcurre en Rosario, Buenos Aires y Córdoba, entre 1977 y 1986. El narrador y protagonista está acosado por las deudas, después de cerrar una fábrica de pelotas de cuero que había montado en Alberdi; la apertura de las importaciones del ministro Martínez de Hoz lo dejó en la ruina y con la perspectiva de caer preso, ya que libró cheques sin fondos. El cruce que se establece desde el principio entre la historia personal y el contexto histórico-político es una clave de la novela.

La salida es el negocio de la compra y venta de oro. Barquero narra el aprendizaje del oficio junto con un comerciante porteño, “siete horas diarias de escuchar operaciones, atender consejos, quemarme con el ácido (para chequear el estado de las alhajas), manejar la calculadora cargada, preguntar, observar”. El protagonista, su transparente alter ego, instala la joyería “El príncipe del oro” en Maipú y Mendoza; el nombre alude a su principal competidor, “El rey del oro”, de José Luis Bedoya, y en poco tiempo lo desbanca.

El título de Barquero refiere a la ley de obediencia debida, sancionada junio en 1987. La novela contrapone la memoria de los derrotados y los perdedores a la “ley de olvido” del gobierno de Raúl Alfonsín: “A los militares los libros les adjudican una bandera, un par de batallas gloriosas y un par de revoluciones también, por qué no. Pero nosotros, los delincuentes comunes, que no hemos leído tanto, solamente le adjudicamos toda la muerte que vimos. Todas esas muertes cobardes”, plantea “Soviet” Rojas, un preso que fue testigo de los crímenes de la dictadura en la Penitenciaría del barrio San Martín, en la ciudad de Córdoba.

En el prólogo a la reedición, Beatriz Vignoli destaca que “la novela se lee como una summa de proyectos que convergen: el drama autobiográfico, con ribetes de picaresca; la novela de género policial; el guiño metaficcional como ejercicio de estilo literario, y el episodio testimonial como respuesta ética contra el indulto del presidente Menem a los genocidas de la última dictadura”. Barquero ensambla y ajusta esos planos con guiños constantes al lector, citas literarias explícitas y también ocultas y sucesos de la crónica policial en la perspectiva de comprender su experiencia y explicarse ante el lector.

Oro y sangre

Según cuenta el protagonista, el negocio consiste en comprar oro en Rosario a precio de Buenos Aires y revenderlo a un joyero porteño con una comisión de setenta centavos de dólar por gramo y con una provisión semanal mínima de doce kilos. La ganancia resulta además de anticiparse cada día en el valor de la cotización, lo que consigue por sus contactos: “el príncipe del oro” paga así un precio superior al de la plaza local pero más bajo que el de la reventa.

El progreso del personaje es contante y sonante: “Departamento céntrico y a estrenar, inmenso, con todas las comodidades. Los chicos en escuela privada, un cero kilómetro en la puerta como se dice y todo por delante. La familia a mi lado y nuevas amistades”. Pero al mismo tiempo “el riesgo de ser robado y mal, aumentaba”, por lo que se rodea de custodios, policías retirados y en actividad.

El derrumbe es tan vertiginoso como el éxito y se trama en la sucesión de un doble crimen, amenazas de muerte, un atentado explosivo y la traición de un amigo de la infancia: el narrador le alquila una quinta en Funes y el amigo, sin ponerlo al tanto, la utiliza para esconder a un comerciante que fue secuestrado en Córdoba. La policía descubre el escondite y el personaje (como Barquero, en los hechos reales) termina en prisión.

En ese punto comienza otra historia dentro de la novela, narrada con destreza en los diálogos y lucidez no menos notable en las reflexiones sobre el sistema penal y los códigos de la vida tumbera. “Los tribunales son una fábrica –escribe Barquero-. Se rubrica la mercadería –existen 302 artículos– y luego se la remite a ese gran depósito que es la cárcel. Ésta en poco tiempo se abarrota, y eso habla de la ineficacia de la justicia en su sección ventas y de lo aceitado que tiene su engranaje la maquinaria afectada a la producción. Al juez, al médico, al siquiatra y al guardia nada les importa el estado en que la mercadería ingresa al depósito”.

La trama incorpora referencias a la represión durante de la dictadura –el crimen nunca esclarecido del empresario Marcelo Dupont, los asesinatos de presos políticos en Córdoba-, personajes oscuros de la crónica –el comisario Santa Cruz, vinculado con casos de gatillo fácil durante los años 80, un periodista rosarino que escracha al protagonista en la radio- y figuras del hampa como un preso apodado el Patriarca y los involucrados en el secuestro extorsivo. “Me sentí en medio de una ficción y una realidad”, dice el narrador, y en el paso de los hechos reales a la novela algunos nombres subsisten, otros tienen ligeras variantes y otros parecen modificados, como Muller, para mencionar al amigo que lo mezcló en el secuestro y que por su parte terminó fusilado en la isla El Espinillo.

Barquero fue condenado a diez años de prisión. Desde la cárcel se puso en contacto con Ricardo Piglia, el primer lector de sus relatos. Como epígrafe de La ley de la memoria, cita el artículo de la Constitución Nacional que habilita a los ciudadanos a presentarse ante cualquier órgano de Justicia “en el conocimiento o la presunta comisión de un hecho delictivo”. Pero el Tribunal al que comparece es el de la literatura. Su trabajo como escritor continúa con los libros de cuentos Sabihondos y suicidas (2003) y Una fosa en Los Cipreses (2009) y la crónica Maipú, la calle del oro (2010).

“Los asesinos y permisivos nombrados, en libertad, sin juicios ni condenas –se indigna el narrador en el epílogo de La ley de la memoria-. O con indultos. Algunos en funciones. Gente que hasta ha de contar con la suerte de que la presente novela testimonial sea tomada como una simple ficción de entretenimiento”. La reparación a través de la escritura no apaciguó los remordimientos: “guardo integro el sabor amargo de esos momentos en que tomé un camino inapropiado”, escribió Barquero. En 2009 la presentación en Córdoba de Una fosa en Los Cipreses provocó la protesta del comerciante que había estado en cautiverio en la quinta de Funes.

Sabihondos y suicidas ganó el segundo premio del concurso municipal Manuel Musto. “Fui recibido por el ingeniero (y entonces intendente Miguel) Lifschitz, quien gentilmente me extendió una tarjeta personal «para cuando necesite usarla» –contó Barquero-. Y ahí nomás necesité usarla. Le dije delante de los otros premiados y de la secretaria de Cultura, Marina Naranjo: «Qué le parece, señor intendente, si de aquí en adelante se premie con dinero efectivo a los ganadores de poesía y prosa municipales, ya que hay demasiados esfuerzos, sacrificios  y gastos a compensar». A partir del  año siguiente, la casualidad hizo que ambos premios fueran remunerados con dinero efectivo”.

“No busquen estilo alguno porque solo hallarán palabras llanas, el modo de mi habla”, pretendió Barquero. Pero la reedición de La ley de la memoria repone un texto fundamental de la literatura de Rosario. “La novela –apunta Beatriz Vignoli- se anticipa por mucho a este presente, al que se ha dado en señalar como el tiempo de la crueldad. Y que es cruel al punto de pretender hacer desaparecer la memoria de crueldades pasadas. Pero como dicen los policías de Barquero, basados en policías de la vida real que se inspiran en películas que a su vez se basan en libros: Esto les refrescará la memoria”.

La ley de la memoria se presentará el viernes 16 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Rosario, espacio abierto del entrepiso del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, a las 19.