El repunte del sector agroexportador, impulsado por mayores volúmenes y ventas externas, contrasta con el deterioro de los eslabones industriales. Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario marca el avance del núcleo primario, mientras cámaras empresarias advierten por pérdida de competitividad, caída de la actividad y menor generación de valor en la región
El repunte de la actividad agropecuaria volvió a ubicar al sector como uno de los principales motores de la economía argentina. Sin embargo, en regiones como el Gran Rosario donde conviven el núcleo agroexportador más dinámico del país con un entramado industrial significativo, ese impulso coexiste con señales de alarma en los sectores que agregan valor. El contraste no sólo es económico, también expone con nitidez el perfil productivo que empieza a consolidarse bajo la gestión de Javier Milei.
Según el último informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, el Índice de Actividad de la Cadena Agropecuaria alcanzó en enero un nuevo máximo histórico, con un crecimiento del 13,3% interanual. El dato refleja un fuerte dinamismo impulsado principalmente por la producción primaria, en el marco de una campaña que se encamina a niveles récord. Los cultivos lideran la expansión, con subas cercanas al 19% interanual, mientras que las exportaciones del sector también muestran un desempeño positivo, traccionadas por mayores volúmenes.
Pero ese crecimiento no es homogéneo hacia adentro de la cadena. El mismo informe advierte que los segmentos de mayor valor agregado muestran un comportamiento más débil. La actividad agroindustrial registró una leve caída mensual, afectada por la menor molienda de soja y la continuidad de la baja en la faena bovina. En términos concretos, una mayor proporción de la producción se está exportando sin procesar, reduciendo el peso relativo de la industrialización local.
El dato no es menor para el Gran Rosario, donde se concentra uno de los principales polos aceiteros del mundo. Allí, la molienda y el procesamiento de granos no sólo generan valor agregado, sino también empleo y encadenamientos productivos. Su retroceso relativo implica que el crecimiento del agro se canaliza cada vez más por circuitos con menor impacto sobre la economía urbana.
La tendencia, en rigor, no sorprende. Días atrás, el economista Ricardo Arriazu (uno de los analistas más escuchados por el oficialismo) planteó abiertamente la necesidad de avanzar hacia un esquema más primarizado, evocando el modelo agroexportador de fines del siglo XIX como referencia de inserción internacional. En ese marco, el fortalecimiento de la producción primaria aparece no como un efecto colateral, sino como parte de un rumbo económico más amplio.
Sin embargo, ese perfil genera tensiones en el entramado productivo local. El contrapunto quedó expuesto durante la reciente visita del ministro de Economía, Luis Caputo, a la Bolsa de Comercio de Rosario. En paralelo al optimismo oficial por la recuperación de algunos indicadores, la Federación de Cámaras Empresarias del Comercio y Otras Actividades (FECOI) presentó un documento en el que advirtió sobre la situación crítica de la industria y las pymes.
En su planteo, la entidad señaló el impacto de un conjunto de factores que afectan la competitividad, vinculados a la presión impositiva, el acceso al financiamiento y la necesidad de acelerar condiciones para la recuperación productiva, reconociendo además la preocupación compartida entre comerciantes e industriales ya que la estabilización económica aún no se traduce en mejora del consumo ni en mayor actividad. En ese contexto, desde Fecoi reclamaron medidas orientadas a sostener la producción local, desde alivios fiscales hasta políticas activas para el desarrollo industrial.
El presidente de Fecoi, Eduardo Maradona, aprovechó la visita del ministro a la Bolsa de Comercio para entregarle personalmente el documento y transmitirle los reclamos del sector. Según explicó, lo hizo no sólo en representación de la entidad, sino también de unas 40 mil pymes de todo el país que atraviesan una situación similar. El encuentro, contó, se dio en buenos términos pero sin demasiados protocolos. “No me guardé nada”, señaló a este medio, y detalló que le planteó las dificultades para acceder al crédito y los obstáculos para contratar personal que arrastra el sector desde hace años.
El contraste con el agro es marcado. Mientras el sector primario encuentra en el mercado internacional una vía de expansión, la industria enfrenta un escenario más adverso, con caída de la demanda interna, menor utilización de la capacidad instalada y creciente presión de productos importados. En Gran Rosario, esa dinámica se traduce en un menor nivel de actividad en sectores clave como la metalurgia, la maquinaria agrícola y parte de la industria alimenticia.
El resultado es un esquema de crecimiento desequilibrado: un sector externo dinámico, apoyado en la exportación de commodities, y una economía urbana que no logra acompañar ese impulso. En términos de empleo y encadenamientos productivos, la diferencia es significativa. La producción primaria es intensiva en capital y genera menos puestos de trabajo directos que los sectores industriales, lo que limita su capacidad de derrame sobre el conjunto de la economía.
En este escenario, la discusión de fondo vuelve a girar en torno al perfil de desarrollo. El avance del agro como motor no está en cuestión, pero sí su capacidad para sostener por sí solo un crecimiento más amplio e inclusivo. Para una región como Rosario, el desafío no es menor: cómo evitar que el nuevo ciclo de expansión del campo consolide, al mismo tiempo, un proceso de primarización que debilite el entramado productivo local.
La tensión ya está planteada. De un lado, los números que muestran un agro en expansión. Del otro, una industria que advierte sobre sus límites para sostenerse en el actual contexto. En el medio, una pregunta abierta sobre el tipo de crecimiento que empieza a tomar forma en la Argentina.
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