En el G-20 hubo pronunciamientos formales, pero el temor no se alejó.
Finalizó la cumbre de los países del G-20 (grupo del que Argentina es miembro) en Seúl sin un avance significativo en la “guerra de monedas”, una de las principales preocupaciones de los líderes del mundo.
Si bien hubo declaraciones sobre el tema al término de la reunión, que indican que los estados evitarán devaluaciones competitivas que afectan al comercio mundial, al tiempo que “fortalecerán la cooperación multilateral”, en la práctica los temores siguen tan vivos como antes de que se conocieran estas afirmaciones.
“No creo que la guerra de divisas haya acabado. Se ha hecho más explícita y hemos empezado a hablar de ella. Por lo que ahora vamos a ser capaces de usar herramientas para afrontarla o al menos reducir su intensidad”, aseguró el ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega, ante los medios en la capital surcoreana. Además señaló que incluso los países más reticentes, en concreto China y Estados Unidos, han reconocido que el problema está sobre la mesa y que hay que tomar medidas para reducir los desequilibrios comerciales, de pagos y de divisas que existen entre los estados.
También informó que fue Brasil el que insistió en incluir el párrafo número 6 del llamado “Plan de acción de Seúl”, en el que se recomienda políticas macroeconómicas. “Y en particular, avanzar hacia tipos cambiarios más determinados por el mercado”, dijo, y no por la voluntad de los gobiernos para promover sus exportaciones como receta rápida contra la crisis.
Sólo unos días antes de la cumbre, la Reserva Federal (el banco central de Estados Unidos) decidió inyectar 600.000 millones de dólares a la todavía alicaída economía norteamericana. El impacto que esta emisión provoca en su valor es bastante evidente: la pérdida de su valor respecto a otras monedas, precisamente la situación que Estados Unidos pide a sus pares que no hagan.
Este anuncio despertó fuertes críticas de China –a su vez acusada por Washington de infravalorar artificialmente el yuan–, así como de Alemania y Brasil, porque debilita la cotización del dólar y afecta las exportaciones de esos países. Por esta razón, Barack Obama tuvo que justificar la decisión del país que preside afirmando que “lo más importante que puede hacer Estados Unidos por la economía mundial es crecer”, en vista de que es el mayor mercado del mundo.
“Países como Alemania se benefician de nuestro mercado abierto y de que les compremos sus productos”, defendió.
El propio secretario del Tesoro, Timothy Geithner, aseguró durante la reunión surcoreana que la inyección de liquidez de la FED no tenía por objetivo devaluar el dólar, sino promover la recuperación económica de su país. Sin embargo, no explicó cómo sería posible escindir las consecuencias de la decisión de la Reserva Federal.
Mientras tanto, otro implicado, el presidente chino Hu Jintao, rechazó las acusaciones de que su país está manipulando el yuan, y subrayó que lo ha mantenido “estable aunque avanzando hacia la reforma del mecanismo de tipo de cambio”. Agregó además que “China hace todo lo que puede para conducir su economía y nunca culpa a los otros por sus propios problemas”, en un mensaje directo a Estados Unidos. Sin embargo, tras su encuentro bilateral con Obama, también rebajó tensiones y habló de la necesaria “cooperación”, pero sin acuerdos concretos a cómo se evitarán las temidas devaluaciones competitivas.
De esta manera, la quinta cumbre del grupo consolidado en noviembre de 2008 en Washington, en pleno auge de la crisis financiera internacional, se desarrolló con el telón de fondo de duros intercambios de acusaciones, principalmente entre China y Estados Unidos, por sus políticas monetarias que aplastaron la cotización de sus monedas, pero sin coordinación de cómo se concretará no caer nuevamente en el intento de enriquecerse a costa del vecino.
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