La historieta y el humor local ya tienen su propio historiador

Por Claudio De Moya.- El rosarino nacido en Chile Cheché, o Sergio López Castillo, editará en diciembre un libro sobre los dibujantes rosarinos. En línea con lo que propusieron “La cebra a lunares” y “Risario”, un rescate de la mirada mordaz a puro trazo y color.

“Ríase, ser rosarino ya es un chiste del destino”, provocaba hace 30 años desde su portada la mítica revista Risario. Antes, había posado su mirada ácida sobre estas comarcas La Cebra a lunares. Y entre medio, antes y después, una gran tropa -por cantidad y calidad- de dibujantes y guionistas locales desplegó por redacciones vernáculas y foráneas su arte gráfico y su deseo de aguijonear la realidad a puro trazo, color e ingenio. No estuvieron solos: junto a ellos hubo editores que simbólica, y hasta materialmente, se “empeñaron” en difundirlos. Esta otra historia de la Chicago argentina no tenía relatores. Hasta ahora. Y quien le pone el cascabel al gato es un chileno, aunque él aclara que daría “la mitad de su vida” por haber nacido en estas riberas del Paraná y se postula más rosarino que muchos nativos: Cheché. O como dice su DNI, Sergio López Castillo. En diciembre verá la luz su último libro, una compilación del humor de estos pagos que arranca en la época de la colonia y contiene material afanosamente -no de afano- recuperado a lo largo de una década por este dibujante, coleccionista, editor y otras cuantas cosas, entre ellas “casi” antropólogo. La casa que habita es una muestra de su “locura”: un exuberante museo de la historieta y el humor gráfico que incluye trabajos originales de unos 400 artistas, un bagaje que en parte pulula intermitentemente por otras geografías en préstamo a exposiciones, universidades e instituciones varias.

“Arranco desde el tiempo de los tiempos. Lo más antiguo que tengo es Conrado Nalé Roxlo, a fines de 1800, y a partir de ahí lo que acercan otros que también coleccionan con la misma inquietud, la de la investigación. En estos días vendrá gente de la Biblioteca Nacional para recopilar material, a trabajar conmigo acá, seleccionar cosas y ver qué es lo que le puedo donar”, cuenta Cheché entre mate y mate que arma luego de renegar en busca de bombilla y yerba. Y muestra parte de su tesoro, clasificado en sobres y cajas que son casi de Pandora. Por ejemplo, originales de los dibujos para el estudio Walt Disney que hacía desde Europa el chileno Vicar (seudónimo de Víctor José Arriagada Ríos): “Teníamos hace un año una nota pactada con él en Chile, pero justo había fallecido esa misma mañana. Estos materiales, si nadie los concentra y los guarda, en algún momento se pierden. Hay gente que no les da valor, y pueden terminar tranquilamente en la basura”. Esa es la otra cuestión. Muchas veces, insiste, los dibujos llegan a sus manos de coleccionista porque alguien, como el ex trabajador del ejemplo que sigue, lo llama luego de que otro le contara, o en algún lugar se anoticiara, de su proyecto: “Hemos recuperado una parte del material del diario El Sol de Rosario, había una laguna ahí. En la época del Bigote Acosta estaban Manuel Aranda, David Leiva, el joven Madrid y el Goyo Cevallos. El material de este último estaba perdido. Alguien que laburaba en el diario se enteró de lo del libro, me llamó por teléfono, me dijo mirá, yo tengo una cantidad de dibujos de este hombre, y los voy a tirar a la basura si no los venís a buscar”.

“El problema de Rosario es que tiene una deuda muy grande con sus dibujantes, y los dibujantes una deuda con ellos mismos. Porque nunca se autogestionaron como hizo la gente de cine, o de teatro”, lamenta Cheché. “Nuestra tarea es rescatar un humor local relegado hasta ahora a las paredes de los baños de bares y confiterías e instar a que vuelvan -aunque sea simbólicamente- muchos de los humoristas que se fueron y a que se asomen los que quedaron”. Esa fue la declaración inaugural de La cebra a lunares. Una vía que retoma, más amplia en tiempo y espacio, el rosarino nacido en Chile.

El libro

“Si supieran a quién están premiando se arrepentirían”, dijo Cheché al recibir en la ciudad de Buenos Aires el premio que le permitirá editar su “Historia de los dibujantes de Rosario”. Así les marcaba su distancia ideológica a los “financistas” de su trabajo: el Ministerio de Cultura del gobierno porteño de Mauricio Macri y la revista Todo es Historia, que le otorgaron uno de los galardones del “Concurso de Investigación Histórica 2012-El humor y sus humoristas”.

Cheché aclara que lo que se propone con su “Historia…” es rescatar la carga de irreverencia y crítica que anida en la historieta local, no el mero chiste gráfico que apenas aspira a una carcajada instantánea. Lo que le interesa, insiste, es el humor que además de provocar movimiento de comisuras picotea el cerebro.

“Hay cuatro columnas vertebrales”, explica sobre el libro, en plena producción. “La primera es tratar de hacer un relevamiento de todos los autores que hubo en Rosario, incluso algunos desconocidos, pero que tuvieron injerencia. Porque se da el caso de mucha gente que venía a la historieta desde la arquitectura, más que desde el arte”, empieza a enumerar. “La segunda, es una recopilación de todo el material que se imprimió, de historietas o de dibujantes de humor, que también está medio perdido”. Y sigue: “La tercera cuestión es la crítica, lo que planteaba Manuel Aranda con la revista La cebra a Lunares: decía que nosotros somos unos híbridos, como un barrio porteño. Y hoy lo somos más, pero hay características que son propias de los rosarinos, que se conservan a pesar de la cercanía con Buenos Aires. Plantear al rosarino desde una perspectiva de identidad podría ser uno de los temas del libro. Qué somos, cuán parecidos somos y qué posibilidades tenemos de transitar otro camino que no sea copiar todo lo que viene de las editoriales de Buenos Aires. Hubo algunas cosas simpáticas en ese sentido, como una revista que se llamó Mal de ojo, un librito, de David Naón, que juntaba todo lo que era la periferia artística del mundo de la ilustración. Después de eso no hubo nada importante”.

El último eje del libro, termina Cheché, “son los pequeños datos anecdóticos y bibliografía de autores, algunos muy significativos”. Y acá rescata con admiración a viejos conocidos: “Por ejemplo David Leiva, uno de los tipos que más condicionó y colaboró con el dibujo local y que quedó prácticamente en el olvido. Un dibujante extraordinario, compositor, músico. Dejó de dibujar para él, y desaprovechó las oportunidades que tuvieron otros rosarinos en las editoriales como La Urraca, de Andrés Cascioli (editora de las revistas Humor, SexHumor y Fierro), y se dedicó a crear un espacio con la revista Risario. La sostuvo como pudo: perdió guita, vendió un departamento, quedó endeudado”. Otro de los íconos de ese mecenazgo es, elogia, Manuel Aranda: “No sólo dibuja, sino que ha creado prolongaciones y adaptaciones de guiones extraordinarios. Boquitas pintadas, por ejemplo. Es el tipo que descubre a Tomi (Tomás Juan D’Espósito Müller, hoy en España)”. Después, están precisamente los embajadores: “Hay tipos que se fueron, como Néstor Ferronato, que está en Milán, Italia, y Tatúm (Jorge Isaurralde Gómez) que está en Palma de Mallorca. Gente que está entre el dibujo y la plástica”.

La locura

“Hay más de 400 autores, yo no sé en qué momento me volví tan loco”, se sorprende Cheché de su derrotero coleccionista. Muestra originales del Negro Fontanarrosa (“Cada uno se cotiza a 1.500 pesos”, informa para avisar que por ahí no va la cosa). También de Condorito, creación de Pepo (el chileno René Ríos Boettiger). Y muestra con orgullo: “Ésta es una doble página de Condorito pero no de Pepo, está su firma pero el dibujo es de Hervi (Hernán Vidal, que supo hacer humor político durante la dictadura de Augusto Pinochet). Se nota en la mano, es mucho más preciso, él venía de la arquitectura. Tengo el original y el impreso. Es de una época fructífera, maravillosa. Pintaban con anilina”. Se suman trabajos de Ferro, de Divito, “cosas incalculables del viejo Dobal, los primeros dibujos de El Tomi, de El Niño Rodríguez, de Max Cachimba”.

El museo

En su momento, Cheché le propuso al entonces intendente Miguel Lifschitz armar un museo de la historieta y la gráfica locales con el material que había recopilado. Se ofrecía a donarlo, sólo pedía temporariamente personal municipal para clasificar esos trabajos, y una pequeña oficina donde hacerlo. Hubo visto bueno del hoy senador provincial, pero la cosa se dilató. En el medio hubo circunstancias que esta crónica obviará. Basta decir que reflejan miserias de muy conocidos actores políticos locales.

Cansado de lidiar con eso, López Castillo desistió del proyecto, que contaba con el acompañamiento de Miguel Repiso (Rep), del museo de Cuba y del chileno, entre otros auspicios.

Ahora, tentado desde Lomas de Zamora por Marcelo Niño, se entusiasma con otro formato: “Es un investigador y coleccionista pero no dibuja, me llama y me dice flaco, vos te estás equivocando, lo que tenés que hacer es un museo itinerante. No tenés que tener un lugar físico, te vas a vivir peleando con las gestiones porque se te llueven los techos, no tenés personal, no podés reparar un vidrio, te robaron una obra, porque la gente llega tarde. Laburá con la gente que vos querés y lo prestás”. En eso anda. De hecho, parte de su colección visitó Cuba, Alemania o Inglaterra. Y pronto hará lo propio en China y Australia.

De la dictadura, bombardeos y Violeta Parra

Cheché posee las únicas carpetas de trabajos de la chilena Editorial Quimantú, creada en la década del 70 por el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende tras comprar los activos de la Editorial Zig-Zag, y desde donde se contrarrestaba la campaña golpista contra el presidente socialista. Ese escaso material sobreviviente es el que el mismo López Castillo rescató en Santiago de Chile minutos antes de que los aviones de la inminente dictadura de Augusto Pinochet bombardearan la sede de la editora. «Pasan cosas como esas. Es el caso del chileno Jorge Mateluna, un tipo emblemático, porque era el que estuvo durante los tres años del gobierno de Allende haciendo el dibujo de tapa de la revista de Quimantú. Por una chilena que se casó con un tipo de Pergamino, que aparece y dice que está vivo, lo contactamos. Él no tiene ya el material, pero puede hacer la reconstrucción de lo que se quemó con el bombardeo. Algunas de las pocas obras que había guardado las terminó regalando en el exilio. Él pensaba que lo estaban buscando y que arriesgaba su vida si se mostraba», dice Cheché.

Otra anécdota refiere a un emblema, también, del Chile revolucionario, y a los imponderables del coleccionista. «Me pasó con las cartas de Violeta Parra. Voy a hacer una nota para una revista a la Mamá Rosa, que estaba en cama. Le digo que a mí me interesa la época en que Violeta estaba en Portugal y en Francia. Ah, sí, esa es la época en que más me escribió, me dice. Qué bueno sería ver qué te escribía, le insisto. Y me responde pidiéndome que baje «esa caja que está ahí, donde debe haber 60 o 70 cartas, llévelas, hágale fotocopias y cuando pueda me las trae», recuerda Cheché, y lamenta: «¡Me dio una vergüenza! Cómo me voy a llevar las cartas de Violeta. Y no las llevé. Tiempo después me entero de que la Mamá Rosa muere, y como no había nadie que se hiciera cargo, la entierran en una fosa común y la Municipalidad tira todas sus pertenencias a la calle, un operativo de limpieza. Todo lo que eran las cartas de esa época de Violeta Parra se fueron a la basura».

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