Nuevamente Estados Unidos está al borde de la paralización de los servicios públicos, la suspensión del pago de los salarios de miles de empleados estatales debido a la decisión del Partido Republicano de supeditar la extensión del presupuesto de la Casa Blanca a la eliminación de la tan mentada reforma sanitaria de Barack Obama. El bloqueo fue criticado por la Casa Blanca, incluso por sectores conservadores, dado que podría arrojar al país al abismo.
La Cámara de Representantes, dominada por la oposición, votó a favor de una ley que permite al Estado seguir contando con dinero para liquidar salarios a cambio de que la llamada “Obamacare” sea derogada. Con este accionar insólito obligaría que una medida que fue aprobada por el Congreso y ratificada por la Corte Suprema diera marcha atrás.
Los republicanos de derecha convirtieron la reforma sanitaria en una de sus máximas obsesiones, y desde que pasó todos los trámites para su legalización han hecho lo imposible para que sea abolida, incluso dejar Estados Unidos en la bancarrota.
No obstante, las intenciones republicanas presumiblemente naufraguen en el Senado, donde el oficialismo controla la bancada. Pero si Obama se niega a negociar el plan de salud, el gobierno se verá obligado a cancelar programas y oficinas a un año de las elecciones de medio término con las que se renueva un porcentaje del parlamento.
Analistas consideran que a largo plazo la hostilidad de los republicanos erosionará su imagen, pero en el futuro cercano el más perjudicado será el propio Obama, quien desde que asumió el poder en 2009 ha padecido de cintura política para sortear la reticencia del Congreso a sus ideas.
Este punto muerto revela, además, la anarquía que reina entre el sector republicano. El presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner, tuvo que ceder a los sectores más extremos, todos ellos parte del ultraconservador Tea Party y someter la medida a votación. Incluso el excandidato a la Casa Blanca John McCain sostuvo que esta presión es “irracional”. Está claro que estos sectores díscolos buscan quebrar la iniciativa antes que entre en vigor en octubre, cuando los puntos que más beneficiarían a la sociedad sean puestos en marcha y gane adeptos en la opinión pública. A partir del próximo 1° de octubre millones de estadounidenses que no tienen seguro médico podrán optar por planes de salud acordes con sus presupuestos.
Obama está literalmente entre la espada y la pared: o atiende la demanda republicana y deja de lado una de las medidas más exitosas de su gobierno, o se arriesga a una caída en la economía de EE.UU. después de la dolorosa crisis económica de los últimos años. Obama ha criticado los continuos “sabotajes” de los republicanos y la amenaza de llevar al país a la suspensión de pagos si no se revoca, algo que convertirá a Estados Unidos en “una república bananera”, según advirtió. “No somos una república bananera, no somos una nación de morosos, no dejamos de pagar nuestras cuentas”, aseveró.
Por lo pronto, tanto el presidente como su antecesor Bill Clinton iniciaron una fuerte campaña para defender la reforma sanitaria. Ambos líderes “comparten una profunda pasión por la mejora de la calidad y el costo de la atención sanitaria de las familias estadounidenses”, según adelantó la Casa Blanca.
