Sociedad

Las distintas formas de resistencia de los trabajadores a la última dictadura militar

El historiador Andrés Carminati en su nuevo libro La resistencia invisible, que será presentado esta tarde a las 18 en la Facultad de Humanidades, analiza el rol de la clase trabajadora frente a los planes económicos y políticos de los militares entre 1976 y 1983 en el Gran Rosario

Se suele creer que la feroz represión desatada por el gobierno durante la última dictadura militar no contó con ninguna oposición social, sin embargo, la clase trabajadora adoptó distintos modos de resistencia desde la forma molecular hasta masivas movilizaciones. El historiador Andrés Carminati, en su libro La resistencia invisible. Conflictividad obrera y represión durante la dictadura en el Gran Rosario (1976 – 1983), analiza dicha resistencia en distintos casos de fábricas del Cordón industrial cercano a nuestra ciudad. Cómo se desarrollaron, cuál fue la respuesta de trabajadores y trabajadoras durante el periodo más oscuro que vivió la Argentina, son los principales ejes por los cuales se despliega su texto. En una entrevista con El Ciudadano, antes de su presentación este jueves 20 de agosto, a las 18, en el Salón de Actos de la Facultad de Humanidades (Entre Ríos 758).

—¿En qué sentido la clase trabajadora resistió a la feroz represión desatada por la última dictadura?

La resistencia obrera a la dictadura asumió distintas dimensiones y seguramente es necesario pensar y distinguirla según los períodos. En principio, entre 1976 y 1979 se caracterizó por dos formas fundamentales. La resistencia molecular, que fue una conflictividad más por lugares de trabajo, ya sea quite de colaboración, trabajo a desgano o inclusive sabotajes. Y, por otro lado, olas de huelgas semi espontaneas que ocurrieron en 1976, 1977 y en 1979.

Hay que tener en cuenta que la dictadura, desde el 24 de marzo de 1976, intervino la CGT, las principales organizaciones sindicales, prohibió toda actividad gremial en el territorio y además suspendió el derecho de huelga, la Ley 21461. También dictaminó una ley de prescindibilidad de la administración pública que permitía el despido de empleados sin sumario previo. Incluso modificó la ley de contrato de trabajo y después, en septiembre de 1976, incrementó las penas en contra de la huelga y la conflictividad obrera.

Hay que tener en cuenta además la fase represiva que supuso operativos ya desde el 24 de marzo de detención de delegados, de activistas. Muchos, que en su mayoría conforman la lista de los desaparecidos en Argentina. Alrededor del 55 por ciento de los desaparecidos eran asalariados y casi el 30 por ciento eran obreros industriales. A eso, hay que sumarle el programa económico de José Alfredo Martínez de Hoz que ya en el primer año de la dictadura destruyó el 40 por ciento del salario real.

En este sentido, la clase trabajadora resistió esta ofensiva de la dictadura y también de las patronales, muchas de las cuales habían pedido el golpe de Estado y festejaron su concreción desde el 24 de marzo. En ese contexto, aprovecharon para expulsar dirigentes, delegados y para hacer programas de racionalización y de disciplinamiento al interior de los lugares de trabajo.

Hasta septiembre hubo un reflujo muy grande de la conflictividad, porque, además, la represión fue muy grande en todo el país.

En septiembre de 1976 se produjo el primer estallido de conflictividad en las automotrices con una ola de huelgas en ese sector. En octubre se dio el gran conflicto de Luz y Fuerza y también en hacia finales de 1976 y principios de 1977 estalló un conflicto muy grande en los puertos.

En junio del 1977 ocurrió la primera oleada de huelgas de carácter regional en el Gran Rosario. Ese caso fue el primer aporte que yo hice a los estudios sobre la clase trabajadora en la época de la última dictadura.

A partir de finales de 1978 y sobre todo desde el año siguiente, se inició un proceso de reorganización del mundo sindical, también en la medida que la represión fue aflojando. Desde entonces, la mayor parte de las huelgas comenzaron a tener un carácter más orgánico. Entre 1979 y 1981 se dieron las primeras huelgas generales. El proceso de movilización culminó en la recordada marcha de San Cayetano y después en la masiva protesta del 30 de marzo de 1982.

—¿Qué pensás sobre las hipótesis que expresan que la última dictadura tuvo consenso en la sociedad?

En los últimos años proliferaron estudios que toman en cuenta esta idea del consenso, de las distintas formas de complicidad con la dictadura. Y creo que es una mirada necesaria e importante, pero también una hipótesis que debería distinguir las diferentes perspectivas de las clases sociales.

Si miramos al empresariado, las declaraciones de todas las cámaras empresarias, inclusive de las pequeñas y medianas, vamos a encontrar un amplio consenso con la dictadura. Incluso, en mi trabajo y estudié muchas veces las memorias y balances sobre la dictadura y emerge la cuestión de como cambió la disciplina interior de la fábrica a partir de ese gobierno, como algo celebratorio. Entonces, bueno, ahí podríamos decir que en esos sectores sociales hubo un amplio consenso para la dictadura.

A la hora de pensar el papel de la clase trabajadora, la cuestión es diferente. En los últimos años se publicaron algunos textos que plantean esta idea de consentimiento obrero con la dictadura, basados sobre todo en fuentes orales, en testimonios recogidos recientemente. Sin embargo, si analizamos una diversidad de documentos históricos, como lo hace este libro que vamos a presentar, aparece que no hubo un consenso de parte de la clase trabajadora. Lo que si aparece es oposición y conflictividad.

Algunos individuos o sectores del sindicalismo fueron proclives al diálogo y fueron cercanos al régimen, pero la clase trabajadora en su conjunto no brindó su consenso porque además fue una de sus principales víctimas.

A medida que hay menos represión y menos acción por parte de los militares, la conflictividad y la oposición de los trabajadores en la dictadura se va extendiendo. Por ende, yo creo que no existió un consentimiento por parte de la clase trabajadora.

—¿Qué características tuvieron en común los casos que tomás para analizar?

Bueno, en el libro yo tomo como eje de análisis el Gran Rosario y de ahí escojo algunos casos en particular que me sumergen un poquito más en el tema. Son los casos de las fábricas de tractores, donde hubo conflictividad en junio de 1977. Y elijo los casos de las fábricas Daneri, Celulosa y Establecimientos Textiles Sociedad Anónima (Etexa).

Algo común que podemos encontrar en muchos de ellos fueron los procesos de conflictividad de resistencia molecular. Éstos se expresaron de diversas maneras, tanto a partir de algunos sabotajes como conflictos en los lugares de trabajo, sobre todo en el periodo que fue desde 1976 a 1979.

En muchos de esos conflictos coincide también que la división informaciones de la Policía informaba que no se habían encontrado cabecillas visibles, es decir, que eran reclamos que no aparecían dirigidos por nadie, ni organización, ni sindicato, ni comisión interna. Esto es que se habían elegido formas de actuar que buscaron eludir la represión.

Otra cosa en común fueron los procesos de disciplinamiento al interior de las fábricas que se evidencian con despidos, por ejemplo. También, el modo de disciplinamiento fue la detención de delegados, de representantes gremiales. En el caso de Celulosa y Etexa se produjeron detenciones de delegados de base que fueron llevados al Servicio de Informaciones de las fuerzas de seguridad para ser torturados. Muchos de ellos fueron llevados a la cárcel de Coronda y, aunque no terminaron como desaparecidos, sufrieron esa forma de represión.

Finalmente, en algunos casos se evidenció hacia el final de la dictadura una crisis de estos sectores fabriles. Se produjeron suspensiones masivas de trabajadores, despidos y procesos de convocatoria de acreedores a partir de 1980.

—¿Cuál fue el balance del periodo dictatorial para la clase trabajadora, para el trabajo en Rosario y el país?

Bueno, el balance es trágico, claramente. Muchos de los trabajadores y trabajadoras engrosan la lista de los detenidos-desaparecidos, pero además muchos sufrieron otras formas de la represión. Fueron detenidos, golpeados, torturados. También los despedidos y despedidas sin causa, los que sufrieron el exilio y diversas formas de la represión de un régimen dictatorial brutal.

La clase trabajadora sufrió una caída muy fuerte de su salario real llegando a perder más de la mitad de sus ingresos.

La dictadura culmina con el cierre de alrededor de 20.000 establecimientos industriales. Un texto clásico de Victoria Basualdo planteaba la idea que situaciones similares se encuentran únicamente en países que fueron asolados por una guerra.

Así que el balance es trágico, pero hay que rescatar las formas de resistencia es muy importante, porque da cuenta del protagonismo de la clase trabajadora en la recuperación de la democracia y contra las consecuencias de la dictadura.

Con todo lo que buscó hacer, la dictadura no logró todos sus objetivos con la clase trabajadora. Su intención fue desarticular al poderoso movimiento obrero argentino y si miramos su rol en los años 80, nos damos cuenta que no pudieron.

Para el caso del Gran Rosario, el balance de lo que dejó la dictadura también es negativo. Muchas de las grandes fábricas que estaban establecidas en el Gran Rosario entraron en quiebra o convocatoria de acreedores. Se inició así el proceso de desindustrialización selectiva que a nuestra región la afectó de manera muy particular.

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