Rosario, viernes 16 de octubre de 2026
Search
Rosario, viernes 16 de octubre de 2026

Locomotora Castro: el campeón del pueblo que siempre fue para adelante

De la pobreza extrema y los golpes en la infancia a la cima del boxeo mundial. El adiós a un ídolo de los 80 y 90 que convirtió la gloria deportiva en compromiso con los comedores comunitarios.
Locomotora Castro

Por Alejandro Duchini/Especial para El Ciudadano

 

La muerte de Jorge Locomotora Castro fue un mazazo para muchos de los que crecimos en los 80 y 90. Eran los años en que, llegado desde el fin del mundo, como era entonces la desconocida Caleta Olivia, al sur del sur, un pibe con facha de camorrero empezaba su camino hacia la cima del boxeo mundial. Fue, por esos tiempos de revistas en papel, poster en mi habitación y en la de mis amigos. Los brazos en alto, el gesto adusto.

 

Pero recién en los 90 alcanzaría la gloria. En 1994, en Tucumán, logró el título mundial de peso mediano tras ganarle a Reggie Johnson. Lo retuvo cuatro veces, hasta 1995. Su pelea más emblemática fue la del 10 de diciembre del 94 en México ante John David Jackson. “Me cagó a palos toda la pelea”, reconocería. Poco antes, y con todo en contra, mandó un golpe tremendo para que el rival cayera a la lona en el noveno asalto.

 

Murió este miércoles 14 de octubre a los 59 años pero pudo morir mucho antes. Nació en la pobreza y en medio de una familia numerosa comandada por Mirtha, su joven madre santacruceña que laburaba de portera en una escuela. El padre -un catamarqueño de tantos que habían viajado al sur para trabajar- vio el cielo y se voló. De chico, le contaría al periodista Pablo Llonto en una de las mejores crónicas periodísticas que se puedan leer, casi pierde las manos por jugar con los motores de una calesita.

 

Se vino a Buenos Aires sin un peso. Cuando empezó a pelear en las calles de su barrio natal lo apodaban Buscarroña; después fue Roña, a secas. Pero alguien recomendó que se ponga otro apodo porque aquellos se relacionaban con la trampa. Así que por conveniencia y por condiciones fue Locomotora. Locomotora Castro.

 

Así funcionó en el ring y en la vida. Arrasaba todo lo que se le venía encima. Quiso beberse la vida de uno, dos, tres tragos. Protagonizó accidentes de tránsito a consecuencia de las altas velocidades. Una vez, sobre una moto: se metió dentro de una casa. Otra, en Puerto Madero, en el centro de Buenos Aires, cuando su auto quedó destrozado contra un árbol y él fue a parar al Hospital Argerich bajo pronóstico reservado; se salvó por el cinturón de seguridad. Lo daban por muerto. Se hacían cadenas de oración. Tenía quebraduras por todo el cuerpo, había perdido los dientes y varios órganos dañados. Al poco tiempo despertó y exigió volver a su casa.

 

Alguna vez fue ovacionado en una pelea por la barra de Chicago y fue noticia más por eso que por lo que ocurría en el ring. Retirado del boxeo profesional, cocinó y bailó para la tele. Nunca le gustó demasiado entrenar. Se sentía mejor en otros terrenos, y sin embargo recomendaba al deporte “como la mejor escuela de vida”. Tuvo 7 matrimonios, 15 hijos y 14 nietos. Así y todo, de sus 144 peleas, ganó 130 (90 por nocaut) empató 3 y perdió 11.

 

Era empático, aunque no le gustaba que lo cargaran: a veces tenía pocas pulgas. También era dado a la confianza y muy entrador. A veces se olvidaba de las agendas. Una vez arreglé una entrevista con él para la revista El Gráfico y después de una espera de 60 minutos junto a un fotógrafo colmado de bártulos atendió el teléfono para decir que se había olvidado. Pidió que lo esperemos en el centro de Buenos Aires, donde habíamos convenido. En menos de una hora dejaba todo y llegaba desde Luján, en la otra punta, prometió. Nos expresó su alivio cuando le dijimos que no se hiciera problema, que no corriera, que la dejábamos para otro día.

 

Planificamos un segundo encuentro, esa vez en una oficina de la calle Florida, por la mañana, también en el centro. Tampoco vino. Recuerdo que a las horas de irnos de allí vimos por la tele que el Roña era noticia porque le habían robado en la puerta de su casa, en Morón.

 

Nunca olvidó sus orígenes. Levantó comedores sociales en la provincia de Buenos Aires. Cada vez que pudo recordó en voz alta lo mal que vivían muchísimos argentinos. Y remarcó que incluso a él le costaba cada vez más mantener los comederos.

 

Nacido el 18 de agosto de 1967, en su CV quedará que fue campeón argentino, sudamericano, latinoamericano y seis veces campeón mundial de boxeo. Pero fue mucho más que eso.

 

A mediados de este año, en una entrevista que le dio al periodista de Página 12 y politólogo Federico Pita en su gimnasio de Temperley, recordó a su padre como “ese viejo hijo de puta” que lo cagaba a palos. “Me pegaba mi viejo y después atrás me pegaba mi abuelo. Entraba llorando, corriendo, a la casa de mi abuelo y allá adentro, ¡pum!, me daba con un látigo. ¡Hijo de puta! ¡Qué viejo de mierda! Me pegaban mi abuelo y mi papá… Pero bueno nunca fui rencoroso. Ahora que soy más grande lo entiendo, mi viejo tenía una enfermedad, era alcohólico. Cuando estaba sano era un pan de Dios pero cuando se ponía en pedo ¿Quién la ligaba? Nosotros. Yo, mis hermanos. Somos seis hermanos. Somos cuatro hermanos Castro y dos hermanos Figueroa”, le detalló.

 

También le habló de la ayuda social a través de sus cuatro comedores: “Ayudo con chapas, puertas, ventanas, cemento, todo, doy todo. No lo quiero para mí, yo ya tengo todo, ya estoy hecho. Mis hijos tienen casa y yo no necesito nada. Triunfé y sigo triunfando. Soy un ex-deportista conocido, un campeón, y lo lindo es que sigo trabajando. Me dicen negro porque soy negro y me dicen locomotora porque siempre fui un tipo que iba para adelante y nunca retrocedía. La locomotora va para adelante, no retrocede”.